viernes, 18 de octubre de 2013

COMO NO “SOBREGIRARSE” EN EL AMOR

Utilizando el lenguaje de las finanzas, es claro que muchas parejas incurren en “sobregiros afectivos” que las conducen al “protesto de cheques amorosos” o al cierre de la “cuenta matrimonial”. ¿Cómo evitarlos?

Aprender a no sobregirarse no es fácil. Por ejemplo, incluye el acompañar a la pareja a actividades que uno puede odiar pero que el otro adora. También pasa por aceptar  que la vida es rutinaria pero que cada día puede ser siempre extraordinario. O evitar acostarse peleado con la pareja…

Otros piensan que hay que practicar dos máximas: no dejar que las hormonas anulen a las neuronas y decir siempre la verdad. Algunos creen que basta con corregir cosas simples, como no tener computador en la casa para no llevarse trabajo al hogar. Y hay quienes postulan que hay que seguir “pololeando” como al inicio y llamarse 5 o 6 veces al día por teléfono. O apechugar juntos y ser “compinches”, considerando al cónyuge como tu mejor amigo, cultivando la complicidad y el humor.

También pasa por controlar el mal genio y aprender a ser tolerante. Es el consejo de un fanático de la “U”, casado en segundas nupcias con una joven colocolina… O por diferenciar lo esencial de lo accesorio y negociar los espacios de poder, aceptando, por ejemplo, escuchar música con audífonos si la pareja ama el silencio. O sacarse la armadura, que se llega a pegar a la piel, ya que la relación pareja es donde ésta menos se debe usar porque el camino del amor es menos escarpado si se confiesan los miedos…

Los sobregiros hacen que muchas veces fracase el publicitado sueño de “hasta que la muerte nos separe”. ¿Qué lleva a algunos a naufragar en el matrimonio y a otros a transformarlos en aventuras exitosas? ¿Qué factores garantizan el éxito? ¿La afinidad política? ¿La identidad cultural, racial o socioeconómica? ¿El contigo pan y cebolla? ¿El amor a primera vista? ¿La amistad previa? ¿En qué tipos de sobregiros incurren con mayor frecuencia las parejas chilenas? ¿Qué hacer para evitar que se corte la cuerda? ¿Cómo manejar los conflictos y conciliar las manías?

Obviamente, lo ideal –como en todo- es prevenir antes que curar. Como dice la doctora Ingeburg Fuhrmann, quien en los 90 impulsó un proyecto de Escuela para Padres y Parejas, “los sobregiros se producen cuando, en forma rotativa, uno de los cónyuges aparece tomando y el otro dando, en forma desproporcionada”. Ello atenta contra la pareja porque en algún momento se tiene que pagar la deuda y en la medida que pasa el tiempo, suben los “intereses”. En general, los sobregiros van “desnutriendo” a la pareja y una pareja desnutrida tiene poca resistencia a la adversidad.

Habría dos tipos de sobregiros: los de la pareja y los de  un cónyuge en relación al otro. Ejemplos del primero se daban más frecuentemente en nuestros padres ya que ellos comenzaban su matrimonio en medio de enormes exigencias: querían que la unión durara para toda la vida pero asumían este desafío en un hogar nuevo, entrando a la vida laboral y esperando el primer hijo. Hoy ese esquema ha cambiado. Los jóvenes se casan pensando en desafíos más hedonistas y personales: comprarse una casa, un auto, ir a un postgrado al extranjero. Los hijos quedan para mucho después…

Sin embargo, hay otras conductas a corregir. Como no abrir los conflictos, lo que lleva al paulatino cierre del dialogo y a una armonía aparente. Entre tantas rabias y desacuerdos acumulados, llega un momento en que la vida juntos se hace insoportable. Es el momento en que no queda dinero ni en la cuenta corriente ni en la línea de crédito matrimonial…  En ese momento, la pareja opta por seguir junta pero cada uno en su mundo, o separarse.

Según la doctora Fuhrmann, la segunda opción ha aumentado  en las nuevas generaciones porque éstas buscan una pareja mucho más gratificante que la de sus padres o abuelos. “Así, paradojalmente, la separación se produce no por falta de amor sino por exceso de éste”. Es decir, la pareja quiere una cuenta afectiva con mucho “saldo” y se frustra cuando ve que la vida tiene conflictos, que ha idealizado la relación y ha creído que el otro va a llenar todo, incluso los propios vacíos, algo imposible.

Hay consenso en que serían tres los factores para aspirar al éxito matrimonial: la comunicación real, la capacidad de negociar los desacuerdos y el sexo satisfactorio. Comunicarse no es solo conversar sino acompañarse, interesarse en lo que hace el otro, compartir sus sueños y motivaciones. Aunque no hay que hablarlo todo porque, por ejemplo, los hombres no son dados a hablar y se pueden sentir invadidos.

Hay otras claves. Como nunca dar por hecho que se tiene garantizada la pareja, conquistándola día a día con detalles como invitarla a salir al menos cada 15 días  (aunque sea a comer un sándwich) o salir solos un fin de semana. O ser capaz de decir “quiero estar solo” sin que la pareja se sienta. O sea, que la relación aguante la franqueza. O inquietarse por lo que hace el otro, aunque sea muy distinto al quehacer propio. Algunos señalan que el cuento de hadas se puede construir con hechos como reírse juntos cuando al otro se le quedó la llave dentro del auto.

Pareciera que el fin del amor siempre va precedido de señales. Por ello hay que estar atento. Termina siendo más importante la voluntad de cuidar el amor que tener absoluta afinidad. Una pareja exitosa no es la que tiene los mismos gustos sino la que es capaz de llegar a consensos.

Algunos piensan que tener una vida sexual satisfactoria es producto de un buen vínculo y si hay deterioro en éste, falla lo sexual. Enfrentados a elegir, hay quienes optan por una mala relación sexual con buen afecto “porque el sexo se puede mejorar pero no una relación pésima y desgastada”.  

El sexo es un acto íntimo que no puede darse apurado, sin preámbulo, con los niños entrando al dormitorio, con puertas sin chapas. Según la doctora Fuhrmann “en el sexo hay un espacio muy sensible a la carencia, a la sobre exigencia externa, especialmente en parejas donde el único ámbito que va quedando más protegido en el sexual”.


En suma, se incurre en sobregiros cuando no se da la pelea contra los errores. Cuidar el espacio de la pareja no es solo un derecho sino una obligación. Y ésta no puede reducirse a dos personas que se intercambian informes desastrosos al final del día sino una dupla que es capaz de inventar soluciones para los desacuerdos… 

¿CÓMO EVITAR LA MUERTE SÚBITA DEL AMOR?

Si le hiciéramos caso a nuestro cuerpo, a ese misterioso y perfecto mecanismo de relojería que es el ser humano, cuánto dolor nos ahorraríamos…

Vamos a hablar del amor y de la pareja desde una óptica que puede hacernos la vida más fácil. Por ejemplo, que como todos los animales, los humanos tuvimos que encontrar los mecanismos evolutivos de perpetuarnos como especie y que el enamoramiento es una de las formas que tenemos para hacerlo. Este no es más ni menos que un proceso bioquímico que se inicia en el cerebro y que, tras la secreción de neurotransmisores, activa glándulas y respuestas fisiológicas con la finalidad de que acabemos apareándonos. Es el instinto de reproducirnos lo que nos hace sentir la pasión del amor. Eso está claro y estudiado. Lo que no ha respondido a cabalidad la ciencia es por qué algunas personas, y no otras, nos provocan ese vendaval que nos lleva al borde de una sana locura llamada enamoramiento. Lo que sí se ha detectado es que, al parecer, uno construye moldes de circuitos cerebrales que determinan que una persona, y no otra, desencadene el enamoramiento.

Estamos usando la palabra adecuada: enamoramiento. Este proceso conlleva la producción de feniletilamina (FEA), una anfetamina propia del cuerpo, que a su vez activa la secreción de dopamina (un neurotransmisor que genera el deseo y la ternura y  nos lleva a repetir lo que nos da placer), la que aumenta durante el enamoramiento en siete mil veces su cantidad, y de oxitocina, una hormona que libera nuestro cerebro después del orgasmo y durante el parto, responsable de la fuerte vinculación emocional que se produce en esos dos momentos. También se gatillan las fenilananinas, portadoras del entusiasmo, lo que en conjunto bloquea toda lógica y razón. La combinación de todas estas sustancias explica, por ejemplo, por que se puede hacer el amor noches enteras sin sensación hambre, sueño o cansancio. Y el surgimiento de frases como “estoy enloquecido de amor” y sensaciones como la de necesitar al amado como a una droga… También explica que se hable de que “el amor es ciego”. En la etapa de  enamoramiento químico, la visión del ser amado activa ciertas zonas del cerebro que producen euforia y desactiva las áreas encargadas de realizar juicios o valoraciones.

El punto es que este estado no es amor. Es enamoramiento. Y tiene fecha de vencimiento. La feniletilamina, y el cóctel arrebatador que gatilla, no puede durar mucho tiempo porque nos mataría; por ello, sus efectos empiezan a desaparecer de a poco, entre los seis y los 48 meses de relación. Y empezamos a caer en la dura realidad. Aquella que nos puede llevar a pensar que “se murió el amor”. Pero justamente, es el amor el que nace a partir de este momento. Pasamos del enamoramiento demandante, “del hechizo fisiológico que nos nubla la razón y nos vuelve adictos al objeto de nuestro deseo", como dice el psicólogo Walter Riso, a un amor más tranquilo, seguro, cómodo que está asociado a otro tipo de sustancias generadas también por el cuerpo: las endorfinas. De estructura similar a la morfina, éstas permiten el inicio de la etapa del apego.

En ésta fase hay que trabajar el vínculo para que resista a la muerte de la química y perdure. Para ello hay que comunicarse de modo de ir reformulando la relación y convertirla en una convivencia constructiva, honesta, respetuosa, sana, tierna, auténtica.

Recordemos que en la fase del enamoramiento hemos estado un poco ciegos y hemos visto en nuestra pareja lo que queríamos ver. O peor aún: lo que hemos inventado, una situación de mal pronóstico porque habla que no hay terreno fértil para pasar de la fase de la pasión a la del amor. Si en la fase de enamoramiento, donde tendemos a distorsionar la realidad, tomamos decisiones trascendentales como casarnos, las cosas obviamente se complican al finalizar la fase de la química embriagadora porque la pareja se ve tal como realmente es. 

Podemos enfrentar de mejor forma el fin del enamoramiento, el camino del temido “desamor”, si entendemos lo que implica amar. A juicio de Walter Riso "queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor; amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja".

La clave para evitar, al cabo de 2 o 4 años, el encuentro con el “cadáver” de un gran amor es construir una relación donde cada integrante de la pareja sea responsable de ser feliz por sí mismo y no creer que el otro es la fuente de la felicidad. Una relación que retroalimentemos, que no dejemos a merced de la rutina y la dependencia emocional; una relación que reguemos a diario como una plantita que está viva y debe cambiar sus hojas. Podremos quizás sobrevivir a la muerte súbita del enamoramiento cuando comprendamos que el amor no existe fuera de nosotros sino que es parte nuestra y de la vida, cuando tengamos un mundo propio, opciones y una razón para vivir y no convertir a la pareja en el sentido de la vida. Cuando nos percatemos que el mito de la “media naranja” es sólo eso, un mito, y que el amor se construye entre dos personas enteras y no cortadas por la mitad. Y claramente  cuando nos demos la distancia para que cada uno sea lo que quiere y puede ser, creciendo y evolucionando libremente.

No salvaremos al enamoramiento de morir si optamos por vivir la sensación de vértigo y placer que da un nuevo amor. Pero debemos recordar que al cabo de 6 meses, o de 2 años, o de 4 años, este amor también estará agonizando si no hemos aprendido la esencia del amor. 

LA INFIDELIDAD NUESTRA DE CADA DIA

No quisiera que se me juzgara como que estoy incitando livianamente a la infidelidad. Lo que he tratado de plantear en mi libro “Amores inconfesables: La infidelidad desde Eva  a Internet” es que la tendencia a la infidelidad es parte de la fisiología del ser humano. Hombres y mujeres pertenecemos a una de las  más de cuatro mil especies de mamíferos polígamos (sólo un 3% de las especies conocidas es monógama). Lo que ocurre, y así lo han establecido estudios científicos, es que los humanos practicamos la monogamia social pero somos polígamos desde la óptica puramente sexual.

Desde luego, a lo largo de la historia y de acuerdo al peso de la cultura, la práctica de la sexualidad ha ido cambiando. Cuando aparece la familia patriarcal, la finalidad del sexo es la reproducción dentro del matrimonio y el placer del hombre. En la Edad Media, el  poderío de la Iglesia Católica impone la idea que la pulsión sexual es demoníaca y reafirma el concepto de matrimonio “hasta que la muerte los separe”, o sea monógamo.

Pero el ser humano sigue siendo el mismo mamífero de siempre. O sea, uno con propensión permanente a tener múltiples compañeros sexuales en su vida pero que hoy vive dentro de una sociedad, la cristiano occidental, que le impone un matrimonio basado en la exclusividad sexual. Todo un zapato chino.

¿Que hace el ser humano en medio de tal escenario? Se neurotiza (vive el “como si” propio de la neurosis: “como si” nunca ha mirado para el lado, “como si” nunca será infiel, etc.); se disocia (viviendo un eterno doble standard, donde el hombre es infiel de cuerpo pero no de alma y la mujer es la ciega que no quiere ver las infidelidades de su cónyuge o aceptar las propias). O la situación más dramática: se convierte en un asesino, matando a su pareja por reales (o supuestas) infidelidades. Da lo mismo: el resultado es tan trágico como cotidiano, con niños que quedan huérfanos y traumatizados por el horror que les ha tocado vivir.

Las cosas deberían ser mucho más simples. Y sanas. Si se hablara de este tema, si no fuera un eterno y morboso tabú, material recurrente de rutinas humorísticas o de pelambres de sobremesa. Si se nos enseñara desde niños que la pulsión sexual que nos provocan otros seres humanos será parte eterna de nuestra vida. Que ello es natural. Que es mejor saberlo, socializarlo y saber manejarlo, a ocultarlo. Que la infidelidad puede ser parte de nuestra vida pero no debiera serlo de nuestra muerte.

Si se abriera el tema y se pusiera arriba de nuestra mesa y no de nuestras sobremesas. SI se conversara más allá de prejuicios y fanatismos, con profundidad, tolerancia y afecto. Si con nuestros compañeros y compañeras de amor y de vida pudiéramos conversarlo sin fobias ni terrores. Si pudiéramos explicarnos juntos los misterios de nuestra naturaleza humana y no despedazarnos en celos e inseguridades.  Si pudiéramos ser realmente humanos y no creernos dioses y dueños de la verdad. Si pudiéramos perdonarnos y compartir nuestras flaquezas y nuestras grandezas.

Si lográramos que todo aquello ocurriera, otro gallo nos cantaría. Y cada mañana de nuestra convivencia conyugal sería un lugar más grato, apacible y amable. No un calvario poblado de fantasías, supuestos y modelos a cumplir.

Ahora que la ciencia y las contundentes pruebas de realidad nos entregan en forma cotidiana nuevos antecedentes sobre nuestra condición de potenciales infieles, es el momento. El punto de inflexión, en el cual deberíamos explorar formas más sanas y constructivas de relación. Y no seguir creyendo que nuestra vida amorosa es como la de los cisnes o los lobos que, por especies monógamas, tienen la capacidad de emparejarse una sola vez en la vida y no sentir nunca atracción por otro u otra de su especie.

Aunque nos lo cante el bolero, no es verdad que “solamente una vez se ama en la vida”. La verdad para el ser humano es mucho más amplia y diversa. Y fascinante.


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AMORES INCONFESABLES

Que el tema de la infidelidad es una "papa caliente" que todos evitan agarrar es un hecho de la causa. Pareciera que la masividad (solapada) de la conducta lleva a transformarla en tabú a la hora de las verdades. Si no, baste echar una mirada a las definiciones que la mayoría de los diccionarios escolares utilizados en nuestro país nos entregan sobre el concepto:
ARISTOS–DICCIONARIO ILUSTRADO DE LA LENGUA ESPAÑOLA: Falta de fidelidad: deslealtad. || Carencia de la fe católica.
ESCOLAR SOPENA: Falta de Fidelidad.
MINILAROUSSE ILUSTRADO: Falta de fidelidad: infidelidad conyugal || Deslealtad: Infidelidad a la patria. || Carencia de fe católica.
DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA: 1. Falta de fidelidad, deslealtad. 2. Carencia de la fe católica. 3. Conjunto de los infieles que no conocen o no aceptan la fe católica
DICCIONARIO GENERAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA: Falta de fidelidad, especialmente en el matrimonio. 2. Falta de exactitud, de verdad: la infidelidad de un historiador.
DICCIONARIO GENERAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA VOX: 1. f. Falta de fidelidad. 2. p. us. Falta de exactitud. 3. p. us. Carencia de la fe católica. 4. Conjunto de los infieles que no conocen la fe católica

Resulta curioso que en estos diccionarios –masivamente usados en la formación de nuestros niños y jóvenes– casi no se aluda a la relación conyugal o amorosa al definir la INFIDELIDAD. Más curioso resulta si se piensa que más que en relación a la Patria o la religión, es en el ámbito afectivo donde más se utiliza la expresión. Cuando se habla de infidelidad, la palabra se utiliza casi exclusivamente para referirse a un desliz en el plano amoroso.
¿A qué se deberá esta amnesia de los editores? ¿Tal vez al deseo de evitar que sus lectores aprendan, con precisión y claridad, en qué consiste esa realidad que tantas veces han visto o escuchado nombrar de maneras no muy académicas?
Si el diccionario no entrega la acepción más difundida y conocida, ¿qué será, entonces, lo correcto? ¿Utilizar términos tan inequívocos como: "gorrear", "poner cuernos", "echar una canita al aire", "tener encargo de provincia", "andar chueco", "tener amante" (como si la pareja estable no pudiera ser amante), "tener un peuco", "poseer sucursal", "andar a la mala", tener un "patas negras", "almorzar pollito al velador"?
Aun cuando muchos de los entrevistados de este libro usaron alguno de los sinónimos nombrados (los que, sin embargo, no fue posible encontrar en ningún buen diccionario de uso común), se hizo la opción de utilizar el término infidelidad, que es de uso generalizado en Chile cuando de hablar bien (y ser infiel) se trata.
Es casi de perogrullo decir que la infidelidad amorosa es tal vez el más actual y vigente de los temas de siempre. Como tópico de reflexión, es de una vastedad y riqueza que pocos tienen. Despierta, con o sin tapujos, la morbosidad; cruza fronteras geográficas, políticas, ideológicas, sociales o religiosas; no respeta casi nada ni a nadie, lo cual hace que hablar de ella no ofenda a nadie u ofenda a todos un poco. Ello resulta bastante justo y poco discriminativo.
Es curioso que la infidelidad, siendo tal vez uno de los temas más serios y que más agreden al núcleo de la sociedad contemporánea la familia sea, al mismo tiempo, el tema sobre el cual se ha hecho más humor en todos los idiomas. Es uno de los temas tabú sobre el que más se habla y es siempre el ítem más sabroso de una típica sesión de pelambre.
Como tema, se aborda en forma frecuente y seria por la Iglesia o por psicólogos y psiquiatras. Con más frecuencia aún, lo abordan en forma jocosa y morbosa los medios de comunicación. Pero nunca se ha abordado desde un punto de vista multidimensional, acorde con nuestra cultura y, además, entretenido.
Parece ser que no se ha escrito hasta ahora lo más elemental: un libro que diga lo que todo el mundo sabe, pero que solo dice en voz baja o en situaciones muy particulares.
La finalidad del presente libro es hurgar en una práctica masiva, que cualquiera que se empeñe en ello y conozca las formas de clandestinaje que adopta, puede detectar.
Con estas páginas, usted tal vez disfrutará el dinero que gastó en el libro, o bien lo lamentará, pero la intención es que, en ningún caso, permanezca indiferente.
Por último, hay que señalar que, de un modo u otro, el tema ha estado siempre presente. Desde Pedro de Valdivia, que no solo fundó Santiago, sino también junto a doña Inés de Suárez la institución "postura de gorro". (¿Conoce usted a algún escolar que sepa que Marina Ortiz de Gaete, y no doña Inés, era la esposa de don Pedro?). Tan clara parece estar la fuerza de la institución legada por Pedro de Valdivia que hoy, en nuestra capital, uno de los moteles que probablemente no falta en el kárdex de cualquier infiel es el “Valdivia".
Adelante, conversemos sobre lo que usted ya sabe para que descubra tal como lo hizo la autora un mundo que no conoce.
No se ponga serio, póngase cómodo... que así se lee mejor.