viernes, 19 de diciembre de 2014

CELOS, CUANDO EL AMOR MATA


El altísimo rating de la teleserie “Las mil y una noches” nos debería poner en guardia a la mujeres chilenas. ¿Sera que el patrón de Onur, el macho romántico y proveedor pero irrefrenablemente celoso será el que nos están vendiendo como idílico?




Los celos son uno de los grandes temas ligados al dolor humano. Como la infidelidad. Y también llevan a la misma gran interrogante: ¿el ser humano, nace o se hace infiel o celoso en el camino?

Como siempre en estos temas, la respuesta es difícil, tiene muchas caras. Lo que está claro es que los celos nos acompañan desde las más tempranas épocas de nuestra vida. Por ejemplo, afloran cuando nace un hermanito, sea en forma dramática o diplomática. O en la adolescencia, cuando el profesor da signos de favoritismo con una compañera de curso; o el niño de nuestros sueños se fija en otra. Y, desde luego, cuando nuestro cónyuge mira con ojos largos a otra mujer más joven y bella.

Está claro. Pareciera ser que la respuesta emocional llamada “celos” está en nuestro ADN. Sin embargo, también es claro que la forma en que esta emoción se expresa se relaciona con patrones culturales. En nuestra sociedad donde la monogamia social es un modelo que se debe seguir (a pesar de ser nosotros polígamos por especie), los celos constituyen una conducta cotidiana.

Estamos formateados por esa monogamia adoptada, que ha tenido que ver con la sobreviviencia de la especie: el macho busca exclusividad sexual para perpetuar su descendencia y la hembra busca un macho proveedor, que le dé compañía y apoyo emocional para enfrentar la larga crianza del ser humano, donde las crías son incapaces de enfrentar solas el mundo por años. 

En ese esquema, obviamente los celos tiene sentido. Hay estudios científicos que han mostrado que para los hombres, lo más le gatilla los celos en su relación de pareja es la presencia de un hombre fuerte y proveedor. Para la mujer, la cercanía de una mujer bella y joven. El hombre teme la comparación con otro que podría jugar su rol clásico y a la mujer le asusta la competencia con alguien que puede entusiasmar a su macho por los “buenos genes” aportados a la descendencia.




En fin. Son tribulaciones ancestrales. Los celos están presentes en forma prolífica en la Biblia y en la literatura y las distintas formas de arte de todos los tiempos. ¡Si fue en 1603 cuando Shakespeare escribió Otelo!

Sin embargo, otros patrones culturales pueden morigerar nuestros “instintiva” celotipia. Por ejemplo, los celos son muy infrecuentes en las sociedades poligámicas. Se sabe que la etnia de los mosuos, en el sur de China, cultiva normas culturales que buscan tolerar la falta de exclusividad sexual. Incluso suprimirla. Esto significa que aunque hombres o mujeres sientan celos o envidia, tienen claro que deben reprimir estas emociones para mantener  la armonía. En esta sociedad, un amante celoso se ve ridículo, casi un delincuente. Y, peor aún, la falta de generosidad es deshonrosa, según lo reseñó Judith Stacey, al estudiar esta etnia. Algo similar ocurría con la etnia que habita Pueblo Canela, en el noreste brasileño, antes de entrar en contacto frecuente con nuestro mundo “civilizado”. Para ellos, negar el deseo sexual de otro ser humano era visto como algo mezquino, antisocial y maligno...(algo que uno recuerda también haber oído de niño en relación a los esquimales). Sin embargo, la conducta de la gente de Pueblo Canela se fue perdiendo en la medida que entraron en contacto con la sociedad occidental: en ellos surgió el deseo de posesión sobre los bienes que compraban y los celos de los hombres con sus mujeres.



En dosis “normales” y hasta lúdicas, los celos son bien mirados en una relación afectiva. Algo que considero peligroso y responde a uno d elos muchos mitos que adornan las relaciones de pareja. “Si él me quiere, me debe celar”. El punto es la línea se cruza muy fácilmente y del juego amoroso, se pasa a un juego a veces mortal.

En los casos de celos patológicos, la posesión se agudiza y se hace  incontrolable. El o ella no es que sientan “como si” la pareja es de su propiedad; más bien viven la relación como un objeto que realmente les pertenece. Y entonces algo instintivo que practican ciertas aves marinas para asegurar la fertilización de cada huevo de su hembra, permaneciendo sobre ella por días sin soltarla mientras dura la copulación, los humanos lo reproducen en su relación. Con la gran diferencia que el ser humano tiene conciencia y razón.



Y así surgen miles de historias donde una vida de calvario reemplaza al amor. Donde se da la paradoja que, de tanto amor, se mata el amor. Donde la baja autoestima y la falta de confianza en uno mismo –que subyacen a toda reacción de celos- desarman pedazo a pedazo el rompecabezas del amor, tan difícil de  armar. Donde se la conducta se ha rebautizado como el “vicio de la posesión”, porque te sorprende, te agarra y cuesta que te suelte. Porque se trata de una posesión irracional, donde la comparación es el centro del conflicto, lo que es absurdo porque es imposible compararse con otro u otra si todos somos modelos únicos, no en serie.



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