Utilizando
el lenguaje de las finanzas, es claro que muchas parejas incurren en
“sobregiros afectivos” que las conducen al “protesto de cheques amorosos” o al
cierre de la “cuenta matrimonial”. ¿Cómo evitarlos?
Aprender
a no sobregirarse no es fácil. Por ejemplo, incluye el acompañar a la pareja a
actividades que uno puede odiar pero que el otro adora. También pasa por aceptar que la vida es rutinaria pero que cada día
puede ser siempre extraordinario. O evitar acostarse peleado con la pareja…
Otros
piensan que hay que practicar dos máximas: no dejar que las hormonas anulen a
las neuronas y decir siempre la verdad. Algunos creen que basta con corregir
cosas simples, como no tener computador en la casa para no llevarse trabajo al
hogar. Y hay quienes postulan que hay que seguir “pololeando” como al inicio y
llamarse 5 o 6 veces al día por teléfono. O apechugar juntos y ser “compinches”,
considerando al cónyuge como tu mejor amigo, cultivando la complicidad y el
humor.
También
pasa por controlar el mal genio y aprender a ser tolerante. Es el consejo de un
fanático de la “U”, casado en segundas nupcias con una joven colocolina… O por
diferenciar lo esencial de lo accesorio y negociar los espacios de poder,
aceptando, por ejemplo, escuchar música con audífonos si la pareja ama el
silencio. O sacarse la armadura, que se llega a pegar a la piel, ya que la
relación pareja es donde ésta menos se debe usar porque el camino del amor es
menos escarpado si se confiesan los miedos…
Los
sobregiros hacen que muchas veces fracase el publicitado sueño de “hasta que la
muerte nos separe”. ¿Qué lleva a algunos a naufragar en el matrimonio y a otros
a transformarlos en aventuras exitosas? ¿Qué factores garantizan el éxito? ¿La
afinidad política? ¿La identidad cultural, racial o socioeconómica? ¿El contigo
pan y cebolla? ¿El amor a primera vista? ¿La amistad previa? ¿En qué tipos de
sobregiros incurren con mayor frecuencia las parejas chilenas? ¿Qué hacer para
evitar que se corte la cuerda? ¿Cómo manejar los conflictos y conciliar las
manías?
Obviamente,
lo ideal –como en todo- es prevenir antes que curar. Como dice la doctora
Ingeburg Fuhrmann, quien en los 90 impulsó un proyecto de Escuela para Padres y
Parejas, “los sobregiros se producen cuando, en forma rotativa, uno de los
cónyuges aparece tomando y el otro dando, en forma desproporcionada”. Ello
atenta contra la pareja porque en algún momento se tiene que pagar la deuda y
en la medida que pasa el tiempo, suben los “intereses”. En general, los
sobregiros van “desnutriendo” a la pareja y una pareja desnutrida tiene poca
resistencia a la adversidad.
Habría
dos tipos de sobregiros: los de la pareja y los de un cónyuge en relación al otro. Ejemplos del
primero se daban más frecuentemente en nuestros padres ya que ellos comenzaban
su matrimonio en medio de enormes exigencias: querían que la unión durara para
toda la vida pero asumían este desafío en un hogar nuevo, entrando a la vida
laboral y esperando el primer hijo. Hoy ese esquema ha cambiado. Los jóvenes se
casan pensando en desafíos más hedonistas y personales: comprarse una casa, un
auto, ir a un postgrado al extranjero. Los hijos quedan para mucho después…
Sin
embargo, hay otras conductas a corregir. Como no abrir los conflictos, lo que
lleva al paulatino cierre del dialogo y a una armonía aparente. Entre tantas
rabias y desacuerdos acumulados, llega un momento en que la vida juntos se hace
insoportable. Es el momento en que no queda dinero ni en la cuenta corriente ni
en la línea de crédito matrimonial… En
ese momento, la pareja opta por seguir junta pero cada uno en su mundo, o
separarse.
Según
la doctora Fuhrmann, la segunda opción ha aumentado en las nuevas generaciones porque éstas
buscan una pareja mucho más gratificante que la de sus padres o abuelos. “Así,
paradojalmente, la separación se produce no por falta de amor sino por exceso
de éste”. Es decir, la pareja quiere una cuenta afectiva con mucho “saldo” y se
frustra cuando ve que la vida tiene conflictos, que ha idealizado la relación y
ha creído que el otro va a llenar todo, incluso los propios vacíos, algo
imposible.
Hay
consenso en que serían tres los factores para aspirar al éxito matrimonial: la
comunicación real, la capacidad de negociar los desacuerdos y el sexo
satisfactorio. Comunicarse no es solo conversar sino acompañarse, interesarse
en lo que hace el otro, compartir sus sueños y motivaciones. Aunque no hay que
hablarlo todo porque, por ejemplo, los hombres no son dados a hablar y se
pueden sentir invadidos.
Hay
otras claves. Como nunca dar por hecho que se tiene garantizada la pareja,
conquistándola día a día con detalles como invitarla a salir al menos cada 15
días (aunque sea a comer un sándwich) o
salir solos un fin de semana. O ser capaz de decir “quiero estar solo” sin que la
pareja se sienta. O sea, que la relación aguante la franqueza. O inquietarse
por lo que hace el otro, aunque sea muy distinto al quehacer propio. Algunos
señalan que el cuento de hadas se puede construir con hechos como reírse juntos
cuando al otro se le quedó la llave dentro del auto.
Pareciera
que el fin del amor siempre va precedido de señales. Por ello hay que estar
atento. Termina siendo más importante la voluntad de cuidar el amor que tener
absoluta afinidad. Una pareja exitosa no es la que tiene los mismos gustos sino
la que es capaz de llegar a consensos.
Algunos
piensan que tener una vida sexual satisfactoria es producto de un buen vínculo
y si hay deterioro en éste, falla lo sexual. Enfrentados a elegir, hay quienes
optan por una mala relación sexual con buen afecto “porque el sexo se puede
mejorar pero no una relación pésima y desgastada”.
El sexo
es un acto íntimo que no puede darse apurado, sin preámbulo, con los niños entrando
al dormitorio, con puertas sin chapas. Según la doctora Fuhrmann “en el sexo
hay un espacio muy sensible a la carencia, a la sobre exigencia externa,
especialmente en parejas donde el único ámbito que va quedando más protegido en
el sexual”.
En suma,
se incurre en sobregiros cuando no se da la pelea contra los errores. Cuidar el
espacio de la pareja no es solo un derecho sino una obligación. Y ésta no puede
reducirse a dos personas que se intercambian informes desastrosos al final del
día sino una dupla que es capaz de inventar soluciones para los desacuerdos…



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