martes, 19 de diciembre de 2017

AMORES QUE MATAN: ¿CÓMO ESCAPAR?

Valentina Henríquez estuvo a punto de engrosar la lista de las mujeres que mueren cada año por femicidio. Llevaba casi un año y medio emparejada con el cantante Camilo Castaldi, vocalista de Los Tetas, cuando se atrevió a denunciar en Carabineros -y amplificar en Facebook- su dolor. Según su relato, su pololo la maltrataba brutalmente y la última golpiza, sin motivo aparente, había sido la gota que rebasó su vaso. Valentina fue a la comisaría de su barrio y denuncio el hecho y se sacó fotos de su cuerpo y rostro agredidos. Las publicó en las redes sociales. Y habló en radios, diarios y televisión.

Nabila Riffo tuvo menos suerte. Pocos días después de la denuncia de Valentina, la Corte Suprema rebajó la pena que se había dado a la pareja de Nabila -de 26 años a 18 años de cárcel- porque “no había tenido intención de matarla”. Solo romperle el cráneo y sacarle los ojos… Ella reaccionó estupefacta y anunció a través de los medios que interpondría un recurso en las cortes internacionales.


Estos casos, y cientos de otros que a diario conocemos a través de los medios de comunicación, nos plantean una y mil veces la pregunta. ¿Qué hace a una persona (generalmente, a una mujer) a aguantar el maltrato por parte de su pareja?  ¿Por qué pueden pasar años sin que denuncie y siga aguantando golpizas, insultos y brutal maltrato psicológico? ¿Qué ocurre en su cerebro y en su corazón? ¿Por qué tantas veces se corta la cuerda y se llega a la muerte por no ser capaz de romper el cerco de la pasividad, el aguante, la desazón, el miedo o la impotencia?

Porque todos esos sentimientos –y muchos más y más complejos- subyacen en este fenómeno. La clave de este tipo de relaciones amorosas está en esos desgarradores versos del poema de Rubén Darío: “¡Si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!”

La persona no puede alejarse, ya sea física o emocionalmente, de quién la hace sufrir porque, aunque la pareja la maltrate o abandone, se la sigue queriendo. En este patrón no hay diferencias de género. Hombres y mujeres están en riesgo, por igual, de caer brazos de amores que matan, o los también llamados “cariños malos” a los que la inolvidable Palmenia Pizarro dedicó otros versos dolientes: “Si, tú nunca fuiste fiel y me fingiste aquel amor perverso; Ten, respeto por favor, por mi cariño que aún… no ha muerto”.

Se trata de relaciones enfermizas. Relaciones donde puede no haber violencia explícita pero sí una brutal violencia psicológica. Ese tipo de relaciones donde “adorarte es religión”, como dice otro clásico bolero. En algún momento de la relación, ésta ya no trae felicidad sino más bien dolor y terror, pero se siente la imposibilidad de cortarla.


Para quien sufre pasivamente un amor de este tipo, la relación prácticamente se reduce a soportar exigencias, humillaciones, desatenciones, ausencias, engaños, incomprensiones, abusos, sin asomo de comunicación, apoyo mutuo y proyectos en común, que es lo que caracteriza a los cariños buenos, a las relaciones sanas.

Aunque la relación nos hastía y nos destruye, se siente la certeza que la vida no tiene sentido sin el otro. Que uno no es capaz, ni será capaz nunca, de separarse. En este tipo de relaciones se genera el clásico mecanismo de las adicciones. Se sabe que la relación hace daño, que ese carrousel de amor y odio no trae nada bueno, que nada de lo que se haga logrará cambiar esa sensación de infelicidad, de frustración, de estar en una cárcel de la que no se puede escapar.

Que, tal como una droga, los momentos de extásis serán siempre más cortos que los de la caída al abismo, y que cada vez se irán haciendo más breves. Pero que uno no es capaz de arrancar ni darse por vencido. Más bien, que siempre se quiere dar una nueva oportunidad al ser amado. Como el jugador adicto, que siempre cree que en la próxima vuelta de la ruleta recuperará el dinero perdido. Y volverá una y mil veces a caer. Cada vez más hondo. Cada vez más sin retorno, como también lo hemos visto en los casos de adictos al juego se han conocido recientemente.

Como lo explica la psicóloga argentina Patricia Faur “la víctima se queda esperando que la relación cambie y se ajuste a la que tienen en su fantasía; se aferra con desesperación a cualquier señal, a cualquier indicio que le permita seguir adelante con la ilusión”.


Generalmente, un integrante de la pareja se adapta y tolera más la frustración. Pero las cosas empeoran día a día. Y llega un momento en que la situación es insalvable porque hay patrones insanos de conducta fuertemente arraigados, como el miedo a la soledad o una baja autoestima producto de falencias en la infancia.

Si se presta atención a tiempo, la relación puede salvarse pero para ello se requiere ayuda profesional, terapia. Patricia Faur indica que “las relaciones tóxicas no necesariamente terminan con una ruptura; se trata de correrse de un lugar de indignidad y de obsesión, porque de lo contrario en la próxima relación va a pasar lo mismo”. Pero es lo que usualmente no se hace. Porque la justificación es uno de los mecanismos más comunes. “Si me cela, es que me quiere”, “si no le gusta que yo salga sin él es porque se entretiene conmigo”, “si me dice que estoy gorda es porque quiere verme más atractiva…”

No parece obvio, pero los amores tóxicos se alimentan de a dos. No es posible sostener una mala relación sin la complicidad de ambos. La apariencia es que uno es victimario y el otro, víctima. Pero los dos juegan ambos roles y son esclavos de éstos. Porque vivir un amor de este tipo, una relación enferma, no hace feliz a nadie. Por un lado, el “victimario” colabora activamente para que su víctima no se libere. Generalmente, el mecanismo que subyace en este tipo de relaciones es la obsesión por cambiar al otro o redimirlo. Valentina Henríquez ha confesado que ella quería ayudar a Castaldi, que por eso seguía a su lado.

Este error parte muchas veces parte a la par de la relación, pero no alcanza a detectarse en medio de la química, de la marea de endorfina de los primeros tiempos tras el flechazo… Sin embargo, si se mantiene la alerta necesaria, si se presta atención a todo lo que está indicando que se trata de una relación que no hace feliz, y que nunca lo hará, se podrá salir, pidiendo ayuda, armando redes de grupos, de amigos, de compañeros de trabajo.  


Al igual que con una droga, del amor que mata se sale con autocontrol, resistiéndose activamente a la tentación. Nunca exponiéndose imprudentemente al daño. O sea, jamás metiéndose en la boca del lobo otra vez… 

miércoles, 19 de julio de 2017

LA LIBERACION DE LOS PEZONES



Las argentinas se aburrieron y centenares de hombres las acompañaron en su protesta. Con diversos “tetazos”, uno de los cuales fue en Plaza de Mayo, frente a la casa Rosada, dijeron basta a la prohibición de mostrar sus senos en lugares públicas del vecino país. El 5 de febrero pasado, mujeres que tomaban sol en topless en la playa de Necochea fueron reprimidas por la policía. Su airada respuesta fue el estallido de una serie de protestas que al parecer no cesarán fácilmente.

Es que el tema es tan absurdo que está llevando al hartazgo en mujeres de distintos puntos del planeta. Como ocurrió en Estado Unidos, donde Lina Esco, de 28 años inició una campaña que bautizó como “Liberen los pezones” (@freenipples) luego que Facebook  cerrara su cuenta por publicar la sinopsis de su documental del mismo nombre con el que busca que las mujeres se unan para dar la lucha por mostrar sus pezones sin ser castigadas por la ley. Su campaña busca “liberar al pezón femenino" en los 50 estados donde es ilegal, para que se pueda mostrar no tan sólo en público, sino también en redes sociales y televisión después de las 10 de la noche.


En ese país, recién en 1936 la ley permitió a los hombres mostrar su torso desnudo si ser multados o encarcelados. Antes de su campaña, Esco se había preguntado en una columna publicada en el Huffington Post  por qué solo para las mujeres era ilegal que expusieran sus pezones. El documental está basado en hechos reales de mujeres que han debido enfrentar a la policía a pesar de que en ese país la ley que prohíbe mostrar los senos fue despenalizada en 1992. “No es el pecho, sino más bien el pezón lo que realmente asusta a Facebook, Instagram y otras redes sociales que prohibieron mostrar la película”, señaló Lina Esco.

No se trata de un tema trivial. Hay mucho mar de fondo involucrado si es que plataformas tan masivas como Facebook permiten mostrar imágenes de brutal violencia y descarnado racismo pero prohíben la exposición, aunque sea milimétrica, de los pezones femeninos. Como reclama Lina Esco: “En estas redes se pueden publicar videos de mutilación a personas, pero no de pezones porque es demasiado obsceno para sus estándares”.



El mar de fondo del que hablamos apunta a una sociedad que se escandaliza con el pezón femenino (porque se trata del pezón, no del seno ya que si aquel está tapado aunque sea con una diminuta estrellita, absurdamente se nos hace creer que ya no es un seno; el pezón es “eje del mal”) pero que ni siquiera se le ocurre censurar otro tipo de imágenes que si se podrían calificar como devastadoras. Como las de los videojuegos para niños, donde la sangre salta hasta fuera de la pantalla. O las de violencia política, maltrato infantil, maltrato animal, entre una inmensa variedad de agresiones, emitidas por la televisión abierta, el cable o las redes. En la TV, una “pechuga” de más puede lanzar a un programa de calidad al horario de trasnoche. No así con la decapitación de un rehén del ISI o violentas riñas callejeras entre narcotraficantes en las calles del Chile profundo, que se exhiben muchas veces sin ningún pudor.

Como señala un bloguero, este doble standard nos presiona a pensar que “el cuerpo humano es algo sucio y pecaminoso y no algo asombroso que ha tomado millones de años crear”.

El mar de fondo más profundo también apunta a la nefasta herencia de las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Según señala Rubén Monasterios en su artículo “Senos y civilización”, “sus jerarcas doctrinarios se sintieron  perturbados por el cuerpo de la mujer y, con disímil rigor, ordenaron taparlo”. Agrega que, los tres credos “coincidieron en que hay partes del cuerpo humano cuya exhibición es indecente”. Como los pezones, el pene o las nalgas.


La iglesia católica –que nos marcó la vida en occidente- separa cuerpo y alma y pone al primero casi como una maldición, una cruz  llena de oscuros deseos, lujurias y pasiones que debemos cargar. Mientras hay sociedades tribales que exhiben su desnudez libremente, sin ningún sentimiento de pecado, nuestra sociedad destaca lo pecaminosas y censurables que son las “partes pudendas”. Obviamente, la connotación erótica de los senos es cultural y no biológica. Señala Monasterio que “los pechos de las mujeres de los pueblos existentes todavía al margen de la civilización moderna, casi invariablemente al descubierto, no representan fetiches eróticos para los varones”.

Uno de los argumentos de la censura en este ámbito es que se busca proteger  los niños, no “exponiéndolos” a pechos desnudos. Como si esa parte del cuerpo representaran una agresión y no, en el caso de los senos, el lugar donde los seres humanos se alimentan desde que nacen.

Como dice otro bloguero, “esos mismos no 'protegen', sin embargo, a los niños del hambre, la violencia, o la religión, que son las que más muertes han causado en la historia de la humanidad”.

En este contexto, cobran mucho sentido las palabras de John Lennon: “Matamos a plena luz del día pero nos escondemos para hacer el amor”.

En Chile tenemos un atenuante. En julio de 2002, más de cuatro mil santiaguinos desafiaron el gélido frio invernal para posar frente a un fotógrafo extranjero tal como Dios los echó al mundo. Claro que esa mañana debe haber estado operando el diablo para liberar tan masivamente penes y pezones…