El
altísimo rating de la teleserie “Las mil y una noches” nos debería poner en
guardia a la mujeres chilenas. ¿Sera que el patrón de Onur, el macho romántico
y proveedor pero irrefrenablemente celoso será el que nos están vendiendo como
idílico?
Los
celos son uno de los grandes temas ligados al dolor humano. Como la
infidelidad. Y también llevan a la misma gran interrogante: ¿el ser humano,
nace o se hace infiel o celoso en el camino?
Como
siempre en estos temas, la respuesta es difícil, tiene muchas caras. Lo que
está claro es que los celos nos acompañan desde las más tempranas épocas de
nuestra vida. Por ejemplo, afloran cuando nace un hermanito, sea en forma
dramática o diplomática. O en la adolescencia, cuando el profesor da signos de favoritismo
con una compañera de curso; o el niño de nuestros sueños se fija en otra. Y,
desde luego, cuando nuestro cónyuge mira con ojos largos a otra mujer más joven
y bella.
Está
claro. Pareciera ser que la respuesta emocional llamada “celos” está en nuestro
ADN. Sin embargo, también es claro que la forma en que esta emoción se expresa
se relaciona con patrones culturales. En nuestra sociedad donde la monogamia
social es un modelo que se debe seguir (a pesar de ser nosotros polígamos por
especie), los celos constituyen una conducta cotidiana.
Estamos
formateados por esa monogamia adoptada, que ha tenido que ver con la
sobreviviencia de la especie: el macho busca exclusividad sexual para perpetuar
su descendencia y la hembra busca un macho proveedor, que le dé compañía y
apoyo emocional para enfrentar la larga crianza del ser humano, donde las crías
son incapaces de enfrentar solas el mundo por años.
En
ese esquema, obviamente los celos tiene sentido. Hay estudios científicos que
han mostrado que para los hombres, lo más le gatilla los celos en su relación
de pareja es la presencia de un hombre fuerte y proveedor. Para la mujer, la
cercanía de una mujer bella y joven. El hombre teme la comparación con otro que
podría jugar su rol clásico y a la mujer le asusta la competencia con alguien
que puede entusiasmar a su macho por los “buenos genes” aportados a la
descendencia.
En
fin. Son tribulaciones ancestrales. Los celos están presentes en forma
prolífica en la Biblia y en la literatura y las distintas formas de arte de
todos los tiempos. ¡Si fue en 1603 cuando Shakespeare escribió Otelo!
Sin
embargo, otros patrones culturales pueden morigerar nuestros “instintiva”
celotipia. Por ejemplo, los celos son muy infrecuentes en las sociedades
poligámicas. Se sabe que la etnia de los mosuos,
en el sur de China, cultiva normas culturales que buscan tolerar la falta de exclusividad
sexual. Incluso suprimirla. Esto significa que aunque hombres o mujeres sientan
celos o envidia, tienen claro que deben reprimir estas emociones para
mantener la armonía. En esta sociedad,
un amante celoso se ve ridículo, casi un delincuente. Y, peor aún, la falta de
generosidad es deshonrosa, según lo reseñó Judith Stacey, al estudiar esta
etnia. Algo similar ocurría con la etnia que habita Pueblo Canela, en el noreste
brasileño, antes de entrar en contacto frecuente con nuestro mundo
“civilizado”. Para ellos, negar el deseo sexual de otro ser humano era visto
como algo mezquino, antisocial y maligno...(algo que uno recuerda también haber
oído de niño en relación a los esquimales). Sin embargo, la conducta de la
gente de Pueblo Canela se fue perdiendo en la medida que entraron en contacto
con la sociedad occidental: en ellos surgió el deseo de posesión sobre los
bienes que compraban y los celos de los hombres con sus mujeres.
En
dosis “normales” y hasta lúdicas, los celos son bien mirados en una relación
afectiva. Algo que considero peligroso y responde a uno d elos muchos mitos que
adornan las relaciones de pareja. “Si él me quiere, me debe celar”. El punto es
la línea se cruza muy fácilmente y del juego amoroso, se pasa a un juego a
veces mortal.
En
los casos de celos patológicos, la posesión se agudiza y se hace incontrolable. El o ella no es que sientan
“como si” la pareja es de su propiedad; más bien viven la relación como un
objeto que realmente les pertenece. Y entonces algo instintivo que practican
ciertas aves marinas para asegurar la fertilización de cada huevo de su hembra,
permaneciendo sobre ella por días sin soltarla mientras dura la copulación, los
humanos lo reproducen en su relación. Con la gran diferencia que el ser humano
tiene conciencia y razón.
Y así
surgen miles de historias donde una vida de calvario reemplaza al amor. Donde
se da la paradoja que, de tanto amor, se mata el amor. Donde la baja autoestima
y la falta de confianza en uno mismo –que subyacen a toda reacción de celos-
desarman pedazo a pedazo el rompecabezas del amor, tan difícil de armar. Donde se la conducta se ha rebautizado
como el “vicio de la posesión”, porque te sorprende, te agarra y cuesta que te
suelte. Porque se trata de una posesión irracional, donde la comparación es el
centro del conflicto, lo que es absurdo porque es imposible compararse con otro
u otra si todos somos modelos únicos, no en serie.




Cuando habrá comentarios?
ResponderEliminar