viernes, 19 de diciembre de 2014

SEXO EN CHILE: ENTRE EL PLACER, LA CULPA Y LA DUDA


Aunque pareciera que al menos 100 minutos sería el tiempo ideal de una relación sexual para las mujeres, la vida real dice otra cosa… Al menos para las que están casadas. Al conversar con muchas  chilenas, uno se da cuenta  que en general la intimidad sexual la viven en sólo en 5 a 10 minutos, incluso contabilizando los preámbulos. Respecto de la frecuencia, según una reciente encuesta del portal Ashley Madison, un 36% de las mujeres casadas (y un 45% de los hombres) tiene sexo cada dos o tres meses; solo un 4% lo hace más de tres veces al mes…


Los datos del sexólogo Christian Thomas, director del Centro de Estudios de la Sexualidad (www.cesch.cl), coinciden. Señala que la cantidad ideal de encuentros sexuales a la semana sería de 4 a 5 pero lo que se da con mayor frecuencia es uno semanal (o, en el mejor de los casos, dos). El psicólogo ha llegado a decir que la sexualidad chilena está tan afectada que “existen parejas jóvenes, de entre 30 y 40 años, que tienen relaciones una vez al mes, o incluso menos".

Según la citada encuesta de Ashley Madison, quienes tienen sexo poco frecuente presa fácil de la infidelidad. Es al menos lo que señaló un 63% de los hombres y el 43% de las mujeres con sabor a poco…Quizás por ello, Chile es buen caldo de cultivo para el éxito de portales de Tecno-infidelidad, que han “arrasado” en comparación con su inserción en otros países latinos.


Probablemente, el temor a este tipo de hallazgos, a los  que uno puede llegar asistemáticamente, en Chile nos hemos pasado casi 20 años sin investigaciones serias sobre sexualidad. El último estudio nacional disponible fue realizado en 1998 por el Ministerio de Salud. Recién en agosto del 2014 se anunció la Primera Encuesta chilena sobre Comportamiento, Deseo y Satisfacción Sexual, a cargo de investigadores de la Universidad de Santiago y con apoyo de la psicóloga Nerea de Ugarte, cuyo objetivo es conocer la opinión de nuestros compatriotas sobre un tema sobre el que poco o nada se sabe a ciencia cierta porque hay una notoria falta de estadísticas actualizadas respecto al comportamiento sexual en población mayor de 18 años.


Hay estudios extranjeros o encuestas sobre temas específicos. Por ejemplo, el año 2011 la agencia McCann Erickson dio a conocer los resultados de la investigación "Macho man: radiografía del hombre chileno", la cual entregó algunas luces sobre una realidad que no es muy luminosa. Llevado a cabo en tres ciudades de Chile (Antofagasta, Santiago y Concepción), y en otros cuatro países de Latinoamérica (Argentina, Colombia, México y Brasil), arrojó que sólo un 43% de los hombres chilenos estaba siempre dispuesto a tener sexo para divertirse, contra 72% de los argentinos, un 75% de los brasileros, un 78% de los colombianos y un 74% de los mexicanos. Para un 86% de los chilenos la mejor forma de divertirse era compartir un asado con los amigos y para el 74%, el fútbol, pasando por quienes preferían un buen auto al sexo… A lo mejor sus preferencias se originan en el temor a la nueva mujer que tienen enfrente: un 28% de los encuestados creía que los hombres habían perdido cosas importantes frente a una chilena más empoderada, siendo más fuerte este sentimiento en los santiaguinos de clase media baja. A pesar de todo, más del 50% de los encuestados decía estar satisfecho con su vida sexual.


Si se comparan los resultados de esta encuesta de McCann Erickson con la Encuesta Global de Sexo realizada el año 2005 por la empresa de condones Durex (la que lleva a cabo anualmente), algunas cosas han empeorado en Chile para los hombres. Hace 9 años, los chilenos revelaron tener sexo cada tres días (112 relaciones sexuales al año) y un 69,7% de los hombres dijo preferir el sexo antes que cualquier otra actividad... El sondeo, aplicado ese año en 41 países del mundo, arrojó que un 47,2% de las mujeres mostraba la misma disposición. Sí se observa un cambio positivo respecto del uso del condón ya que según la Encuesta de Calidad de Vida y Salud del año 2000, sólo el 4,6% de los hombres decía usar preservativo y, según una encuesta realizada el 2008 por el diario La Nación, un 24% lo usaba.

Otro tema álgido y poco difundido es el orgasmo. Eduardo Díaz del Río, Director de Fundación en Pareja, señala que a partir de datos de encuestas extranjeras, ha podido concluir que alrededor del 75% de los hombres alcanza un orgasmo cada vez que tiene sexo, mientras que sólo el 29% de las mujeres lo hace. Y del porcentaje restante, entre un 10% y un 15% de las mujeres, nunca lo logra. Además, sólo el  38% de las parejas dice estar satisfecha con su vida sexual pero el problema es que el 58% no se siente cómodo diciéndole a su compañero sexual exactamente lo que quiere en la cama, explica Díaz del Río.


Por ejemplo, ¿saben nuestras parejas que en el hombre la excitación y la etapa de meseta (etapa transitoria antes del llegar al orgasmo) es mucho más rápida que en la mujer? ¿Y que en la etapa post orgásmica, el hombre necesita mucho más tiempo que la mujer para recuperarse y volver a tener una nueva relación sexual?

¿O que el preámbulo es muy importante para la mujer porque en ese juego sexual previo (que debiera durar a lo menos 20 minutos) en ella se producen cambios físicos, corporales y genitales claves para prepararla para el orgasmo (o para una relación satisfactoria),  como la lubricación y ensanchamiento de la vagina, la erección del clítoris o la verticalización del útero para permitir la entrada del pene?


¿O que el orgasmo femenino consiste en una serie de contracciones muy rápidas a nivel de los músculos vaginales (entre 3 y 15), del periné, del útero y del ano y que dura, en promedio, unos 13 segundos (con un rango que puede ir entre 6 y 20 segundos o más) y que casi todas las mujeres son potencialmente multiorgásmicas? ¿Y que el orgasmo masculino dura entre 3 y 10 segundos y es uno solo?

¿O han pensado que el orgasmo es corto porque mientras éste se desarrolla, la tensión arterial y los latidos cardíacos suben al doble o más y que la frecuencia respiratoria puede dispararse a 40 respiraciones por minuto o más cuando lo normal es entre 15 a 20, todo lo cual conlleva un significativo aumento del gasto cardiaco?

¿Saben acaso nuestras parejas que si la mujer quiere llegar al orgasmo la masturbación es la clave, razón por la cual hay que elegir posturas que se parezcan lo más posible al modo en que se masturba? La clásica penetración vaginal suele no ser suficiente, siendo clave la estimulación del clítoris y de otras zonas erógenas.

Esto último pareciera que sí ha sido asumido por chilenos y chilenas. Así lo cree la norteamericana 
Jane Morgan, “Japi Jane”, quien vive en Chile desde hace más de una década y desde hace 8 comercializa juguetes sexuales. “Las mujeres valoran mucho la conquista, la sensualidad, y han aprendido a que no solo con penetrar llegan al orgasmo. Por eso se han destapado y vienen a comprar aceites, disfraces y juegos para disfrutar en la totalidad del sexo”, afirma.

En fin. En todo caso, la ignorancia o la información errada respecto de las características del encuentro sexual sigue siendo significativa. Por ello, no solo respecto del tiempo que dura un coito la realidad es una y la teoría es otra.

Otro ejemplo de esta brecha lo entregó un estudio del año 2011 realizado por el Centro de Encuestas de La Tercera, el cual reveló que en Chile existe un escaso conocimiento de la anatomía femenina ya que un 54% de las mujeres encuestadas no sabía dónde estaba el clítoris: un 31% creía que estaba en la vagina, un 17% lo ubicaba en la pared interior uterina y un 6% no tenía idea.

Por otro lado, mientras un abrumador 80% de los hombres estimaba que las mujeres no pueden tener una relación sexual con un hombre al que no quieren, las féminas predican (y buscan practicar) cada día con más vehemencia la amistad “con ventaja”...


Al respecto, la sexóloga Magdalena Rivera Becker, quien participó hace 3 años en un reportaje del programa Contacto sobre la sexualidad de las chilenas, señaló por entonces que “la mujer chilena habla más de sexo, quiere más sexo y es cada vez más consciente de  su derecho al placer y a hacer uso de su cuerpo como le plazca; está cansada de los tabúes las ansiedades y las vergüenzas producto de una sociedad exageradamente culposa”, agregando que “están experimentando un quiebre y reaprendizaje con respecto a algunas idealizaciones románticas en torno a la pareja y la sexualidad; cada vez menos se cree en príncipes azules o una iniciación sexual con fuegos artificiales”.

Por su parte, El Global Sex Survey de la empresa de condones Durex de diciembre de 2013, que recogió opiniones sobre sexo en más de 30 países de los 5 continentes, concluyó que 4 de cada 5 adultos consideraba que una buena vida sexual es parte esencial de la vida y que el sexo es beneficioso para su salud y bienestar porque “pone de mejor humor, hace sentir menos estresado, aporta a ser una mejor pareja, hace sentir más atractivo y da más energía”. El problema es que, a diferencia de los resultados del año 2005, esta vez el 54% de los encuestados no se sentía satisfecho con su vida sexual. Las razones: un 47% porque no llegaba siempre al orgasmo, un 46% porque no tenía tanto sexo como hubiera querido, un 37% porque quería que el sexo durara más y un 37% porque quería más juego previo.


Se ha detectado también que el clima y la cultura influyen en cómo se vive y practica el sexo. Y en un país tan largo y diverso como el nuestro, obviamente se dan diferencias. El doctor Christian Thomas describe la sexualidad del Norte Grande: “En general se vive de forma más carnavalesca (…) Hay más luz, y eso los condiciona porque la luz es fundamental en el funcionamiento del cerebro y de la sexualidad”. Allí, la migración y los trabajos lejos del hogar alentarían la infidelidad.  “El norte es de rudeza, mineros, amores ocasionales, de  putas. La infidelidad es más propicia como falsa ilusión ante la soledad de hombres y mujeres”, precisa Thomas. Respecto del sur, el profesional señala “por el mismo clima, hay un opacamiento; algo más frío, más distante y melancólico”. En grandes urbes como Santiago, el sexo es amenazado por otros factores. “La sobre estimulación laboral, el consumismo, la tendencia perfeccionista y de rendimiento deja poco espacio a la privacidad y la intimidad, y las parejas -incluso las jóvenes- tienden a dejarse poco espacio para ello, lo que con el paso del tiempo va corroyendo la relación amorosa”, señala la psicóloga Carmen Gloria Fenieux, directora del Centro de Sexualidad.

El año 2012, el doctor Juan Enrique Blummel dio a conocer un estudio sobre disfunciones sexuales entre mujeres latinoamericanas entre 40 y 59 años. Detectó que el 59,8% las presentaba, atribuyéndolas a que casi el 36,4% entre los hombres de entre 50 y 59 años presentaba disfunción eréctil y un 28,2%, eyaculación precoz. Experto en climaterio, Blummel señaló que las causas podían ser emocionales o “técnicas”. O sea, si la pareja se llevaba bien y tenía problemas era fácil de tratar. Sin embargo, los problemas de relación serían más complejos porque, según el estudio, es raro que un problema sexual, de duración prolongada, se desenrede solo; necesariamente hay que acudir a un profesional para que ayude.


Un censo sexual realizado el año 2009  por los realizadores de la película “Grado 3”, arrojó datos respecto de la infidelidad, mostrando que un 70,6% de los hombres y un 68,6% de las mujeres había sido infiel alguna vez en su vida. Un 37% de las mujeres  lo había sido con alguien de su pasado y el 36% de los hombres, con alguien desconocido. 

Jaime Collyer, en su libro “Pecar como Dios manda”, en el cual investigó la historia de la sexualidad en Chile, entrega un interesante punto de vista: “Bien puede ser que el doble discurso respecto al sexo, la tendencia tan criolla a vivirlo desinhibidamente en privado y hacer un discurso pacato en público, sea fruto de las dos grandes cosmovisiones –la indígena y la hispánica– que nutren a la nación chilena, las cuales, por estar perpetuamente confrontadas, no llegaron a fundirse jamás o conciliar de veras sus respectivas propuestas”.

¿Será que los chilenos estamos condenados a vivir el sexo con esa eterna dualidad: con las ganas de pecar como Dios manda pero con el miedo vivo de enfrentar su ojo inquisidor?


CELOS, CUANDO EL AMOR MATA


El altísimo rating de la teleserie “Las mil y una noches” nos debería poner en guardia a la mujeres chilenas. ¿Sera que el patrón de Onur, el macho romántico y proveedor pero irrefrenablemente celoso será el que nos están vendiendo como idílico?




Los celos son uno de los grandes temas ligados al dolor humano. Como la infidelidad. Y también llevan a la misma gran interrogante: ¿el ser humano, nace o se hace infiel o celoso en el camino?

Como siempre en estos temas, la respuesta es difícil, tiene muchas caras. Lo que está claro es que los celos nos acompañan desde las más tempranas épocas de nuestra vida. Por ejemplo, afloran cuando nace un hermanito, sea en forma dramática o diplomática. O en la adolescencia, cuando el profesor da signos de favoritismo con una compañera de curso; o el niño de nuestros sueños se fija en otra. Y, desde luego, cuando nuestro cónyuge mira con ojos largos a otra mujer más joven y bella.

Está claro. Pareciera ser que la respuesta emocional llamada “celos” está en nuestro ADN. Sin embargo, también es claro que la forma en que esta emoción se expresa se relaciona con patrones culturales. En nuestra sociedad donde la monogamia social es un modelo que se debe seguir (a pesar de ser nosotros polígamos por especie), los celos constituyen una conducta cotidiana.

Estamos formateados por esa monogamia adoptada, que ha tenido que ver con la sobreviviencia de la especie: el macho busca exclusividad sexual para perpetuar su descendencia y la hembra busca un macho proveedor, que le dé compañía y apoyo emocional para enfrentar la larga crianza del ser humano, donde las crías son incapaces de enfrentar solas el mundo por años. 

En ese esquema, obviamente los celos tiene sentido. Hay estudios científicos que han mostrado que para los hombres, lo más le gatilla los celos en su relación de pareja es la presencia de un hombre fuerte y proveedor. Para la mujer, la cercanía de una mujer bella y joven. El hombre teme la comparación con otro que podría jugar su rol clásico y a la mujer le asusta la competencia con alguien que puede entusiasmar a su macho por los “buenos genes” aportados a la descendencia.




En fin. Son tribulaciones ancestrales. Los celos están presentes en forma prolífica en la Biblia y en la literatura y las distintas formas de arte de todos los tiempos. ¡Si fue en 1603 cuando Shakespeare escribió Otelo!

Sin embargo, otros patrones culturales pueden morigerar nuestros “instintiva” celotipia. Por ejemplo, los celos son muy infrecuentes en las sociedades poligámicas. Se sabe que la etnia de los mosuos, en el sur de China, cultiva normas culturales que buscan tolerar la falta de exclusividad sexual. Incluso suprimirla. Esto significa que aunque hombres o mujeres sientan celos o envidia, tienen claro que deben reprimir estas emociones para mantener  la armonía. En esta sociedad, un amante celoso se ve ridículo, casi un delincuente. Y, peor aún, la falta de generosidad es deshonrosa, según lo reseñó Judith Stacey, al estudiar esta etnia. Algo similar ocurría con la etnia que habita Pueblo Canela, en el noreste brasileño, antes de entrar en contacto frecuente con nuestro mundo “civilizado”. Para ellos, negar el deseo sexual de otro ser humano era visto como algo mezquino, antisocial y maligno...(algo que uno recuerda también haber oído de niño en relación a los esquimales). Sin embargo, la conducta de la gente de Pueblo Canela se fue perdiendo en la medida que entraron en contacto con la sociedad occidental: en ellos surgió el deseo de posesión sobre los bienes que compraban y los celos de los hombres con sus mujeres.



En dosis “normales” y hasta lúdicas, los celos son bien mirados en una relación afectiva. Algo que considero peligroso y responde a uno d elos muchos mitos que adornan las relaciones de pareja. “Si él me quiere, me debe celar”. El punto es la línea se cruza muy fácilmente y del juego amoroso, se pasa a un juego a veces mortal.

En los casos de celos patológicos, la posesión se agudiza y se hace  incontrolable. El o ella no es que sientan “como si” la pareja es de su propiedad; más bien viven la relación como un objeto que realmente les pertenece. Y entonces algo instintivo que practican ciertas aves marinas para asegurar la fertilización de cada huevo de su hembra, permaneciendo sobre ella por días sin soltarla mientras dura la copulación, los humanos lo reproducen en su relación. Con la gran diferencia que el ser humano tiene conciencia y razón.



Y así surgen miles de historias donde una vida de calvario reemplaza al amor. Donde se da la paradoja que, de tanto amor, se mata el amor. Donde la baja autoestima y la falta de confianza en uno mismo –que subyacen a toda reacción de celos- desarman pedazo a pedazo el rompecabezas del amor, tan difícil de  armar. Donde se la conducta se ha rebautizado como el “vicio de la posesión”, porque te sorprende, te agarra y cuesta que te suelte. Porque se trata de una posesión irracional, donde la comparación es el centro del conflicto, lo que es absurdo porque es imposible compararse con otro u otra si todos somos modelos únicos, no en serie.



sábado, 17 de mayo de 2014

EL ESQUIVO AMOR DEL CHILENO

Es una queja general. Con los chilenos no es fácil emparejarse ni es fácil el vínculo, una vez “agarrada la presa”… Lo escuchamos de los más variopintos grupos de coterráneas. Y ahora, con la creciente inmigración de latinoamericanos a nuestro país, también de las extranjeras.

¿Qué pasa con los chilenos y el amor? ¿A que le temen? ¿A qué le arrancan? ¿Por qué tan mala fama en las historias de amor que se comparten (o se tratan de compartir…) con ellos?

Un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) dado a conocer a mediados del año 2013 mostró que en Chile la soltería alcanza el 39%, lo que transforma a nuestro país en uno con los más altos índices en esta categoría en la región. Es decir, no se trataría sólo de un problema de los hombres, un tema de género, el miedo al compromiso. El reinado del individualismo y la filosofía del “más vale solo que mal acompañado” cruzaría ambos sexos.

Las redes sociales aportan significativamente a lo anterior, al promover contactos superficiales donde la cantidad de “amigos” o “seguidores” importa más que la calidad del vínculo. O las políticas públicas que, por ejemplo en vivienda, ofrecen modernas alternativas habitacionales para hombres y mujeres solos.

Hay cifras que avalan esta tendencia. Por ejemplo, según el INE, ha subido significativamente la edad para la maternidad, optando las mujeres por ser madres a los 35 años o más, en tanto el porcentaje de mujeres que optan por tener hijos entre 20 y 30 años ha bajado un 34%. La Corporación Opción, una entidad privada sin fines de lucro que se fundó en 1990 para proteger y defender los derechos de la infancia y adolescencia, hizo una encuesta en 400 jovencitas de entre 14 y 18 años la que mostró que el 71% de las encuestadas se proyectaba teniendo hijos entre los 31 y 41 años. Por otro lado, un 86% se veía conviviendo en pareja en lugar de casándose.

Un dato del INE también es decidor respecto del matrimonio y la convivencia. Mientras en 1992, un 6% de las parejas convivía, el 2009 lo hacía un 13%. Y la Encuesta Nacional Bicentenario realizada por la Universidad Católica, mostró que el 22% de chilenos entre 25 y 34 años convive.

Sin embargo, el tema de intentar mantenerse sin compromiso afectivo sigue siendo más marcado entre los hombres, sean jóvenes o mayorcitos. Si están solos –por divorcio o soltería-  la tendencia es a no emparejarse formalmente. Al menos no con mujeres autovalentes, atractivas y/o inteligentes.

Es tan común observar mujeres de entre 28 y 40 años, solteras o separadas que, inexplicablemente, no encuentran con quien emparejarse. Conversas con ellas y te expresan su desconcierto. Especialmente, las extranjeras. “Parece que a los chilenos no les gustamos las mujeres profesionales, que nos ganamos nuestro sueldo, que vivimos solas y tenemos hijos”, me dicen una cubana de 35 años y una colombiana de 39. No se lo explican. Especialmente lo relacionado con los hijos porque, por ejemplo, los hombres caribeños se hacen cargo del “combo” completo y no le hacen ningún asco a formar familia.

Se han hecho estudios que dan cuenta que hace un par de décadas, los hombres de entre 25 y 33 años le tenían menos miedo al compromiso. Es que las cosas han cambiado mucho. Hoy los hombres no tienen la presión social de antaño para casarse y están más proclives a convivir que a casarse con la pareja, algo en lo que los acompañan las mujeres. Por otro lado, el divorcio es un costo económico que no quisieran asumir por lo que lo piensan mucho antes de dar el sí. Asimismo, aprovechan la mayor libertad respecto del sexo que existe hoy en día: las mujeres ya no tienen que llegar vírgenes al matrimonio (ni quieren hacerlo) y, por ende, los hombres acceden a las otrora tan preciadas “pruebas de amor” sin ofrecer matrimonio...

Hay otros factores que influyen en esta actitud de los hombres de hoy de hacerle el quite al compromiso o arrancarle al matrimonio. Como el tener hijos solo cuando con la pareja llegan a una situación económica estable. O no casarse hasta tener la casa propia, o haber sacado el master, el doctorado, la segunda carrera... En fin. Aunque hay que reconocer que hoy, hombres y mujeres treintones están en un actitud parecida. Al menos formalmente. Porque tiendo a creer que las mujeres, más allá de aparentar un postmodernismo cada día políticamente más “correcto”,  siguen buscando el lazo nupcial ojala sin fecha de vencimiento.

Y ahí volvemos al punto del comienzo… ¿Dónde y cómo encontrar un hombre con el traje de novio en el bolsillo… ¿O al menos dispuesto a comprometerse en algo más que un amistad con ventajas? A veces, cuando son más proclives a dar el “paso en falso” lo hacen con mujeres mucho menores.

Pero, en general, los chilenos del 2014 andan revoloteando, con sus años a cuestas y sus defensas en ristre, buscando la eterna adolescencia que ya no les calza en una cara surcada de pliegos. Dándole la espalda a la magia de la ilusión y el encantamiento, sin ponerle el pecho a las balas del amor. Añorando libertades que ya que no les hacen falta, pasando por alto abrazos inéditos y tangibles. Esgrimiendo argumentos que ya no existen, enarbolando banderas que ya no son creíbles.

Si el hombre chileno supiera que la hora del compromiso y la entrega es la mejor…! Y que, no por mucho renegar, amanece más soleado…





      

lunes, 17 de marzo de 2014

¿HASTA QUE LA MUERTE (O LA INFIDELIDAD) NOS SEPARE?



Cada día es más claro que la fidelidad no es fácil. No es de extrañar si se piensa que para nuestros padres o abuelos, el juramento de fidelidad "para toda la vida" significaba, en la práctica, unos 20 o 30 años juntos porque el promedio de vida era mucho menor. Hoy en día, cuando la esperanza de vida es de alrededor de 87 años para las mujeres y 83 para los hombres, el "para toda la vida" puede significar vivir casados 50, 60 o 70 años... ¿No es un destino angustiante para alguien que tiene una mala relación conyugal o que no ha logrado nunca ser feliz en su vida de pareja?



El cruce del umbral hacia la infidelidad se produce muy frecuentemente porque se rompe una expectativa muy común: que la pareja muestre una comprensión cercana a la incondicionalidad. No solo se espera eso. También se aspira a que la pareja engañada no se sienta herida, engañada o agredida psicológica y espiritualmente. Expectativa que surge no porque el infiel sea un cínico, incapaz de darse cuenta del sufrimiento de su pareja (o, por el contrario, porque el gorreado sea un melodramático). Más bien aparece porque ambos tienen razón, ya que están hablando desde su propio sentimiento: el engañado sufre y eso es normal y el infiel puede no haber tenido ninguna intención de agredir o poner en ridículo a su pareja. Incluso es posible que su atracción y respeto por ella no hayan disminuido en absoluto. Una relación extraconyugal, por más que afecte a la pareja, no necesariamente tiene que ver con ésta. Frecuentemente, pertenece al mundo íntimo de una persona.



Hay otras situaciones curiosas respecto de la infidelidad. Por ejemplo, en muchos casos, el infiel es perdonado más fácilmente si no llegó "a los hechos", es decir al sexo. Es similar a lo que ocurre en casi todos los países donde se acepta como causal de separación ante la ley y la Iglesia el que un matrimonio no se haya consumado. En el caso de la infidelidad, haber resistido la tentación, al parecer, anula el delito... Como sin sexo no hay matrimonio, sin sexo tampoco habría infidelidad... 



Respecto de las confesiones y las “reglas del juego”, parece claro que quienes son víctimas de un engaño amoroso quisieran saberlo "todo", desde el primer momento y, en lo posible, por boca de su pareja. Sin embargo, la mayoría de las parejas no tiene acuerdos explícitos. El tema más bien no se toca. Y si se hace, solo es para realizar declaraciones de principio como "si llega a ocurrir, quiero saberlo por ti". Sí hay parejas que hablan abiertamente el tema y acuerdan un "rayado de la cancha". Por ejemplo que "se contarán todo" o "no se contarán nada". Pero el otorgarse "permisos", aunque sean implícitos, no es una conducta frecuente. Sí lo es el tener acuerdos tácitos. El más frecuente es no contarse nada, mientras la evidencia no sea delatora. Eso sí, estos pactos van casi siempre acompañados del compromiso (también tácito) de no agobiarse mutuamente con sospechas de infidelidad.



Frente a este último punto, surge la pregunta: ¿Para la víctima de una infidelidad es bueno saberlo todo? En opinión de psiquiatras y psicólogos, es importante hablar abierta y claramente el tema, aunque duela y sea difícil hacerlo (no podría no serlo) y parezca que genera un abismo que no se volverá a cerrar. Es sano, ya sea para retomar un buen matrimonio o para hacer una "buena separación". Lo que no es saludable es querer saber todo (o contar todo) porque ello aleja las posibilidades de que la relación se recupere de la crisis. Incluso, puede derivar en graves patologías. Por ejemplo, esconderse en el clóset del dormitorio para espiar al cónyuge mientras tiene relaciones sexuales con su amante es un camino claramente destructivo. Como lo es querer conocer, en forma morbosa, los detalles.



En la infidelidad, como en toda acción humana que transgrede un pacto, una norma, una lealtad, hay agravantes y atenuantes. Estos varían en sentido e intensidad entre los distintos grupos de la sociedad. Son, sin embargo, bastante universales.



En Chile, por ejemplo, entre los atenuantes importantes se cuentan: estar bajo los efectos del alcohol (así como es agravante en un accidente de tránsito, en la infidelidad operaría al revés); estar obligado a viajar mucho; haber estado mucho tiempo separados; recibir la oferta "en bandeja"; no practicar sexo con la pareja debido a alguna enfermedad o malformación; tener un cónyuge con disfunciones (frigidez, impotencia, eyaculación precoz, etc.); sufrir la permanente ausencia del cónyuge; sufrir la completa indiferencia de la pareja respecto de la apariencia personal; tener un cónyuge mucho mayor.



Y entre las agravantes se contarían: ser infiel cuando ella está embarazada o durante el post-parto; serlo cuando se está muy bien como pareja; ser infiel con algún familiar o con un amigo o amiga de la pareja (es un agravante mayor mientras más cercano sea el amigo o amiga); permitir que la pareja sea la última en enterarse; preparar la ocasión en forma premeditada; ser infiel en la propia casa.



Otra cosa curiosa es que la infidelidad es que generalmente no aparece como motivo explícito de consulta (sí aparece luego, y con altísima frecuencia, durante la terapia). Y cuando llega a ocurrir que un infiel llega exponiendo directamente el tema, en realidad no busca ayuda para arreglar el matrimonio sino resolver problemas surgidos a partir de su infidelidad. Lo que busca, más bien, es curar desde severos stress, insomnios o alergias, hasta que el terapeuta le dé la tranquilidad para seguir inventando (y actuando) coartadas. O lo aconseje para llevar mejor la relación de pareja, manteniendo la infidelidad. Es decir, consulta porque no está siendo capaz de controlar solo la situación. En este contexto, una conducta bastante frecuente de parte de los hombres es pedir terapia para la amante porque supone que ella es la que está mal…



No hay duda que la infidelidad es un tema con más aristas y sorpresas de las que creemos conocer. Tampoco hay duda que para llegar a las nuevas metas de 60 o más años unidos “hasta que la muerte nos separe” hay que ser muy sabio, tolerante, creativo o paciente…



Julio 2013.

¿ES FACIL MANTENER VIVO EL AMOR?



Cada 14 de febrero se celebra con bombos y platillos el “Día de los Enamorados”, una costumbre foránea que ya se arraigó en nuestro país. Es bonito ese día. La televisión hace reportajes y muestra como las parejas disfrutan y celebran seguir amándose. Sin embargo, es válido preguntarse: ¿es fácil mantener vivo el amor?




Claramente, no lo es. Por ejemplo, la fidelidad es un trabajo de opción y compromiso casi cotidiano. Pero hay más, mucho más a  considerar, para construir y sostener un amor duradero.



Por ejemplo, el tener claro que la infidelidad no es la causa de una ruptura (sino, baste preguntar a las empresas de “seguimientos  matrimoniales”, las que informan que la víctima siempre perdona al victimario cuando se entera de la infidelidad y se da cuenta que sus sospechas  eran ciertas y no un tema de “paranoia” o locura…). Sí es causa de ruptura una relación conyugal gastada, de poca o mala comunicación, porque es ella la gatilla una infidelidad, transformándose ésta en la gota que rebasa el vaso. Y generalmente surge en ambos integrantes de la pareja. El conflicto es el que precede a la infidelidad. Incluso, muchas veces el infiel va dejando evidencias para que el asunto estalle de frentón.




Quienes utilizan, por ejemplo, los cientos de portales que ofrecen en Internet la posibilidad de ser infiel no están en el camino adecuado porque es muy difícil que una mala relación se arregle mediante una infidelidad. En lugar de gastarse los cerca $200.000 al mes en esa actividad sería mejor hacerlo en una terapia… Quienes buscan "ponerle sal y pimienta" al matrimonio con una infidelidad se arriesgan a algo peligroso: vivir el caos y el dolor que conlleva una relación extraconyugal.



Otro hecho que incide en construir un buen y duradero amor es no creerse el cuento de la “media naranja”. Es decir, no pensar, como es lo más masivo y frecuente al momento de casarse, que la pareja llenará todas nuestras necesidades de afecto, comprensión y comunicación. En la mayoría de los casos, esto es frustrado por la cotidiana realidad. Y ocurre no porque la pareja esté mal orientada o mal encauzada, sino porque es un error pretender que otra persona espontáneamente calce con la inmensa gama de necesidades y matices que uno tiene. Más erróneo es pretender que no existe una persona, diferente del cónyuge, que pueda calzar mejor con dicha gama…



Para seguir celebrando por muchos años el Día de los Enamorados, también es importante no ligar el vínculo amoroso al sentido de propiedad. Cuando lo hacemos y nos son infieles, vivimos el hecho como si nos hubieran robado el auto que teníamos sin seguro. Nos sentimos despojados, arrebatados de algo que nos "pertenecía" y nos sentimos culpables de haber despojado al otro "de nosotros mismos". Por el contrario, si somos infieles, nos negamos a aceptar que nuestro cónyuge haga lo mismo. Parte del sentimiento de hecatombe asociado a una infidelidad radica en este sentirnos "dueños" del cónyuge, lo que tiene su fundamento. El mensaje de la sociedad es que, al casarnos, adquirimos un bien que nos durará "para toda la vida", (incluso, socialmente se exige que así sea). Sin embargo, el amor no trae garantía...



También es importante no contaminarse con el bombardeo de mensajes contradictorios explícitos e implícitos del que somos objeto, ya sea en nuestro círculo cotidiano o a través de los medios de comunicación. Por un lado, se nos dice que "lo bueno" es ser fiel, sin embargo coexiste un mensaje implícito, opuesto: la infidelidad está en oferta y es bueno consumirla. Dejarse llevar por señales contradictorias como esas es dañino porque, además del sentimiento de culpa que genera transgredir una norma social o un valor, produce ambivalencia y angustia. Como señala el psicólogo Alfonso Luco, “el que valgan lo mismo dos sentimientos que debieran oponerse provoca conflictos severos. Y estos son más severos mientras más profesante se es de los valores que impone la sociedad”.




Por último, pero no menos importante de tener en cuenta en razón de la gran cantidad de infieles que detectan las estadísticas y del fuerte impacto psicológico que esta conducta tiene, es que nacemos infieles, que no somos monógamos por especie. Nuestra tendencia natural es a sentirnos atraídos afectiva y sexualmente por más de una persona en la vida, aun cuando tengamos una relación estable y satisfactoria. La pulsión sexual (excitación o cambio bioquímico que nos provoca otro ser humano) no solo es indiferenciada en cuanto al sexo de quien habrá de satisfacerla (lo que se define en la infancia), sino también respecto de si será satisfecha por una o varias personas a lo largo de nuestra vida.



Por ello, seamos sabios, no pidamos lo imposible, pactemos lo posible y trabajemos por ello. Y talvez así lleguemos hasta viejitos celebrando juntos amor el romántico “Día de San Valentín”…



Febrero 2013.

¿CUAN VERDE ES EL PRADO VECINO?



Imagino que entre las razones poderosas para ser infiel está el mayor o menor verdor de nuestro prado, comparado con el del lado. También imagino que cuando empezamos a mirar al prado vecino es porque estamos sintiendo que el nuestro se está poniendo, poco a poco, seco.




El problema es que hay algunos espejismos en este juego. Por un lado, ver el prado de al lado más verde. Por otro, creer que va a estar siempre verde. Cuando, obviamente, como nos lo dice la experiencia y la ciencia, poco después de saltar la cerca veremos que ya estamos mirando como saltar la siguiente, donde vemos otro césped que no parece aún más verde.



Si seguimos en esta lógica, nunca estaremos satisfechos. Más bien, siempre estaremos al borde de la infelicidad y la infidelidad. Lo que debemos aprender es la sabiduría, aquella que nos permite atisbar que la fidelidad (y la felicidad) es una opción, no una vocación con la que nacemos.



Nacemos marcados por nuestra condición fisiológica: no somos monógamos como los lobos, las orcas o los zorros (en el mundo animal, la monogamia se refiere a la relación de la pareja que mantiene un vínculo sexual exclusivo durante el período de reproducción y crianza) y la forma de perpetuar nuestra especie es apareándonos con amor. Es decir, enamorándonos por obra y gracia de hormas y neurotransmisores que gatillan una cadena de acciones voraces y devastadoras y de sentimientos embriagadores y maravillosos.  Que nos hacen ver nuestro prado como el más verde del barrio. Hasta el día que el enamoramiento cede lugar a un estado más calmo, menos excitante, donde la rutina empieza a parecernos un  container en la espalda.



Es el momento de la inflexión. El momento en que podemos o no hacer el camino al prado del vecino (o vecina). Generalmente, es lo que hacemos. Pero diría que, en este caso,  los hombres lo hacen con un practicismo que podría acercarse a la sabiduría. Los hombres no queman naves, no cortan amarras. Van a dar un paseo, tal vez intuyendo que en ese prado vecino la emoción (el enamoramiento) también desaparecerá muy pronto. Cuando se dice “es que los hombres no se separan por otra mujer”, se está hablando de una verdad muy frecuente. Y cuando el aserto es que “las mujeres se separan cuando se enamoran de otro hombre”, también se apunta a un hecho de la causa. El punto es: ¿cuál de los dos está más en lo correcto?



Si nos dejamos llevar por el romanticismo y por nuestra naturaleza (poligámica), las mujeres estaríamos más cerca de lo correcto, de la consecuencia. No por nada se dice que somos “más integradas”, y que los hombres se “disocian” muy fácilmente porque así se los enseña. Es verdad. Pero mirando hacia el camino de la felicidad, ¿no sería éste más fácil si entendiéramos que nuestra naturaleza siempre nos estará encaminando hacia las nuevas emociones, los prados más verdes, las escobas nuevas que barren mejor, los arrebatos del flechazo, el éxtasis de los “amores a primera vista”? Es obvio, es así como funcionamos, hormonal y químicamente. Pero de ello no queda rastro, literalmente, al poco tiempo.



De modo que, imagino, la bifurcación es esta: o seguimos con quien estamos y tratamos de “buscarle el lado” a la relación, o nos vamos con el hilo del arrebato, de la nueva relación amorosa que se nos presenta como el camino a la dicha.

Para jugarse por la primera opción creo que es imprescindible estar en una relación que nació con buen soporte. Es decir, que no fue justamente sólo producto del arrebato de la química. Tal vez por ello se ha descubierto que en sociedades donde los matrimonios son pactados por los padres hay mejor pronóstico de éxito: la pareja debe luchar por construir de inmediato el lazo, el vinculo (el amor). Algo lo que en las sociedades donde nos dejan elegir “libremente”, solo se nos hace patente al momento en que enamoramieno fisiológico declina. 



Jugarse por la segunda opción es mucho más entretenido, apasionante y romántico Pero generalmente, nos lleva a una trampa: buscar eternamente lo que nunca podremos encontrar. Porque si buscamos vivir siempre en estado de gracia, en la fase del amor ciego, con una pareja que nos calce al cien por ciento, estamos fregados. Para una mujer ello puede traducirse, solo a modo de ejemplo, en que él no se quede dormido después de tener sexo, que la escuche con empatía y no le de consejos cuando está bajoneada, que la acompañe a vitrinear en los viajes…Y para un hombre, en que ella, por ejemplo, lo acompañe mirando la tele cuando hay fútbol, que no le pida acompañarla a vitrinear en los viajes, que entienda que las juntas con los amigos son reales y no la excusa para orgasmos al paso, que no le pida conversar después del sexo, que no le diga “solo escúchame, no me des consejos”…



Es decir, todas peticiones casi imposibles de cumplir. En cualquier prado, serán imposibles de lograr. Aunque sea mucho más verde que el nuestro. De modo que, ¡a buscar los nutrientes y los guantes de jardinero para empezar a cuidar el pastito verde de nuestro prado! Quizás así logremos la dicha del microtus ochrogaste,  una especie del topo de pradera, que vive en norteamérica, el que representa un modelo de vida en pareja aunque no sea siempre fiel (no lo es, ya que en ocasiones tiene affairs) que presenta un comportamiento muy afectivo con su pareja y que forma uniones estables durante toda su vida, colaborando ambos en la cría de la prole…

Noviembre de 2012.

TARDE EN LA PAZ

(Cómo nombrarte ave de esas latitudes
planicie de estos recuerdos, noche oscura, silente...
Hoy te llamas ausencia, cántaro veraniego,
donde se anida el sol luego que ha migrado la lluvia...
Cómo estarán tus ojos en este tiempo de escarcha,
y cómo sonreiran tus manos y tu mirar de tierra,
crepúsculo, cóndor anochecido).












La quietud del altiplano continúa sin responderme.
El Otoño se adentra día a día más, entre mis caminos.
Y continúo llamándotecon el estrépito
de este frío nevado, con la paz suave
de este laberinto montañés...
Con este roquerío ensangrentado de pasado,
de sol, de tardes, de dura existencia.

De esas manos indias
Y de este jornal diario,
donde fallecen los sueños de aquel ser tostado
para dar ancho camino
a su noche sin fin.

Todo esto
eres tú
y los montes y los días,
y la vida en este lugar.
Un canto que llora
una risa que muere.
Una caña hueca
por donde silba la tristeza,
la melancolía inmensurable
de estas almas milenariamente
acalladas...
Unos ojos rasgados, mancillados,
ante la quietud del sol de la tarde, de cada día.
Testigos impasibles, impotentes
de un dolor gusto a sal, a piedra,
de un olor a resignación y casa pobre,
de una rebeldía
fermento de coca y alcohol...

Cómo no nombrarte
y enlazarte a este grito,
a esta tierra enlodada,
que también es tuya.
Cómo no has de estar unido
en mis ojos (en mi sentimiento)
a estas montañas, a esa miseria-calendario,
a estos roqueríos infinitos,
a esta mujer de mirada ausente
y de una tristeza oscura
trenzada en su cabello negro...
A esa ave pequeñita y risueña
que lleva creciendo a sus espaldas...
  
Cómo no hablarte de este hombre
tan oscuro como un lamento
tan arrugado como sus días.

De los surcos en su rostro agrietado
de su apacible agotamiento
de su desgarradora serenidad
de esa tormenta pasiva en su mirada.

Cómo no unirte a este mundo
a esta vida presente,
a este huracán cotidiano,
donde se mezclan
tu amor,
la miseria,
tu ausencia,
las calles,
tu vida,
estos seres,
mi vida,
sus vidas,
sus muertes.

La Paz, Bolivia, 25 de mayo de 1977.

viernes, 14 de marzo de 2014

MUJERES: EN EL SEXO, EL SEXO FUERTE



En el ámbito de la sexualidad, dos características que hacen distintas y únicas a las mujeres respecto de los hombres es contar con el clítoris, un órgano cuya única función es dar placer, y ser multiorgásmicas, es decir, tener un período refractario muy breve que les permite experimentar orgasmos consecutivos.  




El clítoris, a diferencia del pene, no tiene otro rol más que gatillar la pulsión sexual y brindar placer, siendo mucho más sensible que el órgano sexual masculino y que cualquier otro órgano humano. El clítoris se encuentra en la parte superior de la vagina, encima de la uretra y está recubierto parcialmente por los labios menores de la vulva. La parte visible –es decir, el capuchón y el glande–, constituye el 10% de su tamaño total. En promedio, el clítoris puede alcanzar una longitud promedio de 8 centímetros (varia entre 4 y 13 centímetros), midiendo la parte visible alrededor de medio centímetro en estado de reposo y hasta 1,5 centímetro, en estado de erección.




Al clítoris llega un total de cuatro mil terminaciones nerviosas desde ambos lados del cuerpo. Es decir, este pequeño órgano exclusivo de la mujer y exclusivamente destinado al placer sexual, cuenta con ocho mil fibras nerviosas. Obviamente, más que la lengua, las orejas o los pezones. El pene, en una superficie bastante más grande, sólo cuenta con alrededor de cuatro mil a seis mil terminaciones nerviosas.



A pesar de toda esta hoy contundente evidencia, la presencia del clítoris en la historia de la sexualidad humana ha sido esquiva y errática. Por ejemplo, cuando Hipócrates creía que para engendrar hijos era necesario no sólo el esperma del hombre sino también de la mujer y que, para producirlo, se requería del orgasmo femenino, la sexualidad femenina era relevante. Pero más tarde, cuando la ciencia descubrió que el orgasmo de la mujer no tenía ningún rol en la reproducción, el clítoris perdió presencia e importancia.




El año 1553, Renato Columbus descubrió y describió este órgano pero, muy luego, su hallazgo pasó al anonimato sin pena ni gloria. Después de al menos doscientos años de silencio, en 1844 se retomó su estudio pero el año 1865, un médico ingles relacionó al clítoris con la histeria y la locura, entre otros males, propiciando la ablación del órgano para supuestamente curar tales enfermedades… Aunque fue prontamente desautorizado, la práctica que instituyó este desquiciado galeno se practicó en muchas mujeres hasta los año ’20. Ello significó que para esas mujeres, nunca hubo placer sexual en sus vidas.



El año 1900 ocurrió un hecho crucial: el clítoris fue incluido en la “biblia” de los manuales de anatomía, el Manual para estudiantes de Grey, como parte del aparato sexual femenino. Sin embargo, en 1948 dejó de aparecer en esa calidad en el manual usado masivamente por los estudiantes de medicina.




Como lo señalara la doctora británica Jo Adams, por décadas, el clítoris y el orgasmo femenino ni siquiera fueron mencionados en 10 de los 15 manuales usados en la educación sexual de los médicos.



Fue en los años ’60, con  la revolución sexual que implicó para las mujeres la aparición de la píldora anticonceptiva, que el clítoris y la sexualidad femenina volvieron a ser parte de la escena científica. Y de la mujer y su sexualidad. Ello ocurrió de la mano del ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson. A partir año 1966, la famosa pareja estudió la respuesta sexual humana, realizando una exhaustiva investigación con parejas de carne y hueso, la que les permitió distinguir las 4 fases de la respuesta sexual humana: excitación, meseta, orgasmo y resolución.




Fue a partir de entonces que se reconoció irrefutablemente la importancia del clítoris en la sexualidad femenina y, más precisamente, en el orgasmo. Finalmente, se logró entender que es allí donde la mujer tiene que ser estimulada para tener real y profundo placer sexual. Que la penetración vaginal –a la que se le atribuía el rol de dar placer- no cumple esa función si es que el clítoris no se estimula. Es más: la vagina prácticamente no tiene terminaciones nerviosas debido a que por allí debe pasar el ser humano al nacer y si hubiera alguna mayor sensibilidad en ese canal, el dolor sería disfuncional al parto. En la vagina, sólo hay terminaciones nerviosas que aportan al placer sexual en la pared superior de los primeros 6 centímetros del canal, es decir desde su inicio hasta el punto donde se encuentra el clítoris.



La gran extensión del clítoris por debajo del cuerpo, alrededor de la vagina, apoyaría la posición de que el orgasmo femenino radica en el clítoris y no en la vagina. Sólo sería complementado con la penetración vaginal porque esta última estimularía las 'raíces' del clítoris.




A la luz de estas novedades, ¿qué queda entonces del llamado “sexo débil”? Al parecer, nada. La mujer, en el plano sexual, claramente sería superior. No sólo mejor dotada sino poseedora de un mecanismo fisiológicamente complejo que le permitiría dar y pedir lo mejor…



Agosto de 2012.