miércoles, 28 de diciembre de 2016

EL DOBLE STANDARD Y LA MUÑECA INFLABLE

A riesgo de parecer políticamente muy incorrecta, creo que las reacciones al regalo de Fantuzzi al Ministro Céspedes fueron desmesuradas.  O más bien, no dieron en el real blanco. ¿Por qué la muñeca inflable concentró tantas iras? ¿Por qué se acusó de escandalosamente machista la actitud del regalador y aquella de la comparsa masculina que emitió carcajadas frente al obsequio? 


Es cierto que la escena parecía de fiesta final de cuarto medio o de machos de liceo de hombres, creciditos pero con complejo de pre-adolescentes. Pero ese no es el real problema. El problema es armar un incendio focalizado en la muñeca inflable. Porque el real problema –si es que vamos a preocuparnos de la dignidad de las mujeres- es que, por ejemplo, en Chile haya que ser una “mina rica” para ganarse mucho puestos de trabajo (entre ellos, conductora de TV cuando en la BBC o la TV argentina, lo que importa no son las curvas ni la cara bonita sino las neuronas necesarias para desarrollar en forma correcta la labor).

El real problema es despotricar contra una muñeca inflable y no hacerlo cuando, en medio de un programa de tinte eminentemente social como lo es la Teletón, se lleva a cabo una “vedetón” donde muchas distinguidas damas de la farándula criolla se muestran como mujeres inflables. El real problema es nunca ver ni reclamar contra las diferencias insolentes e inexplicables de sueldos entre hombres y mujeres que hacen labores equivalentes. En ese caso, nuestra sociedad inflable abusa de las mujeres en forma cotidiana y nadie, o casi nadie, dice ni hace nada.

El real problema es la elección forzada que deben tomar miles de mujeres quienes, para ganarse el pan y la sobrevivencia de sus hijos (especialmente si vienen arrancando de la pobreza de otras tierras), deben dedicarse al arriendo o la venta de su cuerpo por partes. La nutrida agenda de prostitución que se ofrece en diarios e Internet, y que ratifica este hecho, parece ser invisible para aquellos que reclamaron airadamente contra la muñeca de Fantuzzi…

El real problema es copar la agenda informativa con el escándalo de la muñeca inflable el mismo día en que sí ocurría un hecho escandaloso: el asesinato de un joven de 15 años a manos de un grupo de desalmados que lo torturaron hasta morir.

Pero más allá de todos los innumerables ejemplos de doble standard que vivimos en nuestro país, hay otro hecho que me llama la atención. Es el escándalo que suscitó lo que, en definitiva, constituye parte del mundo de los juguetes sexuales privados. Porque eso es la muñeca. Al igual que los consoladores, los vibradores y toda esa gigantesca gama de artefactos que muchos eligen libremente utilizar, ya sea solos o con sus parejas. Baste preguntar a la estadounidense Japi Jane cómo le va en su negocio de artefactos eróticos que instaló en Chile hace más de 20 años.

La historia de la muñeca inflable es simple y básica. Su antecesora, llamada “dame de voyage”, era la “dama de viaje” que acompañaba a antiguos marineros en sus largos viajes por ultramar para darles alivio sexual ante la falta de mujeres. Esta dama consistía en una figura femenina hecha de tela cosida, la que a finales de la década de 1930 y comienzos de los años 40 fue desarrollada en su forma moderna en Alemania como parte del proyecto del ejército “Model Borghild”, y en Japón, para el uso en submarinos. A mediados de los años 50, la muñeca alemana “Bild Lilli” se vendió como un juguete sexual para hombres y se supone que inspiró a Ruth Handler para hacer la primera Barbie.

El éxito fue tan significativo que, actualmente, el empresario Matt McMullen planea comercializar muñecas sexuales dotadas de “inteligencia artificial”, las que se insertan en su proyecto Realbotix.  Por su parte, la compañía RealDoll, creada en 1996, ha vendido desde entonces unas 5.000 muñecas de silicona de tamaño real, que los clientes incluso pueden diseñar a su antojo y cuyos precios oscilan entre los 5.000 y 10.000 dólares.


Con la nueva idea de McMullen, -quien se define como un “artista” y cuenta que comenzó haciendo esculturas de mujeres y que sus proyectos “simplemente evolucionaron”- los clientes podrán escoger hasta el tono de voz y la personalidad de sus muñecas. Para hacerlo, se ha conformado un equipo de ingenieros expertos en la creación de humanoides, que han trabajado con la reconocida empresa de robótica Hanson Robotics.


El anterior escenario comprueba que, donde hay demanda, hay oferta. Los objetos sexuales son cada día más aceptados socialmente y más masivos. Cuentan los fabricantes que, después del libro “50 sombras de Grey”, la demanda estalló. Especialmente de parte de hombres, que iban en busca de los adminículos citados en el libro y que su esposas les reclamaban.

Rasgar vestiduras contra la muñeca de goma como se hizo hace unas semanas fue, para mí gusto, hipócrita. Es cierto que es loable y rescatable que miles de hombres jóvenes –entre los que incluyo a mis hijos y los hijos de mis amigas -se indignaran por el show de Fantuzzi. Ello hablaría de que hoy en día el machismo cavernario de antaño parece no tener cabida.


Sin embargo, las cosas no son tan blanco o negro. Hay, igualmente, un machismo brutal en los cientos de femicidios que año a año sufren mujeres desprotegidas por sociedad y la justicia. Hay un machismo descarnado en no darse siquiera cuenta que las mujeres chilenas están sub representadas en todos los ámbitos: parlamento, poder local, poder ejecutivo, poder legislativo, poder vecinal. Y hay, desde luego, machismo estridente en los avisos comerciales que invariablemente utilizan a la mujer como objeto de atracción sexual.




En fin. Pido disculpas por no sumarme al coro estridente que reclamó contra el regalo de la “muñeca inflable”.  Pero es que no puedo hacerlo mientras no haya respuestas a todos los doble standards que aun cruzan, a pesar de los alaridos de protesta, nuestra sociedad inflable…













lunes, 14 de noviembre de 2016

ANALFABETISMO SEXUAL: JÓVENES CHILENOS EN RIESGO


Claramente, la ignorancia es un factor de riesgo. Sino baste mirar los resultados del último estudio del Ministerio de Salud sobre conducta sexual en los adolescentes chilenos. Dramático. Entre los años 2009 y 2013, el porcentaje de VIH-SIDA subió entre los jóvenes de 15 a 19 años en un 74,1% respecto del período 2005-2009. Aún peor. Las cifras mostraban una tendencia porque el alza venía desde 1999. Entre este año y el 2003 se detectaron 168 casos, en tanto entre 2009 y 2013, se dio un total de 390 casos de SIDA en ese grupo etario. Es decir, un alza acumulada del 132%.


La Jefa del Programa Nacional de Prevención y Control de VIH-Sida del Ministerio de Salud, Edith Ortiz, señaló al publicarse el estudio que persistía  el sexo desprotegido entre los adolescentes. Por ejemplo, sólo un 50% de los jóvenes entre 15 y 19 años utiliza el condón en su primera relación sexual.

El aumento de contagio entre los jóvenes es tan grave que el Ministerio de Salud decidió revisar sus políticas de prevención para adolescentes, las que son parte de la Estrategia Nacional de Salud. La titular de la cartera, Dra. Carmen Castillo, incluso indicó que el Ministerio trabajaba en una modificación a la Ley de SIDA para otorgar mayores facilidades a los adolescentes para realizarse el examen de VIH.


David Palma, Coordinador de Ciencias y Educación de la Fundación “Iguales”, atribuyó a la “ineficiente y dispar” educación sexual entregada en los sistemas escolares la causa principal del incremento del SIDA entre los jóvenes. Palma precisó que, al “no discutirse los temas de sexualidad desde la infancia, no se ataca el problema de la falta de una cultura de autocuidado desde las primeras etapas de la adolescencia”.

El tema del mayor contagio entre la población joven no es, en todo caso, privativo de nuestro país. En el mundo, al día se dan aproximadamente 5.000 nuevos casos de VIH-SIDA de los cuales un 30% afecta a jóvenes entre 15 y 24 años. Aunque, felizmente, la tasa de contagios ha disminuido a nivel planetario, lo contrario de lo que ha ocurrido en Chile. Según cifras recogidas el año 2015 por el Programa de Naciones Unidas para el VIH/Sida (Onusida), los nuevos contagios en el mundo han disminuido en un 35% desde el año 2000, siendo mayor la baja entre los niños, con un 58%. En Chile ha aumentado en los últimos 10 años, con un peak de contagios el año 2011.


El estudio del Minsal sobre jóvenes y SIDA  publicado el 2015 fue tan devastador que, entre otras medidas, el Instituto Nacional de la Juventud comenzó a trabajar en conjunto con el Ministerio de  Salud generando, entre otras iniciativas, espacios de participación juvenil para promover la información sobre derechos sexuales y reproductivos. Asimismo, se entregaron gratuitamente más de cien mil preservativos.

¿Por qué la enfermedad crece tanto en Chile, especialmente entre los jóvenes? Se señala que la falta de educación sexual sería una de las causas. Por ejemplo, no existe un programa de educación sexual en las bases curriculares del Ministerio de Educación. Magdalena Rivera, médica sexóloga especialista en educación sexual, responsabiliza a la influencia de la Iglesia y grupos conservadores el frenar los programas y apuntar a que los jóvenes inicien su sexualidad después del matrimonio.


Quizás por ello, el Manual “100 preguntas sobre sexualidad adolescente” que lanzó recientemente la Municipalidad de Santiago –a pesar de crear anticuerpos en algunos sectores- puede ser un instrumento útil dentro del contexto en que viven su sexualidad los jóvenes chilenos. Ellos están en riesgo. Porque no saber siquiera cómo prevenir el contagio del SIDA, que puede ser mortal si no se detecta a tiempo, es algo grave. Las preguntas que se están haciendo cotidianamente los jóvenes deben tener respuesta. Y no solo a través de Internet, en sitios de dudosa confiabilidad y seriedad y que constituyen los primeros lugares a los cuales pueden recurrir cuando no hay acceso a otras redes serias, científicas y oficiales.




Entre nuestros jóvenes hay analfabetismo sexual. Nadie les ha enseñado a leer ni escribir en clave sexo. Esa es una razón fundamental para estar en la mira, ya sea del SIDA, de enfermedades de transmisión sexual, de embarazos inesperados y no deseados. Eso son males más graves que la supuesta disociación que podrían hacer entre amor y deseo carnal. Primero hay que enseñarles el abecedario que los proteja y les permita llegar a la adultez y no sucumbir ante un VIH-SIDA. Después tendrán todo el tiempo para la vida, la pasión y el compromiso. Es decir, para los matices.

lunes, 4 de julio de 2016

MATRIMONIOS POR ACUERDO: ¿EL AMOR NACE O SE HACE?


Estuve en Marruecos y, pensando en mis columnas, tuve largas conversaciones sobre el amor, el sexo y el matrimonio con personas de ese país. Desde luego, quedé muy impactada por todo el ritual que involucra la unión conyugal, con sus tres días o  más días de fiesta, las fingidas retenciones de la novia cuando llegan los amigos del novio a “secuestrarla”, el gasto enorme de recursos para mantener entretenidos y satisfechos a todos aquellos vecinos que quieran unirse al festejo. En fin. Un ritual más o menos conocido.



Pero lo que más me llamó la atención es un tema que siempre me ha intrigado respecto de las uniones concertadas o arregladas por las familias: el lugar que ocupa el amor. Y debo decir que cada día estoy más proclive a pensar que el amor tiene mejor pronóstico cuando no hay que hacerse cargo de la elección del novio o la novia. (Desde luego, no estoy hablando de la horrenda realidad de los matrimonios forzados, donde niñitas son obligadas a casarse para prostituirlas u otros espurios fines, algo que constituye otra historia).

Me contaba un hombre marroquí de 33 años que él confiaba a ciegas en la elección que hiciera su madre respecto de su futura esposa. “Ella me quiere, quiere lo mejor para mí, tiene la sabiduría de la edad, es bondadosa y conoce a las mujeres de mi pueblo. ¿Quién mejor que ella para orientarme y proponerme una persona?” Ahora, me aclaraba que no era obligación aceptar las propuestas de su madre. “Si yo o la mujer elegida no aceptamos la idea de casarnos, no lo haremos”. Ahora, sí aclaraba que con un hijo soltero de 33 años como él, su madre se había puesto bastante insistente. “No quiere  que pase de julio de este año para casarme…” Aunque a él  no le parecía aún un plazo suficiente, al menos agradecía que no le hubieran elegido novia al momento de nacer. “A mi hermana y a mi hermano les tuvieron desde siempre a unos primos como candidatos, con quienes crecieron juntos prácticamente”. Contaba que después de 10 o más años de matrimonio, cada uno de ellos seguía felizmente casado. ¿Y el amor? “El amor surge” fue la segura respuesta de Hamid.



Y creo que tenía razón. En nuestra moderna concepción occidental del vínculo conyugal, el amor surge cuando sentimos un misterioso sacudón químico que nos nubla la razón y nos embarga el corazón, como rezan miles de canciones románticas el que, tarde o temprano, nos lleva a tomar decisiones contundentes, drásticas  y a veces irreversibles en tiempos relativamente cortos (el plazo muchas veces va en directa relación con el grado del terremoto químico que suframos). En fin, nos casamos con toda la dicha y la obnubilación del mundo. Radiantes, recordamos la frase final de todos los cuentos de hadas: “Se casaron y fueron muy felices” a la vez que escuchamos, embriagados de felicidad, al cura dictaminar que nos estamos uniendo hasta que “la muerte nos separe”…

Sin embargo, nadie nos avisó que el cóctel químico que nos llevó a tomar tamaña decisión tenía fecha de vencimiento. Las sustancias euforizantes que produce el cuerpo los primeros seis meses del amor declinan por obvias razones de salud física y mental: nuestro corazón no resistiría eternamente una presión arterial similar a la que provoca la cocaína, metiéndonos en ese estado de enamoramiento donde no dan ganas de dormir ni de comer sino solo de amar a nuestro enamorado; nuestra cerebro tampoco resistiría lidiar por años con emociones tan potentes, que nos impedirían concentrarnos en el trabajo o criar a los hijos, a la hora en que éstos lleguen.

En suma, el cóctel químico del que tanto disfrutamos cuando nos enamoramos en forma libre, sin ninguna coacción familiar o económica, muta en algo que no esperábamos ni preveíamos.  En términos científicos, podemos decir que pasamos de la endorfina y la oxitocina a la dopamina, una sustancia que nos calma fisiológicamente y que, por ende, nos lleva a un nuevo punto de partida: construir el vínculo amoroso ya sin la colaboración de la química.



En este punto es donde considero que se juntan las dos concepciones: la de la unión libremente elegida que parte de un amor pasional abrasador que termina, sin embargo, la mayor parte de la veces en fuego de paja, es decir consumido; y la de la unión  concertada por otros, que promueve el encuentro entre dos personas que no se conocen químicamente pero que sí tienen a su favor los argumentos de una serena y meditada elección, donde se han considerado múltiples factores de afinidad. Y que con ello como equipaje, deben partir a crear el amor de pareja. Un punto al que nuestra pareja libre ha llegado después de un año, dos o cuatro de matrimonio, al darse cuenta que el amor debe construirlo a partir de tolerancia y trabajo cotidiano.

Lo increíble es que pareciera que la versión que tanto nos choca del matrimonio concertado tiene muchas más posibilidades de éxito. Según señalaba el portal The Huffington Post el año 2012, en Estados Unidos y Canadá los matrimonios de este tipo tenían una tasa de divorcio de 4%, mientras que en los matrimonios por amor o donde uno escoge la pareja, la tasa de divorcios era del 50%. Agregaba el medio que según informes de la Unicef de ese año, a nivel global, la tasa de divorcios de matrimonios arreglados era del 6% y en la India, del 1,1%. El portal precisaba que el 55% de los matrimonios en el mundo eran arreglados (estadísticas que cubrían no solamente costumbres y religiones de todos los países, sino la realeza y la aristocracia) siendo los novios mayores que las novias un promedio de 4,5 años.

El portal informativo destacaba también ciertas ventajas de los matrimonios arreglados –no forzados, que es otra historia- frente a las uniones de “libre elección”. Entre éstas, mencionada el alivio de tensiones para quienes están en edad de casarse. “Ninguno de los dos tiene que estar adivinando con quién va a ser compatible, ni si es querido o no; tampoco hay juegos sociales ya que cada cual es libre de ser como es; no tiene que aparentar lo que no es”. Y una de las más razones más relevantes apuntaba a la prolongación (incluso perpetuación) de los valores familiares y las creencias compartidas, propósito que se reforzaría con la llegada de los hijos “porque se crían con las mismas creencias y valores”.



No dejan de ser argumentos válidos. Más aún si pensamos que, en nuestra lógica, todo lo que brilla no es oro de modo que las maravillosas ofertas que nos pueden hacer en la época de la conquista de pareja pueden ser palabras al viento de chantas profesionales. También corremos el riesgo de que, a pesar del amor loco y pasional del inicio, las cosas pueden arruinarse porque somos tan distintos en nuestra forma de pensar que al cabo de un año, ya no soportamos las diferencias. O puede ocurrir que vengamos de familias  tan dispares económicamente que el “contigo pan y cebolla” puede terminar, más temprano que tarde, haciendo explotar la relación.

Hoy en día, señalan algunos,  redes como Tinder u otras de selección se parejas, harían las veces de “arregladores” de uniones amorosas. No deja de ser cierto. Te inscribes y, con su mega equipo de cientistas sociales, las empresas del corazón se encargan de buscarte el candidato más afín en todos los sentidos. Lo ves en una foto, y puedes o no prendarte de él o ella. Es decir, como en una unión arreglada, a la primera visita que concierten las familias casamenteras, te puede parecer grato o no a los ojos el o la candidato. No hay más razones en ese momento. Solo una química inicial. Claro que en el caso de las uniones arregladas, no te dejan vivirla y elaborarla sino hasta después de una ritual espera, donde probablemente acumules ganas y sumes fantasías.   Y cuando llegue el día del casamiento, todas tus energías estarán dirigidas a que esta unión resulte porque estás convencido que es lo mejor para ti y para todos.



Y parece que resulta. Porque construir el vínculo amoroso entre un hombre y una mujer es un proyecto, como cualquier otro. Y si eliges  las variables y las acciones adecuadas, no tienes por qué fracasar. En todo caso, tienes más probabilidad de tener éxito que cuando si crees que el amor es un milagro, que surge de un rincón misterioso e insondable y que crece por obra y gracia del espíritu santo…


Twitter: @patycollyer

miércoles, 27 de abril de 2016

¿SOMOS LOS CHILENOS BUENOS PARA LA CAMA?



Para responder a la pregunta, necesariamente tendríamos que respondernos antes otra interrogante: ¿Qué es ser bueno para la cama?

¿Cuántas mujeres no hemos escuchado la pregunta de parte de una amiga o cuantos hombres no se la han hecho a un  amigo: “¿Y cómo era para la cama?” Imagino que muchos menos han entregado el veredicto  a quien correspondía: el partner sexual.


Porque en Chile, este asunto es como muchos otros temas que se susurran pero no se hablan. De pronto, si a una mujer la califican de buena para la cama, pueden estar insultándola o endiosándola, de acuerdo al cristal moral con que se mire pero es más común que la frase sea percibida como estigmatizante (algo que, según mujeres jóvenes con las que conversé, está cambiando, pero que no lo hará “mientras existan hombres maricones que se dedican a hablar de sus conquistas y en forma peyorativa de las mujeres”, según me señaló una de ellas). Por otro lado, si a un hombre lo califican de “malo para la cama”, lo pueden estar lapidando por siempre sin pensar que el sexo es como la vida, en perpetuo cambio y crecimiento. Y quién hoy es “malo para la cama” mañana puede ser sensacional con otra pareja y en otra circunstancia.

Hay mucho de mito en la aseveración. Y mucho de ignorancia. Y mala leche. Porque a veces se puede usar el calificativo para fines espurios. Como en la venganza por despecho o envidia. Tengo la sensación que nadie tiene muy claro que es ser “bueno para la cama”, quizás porque no somos tan buenos para la cama…

Según mis entrevistados, “se es bueno para la cama cuando ambos lo pasan bien”,  es decir cuando “vas al sexo con la disposición de satisfacerse ambos, dure dos minutos o dos horas el encuentro”, o “cuando ves el acto como un partido de dobles y no de singles”.

Coincido con mis entrevistados y entiendo por la frase, entre otras cosas, la permanente disposición a tener sexo y a disfrutarlo. Y aquí los chilenos ya empezamos a estar en falta porque, como dice la psicóloga clínica Mirentxu Busto, en nuestro país “con la llegada de los hijos, se acabaron los besos apasionados, los agarrones, los sonidos; como si eso les fuera a hacer mal a los niños”. Esta experta en relaciones de pareja  piensa que  la familia chilena “es lo más desexualizado del planeta” donde el hogar, mas que un lugar que también debe ser lúdico, es una especie de “templo”.


La anterior reflexión nos lleva a aterrizar en otro tema-problema: la frecuencia en las relaciones sexuales. El sexo, que es tan vital para la salud física y mental, se podría practicar en forma cotidiana y sin embargo, se ha aceptado como media en los matrimonios de mediana data, 2 a 3 veces a la semana. Y a veces menos. Si se tuviera sexo 3 veces a la semana, serían 12 días en el mes de un total de 30. Menos del 50%  para una actividad que solo nos aporta bienestar porque, como dicen quienes han medidos sus efectos, “un coito apasionado activa el riego sanguíneo con un efecto reparador, arrincona los miedos, y actúa a través de la avalancha hormonal de forma relajante a través del cuerpo, mientras la oxitocina nos hace sentir seguros y unidos a nuestra pareja”.

La psicóloga Busto cree que la pérdida de la frecuencia se sustenta en la idea que “lo único que debe ser espontáneo es la sexualidad, pero resulta que es como todo en la vida”. Entonces, ser bueno para la cama también sería entender que “el juego surge en el juego”, como en la dinámica de los niños. Puede que ni hayamos pensado en que hoy jugaríamos a la escondida pero, empezamos a escondernos y empezó el disfrute. Ocurre lo mismo con el sexo, que es una necesidad del ser humano pero no se comporta de manera instintiva como otras necesidades físicas. Si no dormimos, morimos. Si no tenemos sexo, seguimos viviendo, tal vez con un nivel hormonal reducido y una menor calidad del esperma, pero sin consecuencias dramáticas.

Por eso, para tener sexo hay que abrirse al juego y estimularse. Como dice Esteban Cañamares, psicólogo y autor del libro “¿Cómo piensan los hombres?”, "el sexo no es una obligación, no te fuerces a tener relaciones; pero tampoco esperes a que el deseo te sorprenda, búscalo: sal de cuando en cuando del lugar de confort, busca cosas nuevas, y quita las minas del terreno erótico". Más aún si tenemos en cuenta que hay un mecanismo fisiológico que explica que si dejamos de tener sexo, dejamos de necesitarlo.


El investigador canadiense B. Fisher descubrió que el deseo sexual y la frecuencia en el coito están directamente relacionados. Es la llamada  Ley de Fisher. Por ejemplo, si una persona tiene sexo dos veces a la semana, cuando disminuya la frecuencia, sentirá un deseo sexual intenso. Pero, si no retoma las relaciones sexuales por un periodo prolongado, el deseo disminuirá y puede llegar hasta desaparecer. La ley Fisher tiene también su lado B: mientras mas sexo tenemos, más sexo queremos. La antropóloga Helen Fisher lo puso en forma gráfica: “El sexo es como el chocolate, cuanto más se tiene, más se quiere”.

Ser bueno para la cama, creo, es también dejar las inhibiciones y las culpas donde corresponde: en el cajón de las cosas a botar por feas e inservibles. Algo que rige para ambos en la pareja. El hombre tiene que dejar de dividir a las mujeres en “mi madre, mi hermana, mi esposa  y las otras” y disfrutar el sexo con su mujer como si fuera de “las otras”. Y la mujer debe adquirir la certeza que al hombre le encanta no solo que lo acompañe en sus fantasías sino que le abra la mente a otras tantas de su cosecha. Muchos hombres señalan que “mala para la cama” es la mujer que pone trabas y se niega a experimentar en el dormitorio o que parece tener sexo por obligación. Muchas mujeres dicen que malo para la cama es el hombre que no indaga lo que te gusta y por ende, no tiene claro como excitarte ni parece preocupado de tus ritmos.

Ser bueno para la cama es aceptar que hay diferencias fisiológicas y especialmente culturales entre hombres y mujeres, por lo que hay que saber negociar el punto medio. Por ejemplo, las conductas y caricias previas donde –si es por preferencias-, no hay mucho acuerdo. En palabras de la escritora Isabel Allende, “para las mujeres el mejor afrodisíaco son las palabras, el punto G está en los oídos y el que busque más abajo está perdiendo el tiempo”. Y no se trata de las cosas que la mujer desee escuchar durante los preámbulos (que ojala tengan que ver con amor) sino mucho antes. Una frase dicha al desayuno, un whatsapp romántico al mediodía, un gesto tierno y excitante al llegar del trabajo. La psicóloga chilena Marianne Leyton Lemp argumenta que las mujeres funcionan en relación a procesos y los hombres, a objetivos. “Por esto, para ella son tan importantes los gestos, las atenciones y la manera cómo su pareja la trata”. Si últimamente la pareja no la ha hecho sentir querida, valorada o deseada, rechazará el sexo. En el hombre, en cambio, la capacidad de excitación está ligada a lo que pasa en el momento del encuentro sexual, “por ello, será capaz de seguir hacia su objetivo, que es el logro del placer y el orgasmo”, precisa Leyon.


Un estudio sobre Conductas y preferencias sexuales de los chilenos realizado el año 2013 por Fernando Maureira, Crystian Sánchez, Ekatherine Stapf y Yessenia Maureira detectó también diferencias a la hora de las caricias previas. Allí un 29,5% de 100  mujeres encuestadas dijo preferir los “besos en la boca” mientras un 51,4% de los hombres dijo disfrutar más la “estimulación oral de los genitales” y solo un 16% del sexo masculino coincidió con la preferencia femenina. Pareciera que los hombres no mueren por los besos en la boca, algo que obedecería a que su cerebro se rige por patrones algo distintos cuando se trata de la conducta sexual. Como señala la psicóloga argentina y especialista en sexología clínica Elda Bartolucci, “la mujer necesita más del amor o del sentimiento afectivo que el varón para poder excitarse sexualmente” y que sería a través del romance y las manifestaciones de amor de su pareja que la mujer “baja sus barreras de pudor y entra en clima para excitarse y expresarse sexualmente”. Por el contrario, precisa que “el hombre entra al encuentro pensando en el sexo, llega al sexo y a través del ese sexo se va ‘ablandando’ afectivamente”.

Ser bueno para la cama también implicaría aceptar que el sexo se aprende y se entrena. Lo que conlleva una inmensa cuota de comunicación, algo que es más necesario aún si se está iniciando una relación porque así como nadie sabe cómo funciona una lavadora nueva si no lee el manual, tampoco puede saber cuáles son las preferencias del nuevo compañero sexual. La psicóloga estadounidense Leonore Tiefer precisa: “El sexo no es la cosa más natural del mundo, sino una materia que necesita práctica y un aprendizaje continuo. Es como tocar el piano. Para ser bueno, es necesario un período de entrenamiento”.

Ser bueno para la cama también requiere concentración, relajación  y mucho humor. Hay que reírse mucho de ambos y entre ambos. Es probable que en algún momento, les pase un chascarro y lo más sano es tomárselo con humor. Además, como se sabe, reírse pone en tensión los músculos de la vagina, lo que también es placentero para el compañero sexual. También es importante no distraerse, dejarse llevar, estar de lleno entregado a lo que se está viviendo, y no pensar en lo que está ocurriendo. “Meter la cabeza” es fatal, como lo saben mucho mejor las mujeres. Estar pensando en que los hijos o los vecinos van a escuchar, mata cualquier desarrollo de la pasión. Helen Fisher asegura que en los pueblos primitivos, “los factores perturbadores están más limitados, por eso en las comunidades tradicionales, los adultos más jóvenes practican el sexo a diario. Sencillamente tienen más tiempo”.


En definitiva, al tenor de todo lo dicho, ¿cree usted que podríamos responder que los chilenos y las chilenas somos “buenos para la cama”? Algunos de mis entrevistados se mostraron escépticos. “Los chilenos en pijama somos la raja. Los problemas empiezan cuando tenemos que sacarnos el pijama. Para hablar  y pavonearnos, somos buenos”, dice un publicista de 45 años, casado, quien agrega que “las estadísticas y la cantidad de sexólogos dando vueltas nos hablan de que hay problemas y serios”.

Por Patricia Collyer, psicóloga y periodista U. de Chile.
Twitter: @patycollyer
Blog: patriciacollyer.blogspot.cl