Los hombres chilenos, igualando a las mujeres, también se vienen
quejando hace un buen tiempo de la dificultad para encontrar pareja. Aquella
creencia de que en Chile había siete mujeres por hombres razón por la que no
había de qué preocuparse de estar solo, parece ser un mito superado por la
realidad. Especialmente para aquellos que han pasado los “titantos” y viven un
poco al tres y al cuatro. Como me señaló un representante de este grupo, “mis
amigos me dicen que la corte con buscar pareja porque hoy las mujeres solo
miran a los tipos con plata…”.
No solo ocurre en Chile. Por ejemplo, en China la cosa pinta
mucho peor para el sexo masculino porque, como señala Rob Budden en el sitio
Internet de BBC Mundo, “allí, el nombre para los hombres solteros de más de 30
años no es muy positivo: shengnan; significa
‘hombres sobrantes’ y son aquellos que todavía no han encontrado una esposa”.
Agrega que “que para el año 2020, se calcula que en China habrá 30 millones más
de hombres que mujeres en busca de pareja”.
En Chile las cosas están también difíciles. Aunque
felizmente nunca como en el país asiático, donde la presión familiar hacia esos
“solterones” de 30 años mucho más fuerte. Acá parece ser verdad que aquellos
tiempos idílicos del “contigo pan y cebolla” parecen haber quedado
definitivamente en el pasado. Hoy a las chilenas –especialmente aquellas en
“edad de merecer”, como decían nuestras abuelitas cuando una jovencita estaba
lista para el altar- les dan tiritones los hombres con problemas de caja y,
peor aún, de solvencia. Aunque ellos estén cubiertos de un estupendo envase.
Y a las chilenas en edad de merecer por segunda o tercera
vez –es decir las divorciadas, anuladas o viudas- tampoco están disponibles
para hombres sin solvencia porque se aburrieron de “becar” a sus machos.
Primero les tocó hacerlo debido al exilio, o producto de la crisis económica de
los ‘80. Otras se vieron sin marido, ejerciendo de jefas de hogar y apechugando
como madres todoterreno. Por eso, cuando ya los hijos crecieron y partieron a
formar sus nidos, decidieron que no va más. Que ahora les tocaba a ellas ser
mantenidas, o al menos bien atendidas, porque “se lo merecen”. Y es en ese punto cuando ese pobre hombre
separado que no logró fabricarse una situación (situación siempre es sinónimo
de dinero…) tiene todas las de perder en el mercado del emparejamiento.
En el caso de los jóvenes, el armar pareja se ha convertido
más bien en la construcción de una empresa llamada “Matrimonio S.A.”, donde
cada cual hace su aporte a la mesa de dinero matrimonial con un capital no solo
afectivo sino pecuniario y donde los socorros mutuos del viejo y sagrado
vínculo se han transformado, más bien, en dinero a colocar en fondos mutuos o
acciones en la bolsa.
Hoy, los jóvenes no arriesgan. Y en su búsqueda de pareja tienen
en cuenta aquello. De allí que prefieren un perfil de poco riesgo para “invertir”
en su vida marital. Por eso el elegido no debe ser, en lo posible, alguien que
tenga una carrera poco rentable o que sea incapaz de aportar algún ahorro a la
sociedad. Porque antes de los hijos, que son un gasto, para las parejas jóvenes
están las inversiones: un departamento, un post grado, un magister, un año
sabático en el extranjero, son algunas de las inversiones conyugales más
recurrentes.
Así están las cosas. Por ello está difícil encontrar pareja,
especialmente para un hombre que va ofreciendo por la vida solo “amor del bueno”,
un departamentito de 30 metros cuadrados arrendado a pulso, o un ingreso que no
permite cada año el paseo en avión, al menos por el continente latinoamericano.
Está también el caso de la mujer más madura, a quien le
gustaría tener nueva pareja después de divorciarse. Ella, con su sueldo, se da
gustos con las amigas, con las cuales sale a comer tupido y parejo a ricos
restaurantes, viaja a África en las vacaciones y a Miami para el 18, y está
decidida a trabajar hasta la muerte para darse esos gustos, más aún ahora que
los hijos ya son independientes. A esa mujer, desde luego, tampoco le calza un
hombre que no la pueda acompañar en ese ritmo hedonista. ¿Pagarle el viaje al
novio? ¡Ni muerta! Eso le restaría recursos para comprarse los cueros que
quiere traer de Estambul… Esperar que la invite a comer. Difícil… ¿O a un
recital de un grupo setentero? ¡Menos! El apenas llega a fin de mes con su
sueldo…
De modo que los hombres chilenos, jóvenes y maduros, de
verdad hoy están en más problemas que antaño para armar su nidito de amor,
aunque sea puertas afuera. Claro, no es que estén desahuciados. Siempre se
puede encontrar una media naranja que esté dispuesta a acompañarte “en lo
próspero y adverso, en salud y en enfermedad”, como todavía hace prometer el
cura al casarnos.
Pero la verdad es que no es fácil. Porque de una u otra
forma, subsiste en el inconsciente, que el hombre es el proveedor o, al menos,
el que aporta un porcentaje mayor a la unión. De modo que, hombres de hoy ¡o
juegan a la lotería con fe o asumen que, si del cielo caen limones, hay que
aprender a hacer limonada… y venderla!


