Estuve en Marruecos y, pensando en
mis columnas, tuve largas conversaciones sobre el amor, el sexo y el matrimonio
con personas de ese país. Desde luego, quedé muy impactada por todo el ritual
que involucra la unión conyugal, con sus tres días o más días de fiesta, las fingidas retenciones
de la novia cuando llegan los amigos del novio a “secuestrarla”, el gasto enorme
de recursos para mantener entretenidos y satisfechos a todos aquellos vecinos
que quieran unirse al festejo. En fin. Un ritual más o menos conocido.
Pero lo que más me llamó la
atención es un tema que siempre me ha intrigado respecto de las uniones concertadas
o arregladas por las familias: el lugar que ocupa el amor. Y debo decir que
cada día estoy más proclive a pensar que el amor tiene mejor pronóstico cuando
no hay que hacerse cargo de la elección del novio o la novia. (Desde luego, no
estoy hablando de la horrenda realidad de los matrimonios forzados, donde
niñitas son obligadas a casarse para prostituirlas u otros espurios fines, algo
que constituye otra historia).
Me contaba un hombre marroquí de 33
años que él confiaba a ciegas en la elección que hiciera su madre respecto de
su futura esposa. “Ella me quiere, quiere lo mejor para mí, tiene la sabiduría
de la edad, es bondadosa y conoce a las mujeres de mi pueblo. ¿Quién mejor que
ella para orientarme y proponerme una persona?” Ahora, me aclaraba que no era
obligación aceptar las propuestas de su madre. “Si yo o la mujer elegida no
aceptamos la idea de casarnos, no lo haremos”. Ahora, sí aclaraba que con un
hijo soltero de 33 años como él, su madre se había puesto bastante insistente.
“No quiere que pase de julio de este año
para casarme…” Aunque a él no le parecía
aún un plazo suficiente, al menos agradecía que no le hubieran elegido novia al
momento de nacer. “A mi hermana y a mi hermano les tuvieron desde siempre a
unos primos como candidatos, con quienes crecieron juntos prácticamente”.
Contaba que después de 10 o más años de matrimonio, cada uno de ellos seguía
felizmente casado. ¿Y el amor? “El amor surge” fue la segura respuesta de
Hamid.
Y creo que tenía razón. En nuestra
moderna concepción occidental del vínculo conyugal, el amor surge cuando
sentimos un misterioso sacudón químico que nos nubla la razón y nos embarga el
corazón, como rezan miles de canciones románticas el que, tarde o temprano, nos
lleva a tomar decisiones contundentes, drásticas y a veces irreversibles en tiempos
relativamente cortos (el plazo muchas veces va en directa relación con el grado
del terremoto químico que suframos). En fin, nos casamos con toda la dicha y la
obnubilación del mundo. Radiantes, recordamos la frase final de todos los
cuentos de hadas: “Se casaron y fueron muy felices” a la vez que escuchamos, embriagados
de felicidad, al cura dictaminar que nos estamos uniendo hasta que “la muerte
nos separe”…
Sin embargo, nadie nos avisó que el
cóctel químico que nos llevó a tomar tamaña decisión tenía fecha de
vencimiento. Las sustancias euforizantes que produce el cuerpo los primeros
seis meses del amor declinan por obvias razones de salud física y mental:
nuestro corazón no resistiría eternamente una presión arterial similar a la que
provoca la cocaína, metiéndonos en ese estado de enamoramiento donde no dan
ganas de dormir ni de comer sino solo de amar a nuestro enamorado; nuestra
cerebro tampoco resistiría lidiar por años con emociones tan potentes, que nos
impedirían concentrarnos en el trabajo o criar a los hijos, a la hora en que
éstos lleguen.
En suma, el cóctel químico del que
tanto disfrutamos cuando nos enamoramos en forma libre, sin ninguna coacción
familiar o económica, muta en algo que no esperábamos ni preveíamos. En términos científicos, podemos decir que
pasamos de la endorfina y la oxitocina a la dopamina, una sustancia que nos
calma fisiológicamente y que, por ende, nos lleva a un nuevo punto de partida:
construir el vínculo amoroso ya sin la colaboración de la química.
En este punto es donde considero
que se juntan las dos concepciones: la de la unión libremente elegida que parte
de un amor pasional abrasador que termina, sin embargo, la mayor parte de la
veces en fuego de paja, es decir consumido; y la de la unión concertada por otros, que promueve el
encuentro entre dos personas que no se conocen químicamente pero que sí tienen
a su favor los argumentos de una serena y meditada elección, donde se han
considerado múltiples factores de afinidad. Y que con ello como equipaje, deben
partir a crear el amor de pareja. Un punto al que nuestra pareja libre ha
llegado después de un año, dos o cuatro de matrimonio, al darse cuenta que el
amor debe construirlo a partir de tolerancia y trabajo cotidiano.
Lo increíble es que pareciera que
la versión que tanto nos choca del matrimonio concertado tiene muchas más
posibilidades de éxito. Según señalaba el portal The Huffington Post el año 2012, en Estados Unidos y Canadá los
matrimonios de este tipo tenían una tasa de divorcio de 4%, mientras que en los
matrimonios por amor o donde uno escoge la pareja, la tasa de divorcios era del
50%. Agregaba el medio que según informes de la Unicef de ese año, a nivel
global, la tasa de divorcios de matrimonios arreglados era del 6% y en la India,
del 1,1%. El portal precisaba que el 55% de los matrimonios en el mundo eran
arreglados (estadísticas que cubrían no solamente costumbres y religiones de
todos los países, sino la realeza y la aristocracia) siendo los novios mayores que
las novias un promedio de 4,5 años.
El portal informativo destacaba
también ciertas ventajas de los matrimonios arreglados –no forzados, que es
otra historia- frente a las uniones de “libre elección”. Entre éstas,
mencionada el alivio de tensiones para quienes están en edad de casarse.
“Ninguno de los dos tiene que estar adivinando con quién va a ser compatible,
ni si es querido o no; tampoco hay juegos sociales ya que cada cual es libre de
ser como es; no tiene que aparentar lo que no es”. Y una de las más razones más
relevantes apuntaba a la prolongación (incluso perpetuación) de los valores
familiares y las creencias compartidas, propósito que se reforzaría con la
llegada de los hijos “porque se crían con las mismas creencias y valores”.
No dejan de ser argumentos válidos.
Más aún si pensamos que, en nuestra lógica, todo lo que brilla no es oro de
modo que las maravillosas ofertas que nos pueden hacer en la época de la conquista
de pareja pueden ser palabras al viento de chantas profesionales. También corremos
el riesgo de que, a pesar del amor loco y pasional del inicio, las cosas pueden
arruinarse porque somos tan distintos en nuestra forma de pensar que al cabo de
un año, ya no soportamos las diferencias. O puede ocurrir que vengamos de
familias tan dispares económicamente que
el “contigo pan y cebolla” puede terminar, más temprano que tarde, haciendo
explotar la relación.
Hoy en día, señalan algunos, redes como Tinder u otras de selección se parejas, harían las veces de
“arregladores” de uniones amorosas. No deja de ser cierto. Te inscribes y, con
su mega equipo de cientistas sociales, las empresas del corazón se encargan de
buscarte el candidato más afín en todos los sentidos. Lo ves en una foto, y
puedes o no prendarte de él o ella. Es decir, como en una unión arreglada, a la
primera visita que concierten las familias casamenteras, te puede parecer grato
o no a los ojos el o la candidato. No hay más razones en ese momento. Solo una
química inicial. Claro que en el caso de las uniones arregladas, no te dejan
vivirla y elaborarla sino hasta después de una ritual espera, donde
probablemente acumules ganas y sumes fantasías. Y cuando llegue el día del casamiento, todas
tus energías estarán dirigidas a que esta unión resulte porque estás convencido
que es lo mejor para ti y para todos.
Y parece que resulta. Porque
construir el vínculo amoroso entre un hombre y una mujer es un proyecto, como
cualquier otro. Y si eliges las
variables y las acciones adecuadas, no tienes por qué fracasar. En todo caso, tienes
más probabilidad de tener éxito que cuando si crees que el amor es un milagro,
que surge de un rincón misterioso e insondable y que crece por obra y gracia
del espíritu santo…
Twitter: @patycollyer





Voy a releer tu trabajo tan extenso y tan vistoso y colorido.
ResponderEliminarMe resulta llamativo que mujeres curtidas, formadas y bien inteligentes, como tú, encontréis sugestiva la idea del matrimonio concertado por otros, no por ella y él. En poco tiempo ya me he encontrado dos veces con esa sorpresa.
En tu caso reflejas los ecos de tu rápido paso por Marruecos, país en el que he vivido y trabajado durante 6 años.
En el otro caso reflejaba el paso por la India de una mujer con hijos treintañeros ya y desenañada de su matrimonis, ya quebrado.
¿No será que, en estos dos casos, fiáis al exotismo de "lo distinto a lo vivido" como reflejo actual del "rusoniano" mito del buen salvaje?
He asistido y participado en una boda en Marruecos y otra en Túnez, o sea que tengo una muy limitada experiencia en ese campo.
Me voy unos días a los Pirineos, mis montañas más cercanas acá, entrañables para mi pero nada comparable a vuestra imponente Cordillera. Pensaré en tu escrito, en los emparejamientos occidentales y en mis recuerdos sobre Marruecos.
Jordi
EliminarAcabo de leer tu comentario! NUnca me llegan... Si, creo que esta columna fue muy visceral. Producto de mi fascinante pasada por Marruecos y las plabras del guia berebere.