Las
argentinas se aburrieron y centenares de hombres las acompañaron en su protesta.
Con diversos “tetazos”, uno de los cuales fue en Plaza de Mayo, frente a la
casa Rosada, dijeron basta a la prohibición de mostrar sus senos en lugares
públicas del vecino país. El 5 de febrero pasado, mujeres que tomaban sol en
topless en la playa de Necochea fueron reprimidas por la policía. Su airada
respuesta fue el estallido de una serie de protestas que al parecer no cesarán
fácilmente.
En ese país, recién en 1936 la ley permitió a los hombres mostrar su torso desnudo si ser multados o encarcelados. Antes de su campaña, Esco se había preguntado en una columna publicada en el Huffington Post por qué solo para las mujeres era ilegal que expusieran sus pezones. El documental está basado en hechos reales de mujeres que han debido enfrentar a la policía a pesar de que en ese país la ley que prohíbe mostrar los senos fue despenalizada en 1992. “No es el pecho, sino más bien el pezón lo que realmente asusta a Facebook, Instagram y otras redes sociales que prohibieron mostrar la película”, señaló Lina Esco.
No se trata de un tema trivial. Hay mucho mar de fondo involucrado si es que plataformas tan masivas como Facebook permiten mostrar imágenes de brutal violencia y descarnado racismo pero prohíben la exposición, aunque sea milimétrica, de los pezones femeninos. Como reclama Lina Esco: “En estas redes se pueden publicar videos de mutilación a personas, pero no de pezones porque es demasiado obsceno para sus estándares”.
El mar de fondo del que hablamos apunta a una sociedad que se escandaliza con el pezón femenino (porque se trata del pezón, no del seno ya que si aquel está tapado aunque sea con una diminuta estrellita, absurdamente se nos hace creer que ya no es un seno; el pezón es “eje del mal”) pero que ni siquiera se le ocurre censurar otro tipo de imágenes que si se podrían calificar como devastadoras. Como las de los videojuegos para niños, donde la sangre salta hasta fuera de la pantalla. O las de violencia política, maltrato infantil, maltrato animal, entre una inmensa variedad de agresiones, emitidas por la televisión abierta, el cable o las redes. En la TV, una “pechuga” de más puede lanzar a un programa de calidad al horario de trasnoche. No así con la decapitación de un rehén del ISI o violentas riñas callejeras entre narcotraficantes en las calles del Chile profundo, que se exhiben muchas veces sin ningún pudor.
Como señala un bloguero, este doble standard nos presiona a pensar que “el cuerpo humano es algo sucio y pecaminoso y no algo asombroso que ha tomado millones de años crear”.
El mar de fondo más profundo también apunta a la nefasta herencia de las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Según señala Rubén Monasterios en su artículo “Senos y civilización”, “sus jerarcas doctrinarios se sintieron perturbados por el cuerpo de la mujer y, con disímil rigor, ordenaron taparlo”. Agrega que, los tres credos “coincidieron en que hay partes del cuerpo humano cuya exhibición es indecente”. Como los pezones, el pene o las nalgas.
La iglesia
católica –que nos marcó la vida en occidente- separa cuerpo y alma y pone al
primero casi como una maldición, una cruz
llena de oscuros deseos, lujurias y pasiones que debemos cargar.
Mientras hay sociedades tribales que exhiben su desnudez libremente, sin ningún
sentimiento de pecado, nuestra sociedad destaca lo pecaminosas y censurables que
son las “partes pudendas”. Obviamente, la connotación erótica de los senos es
cultural y no biológica. Señala Monasterio que “los pechos de las
mujeres de los pueblos existentes todavía al margen de la civilización moderna,
casi invariablemente al descubierto, no representan fetiches eróticos para los
varones”.
Uno
de los argumentos de la censura en este ámbito es que se busca proteger los niños, no “exponiéndolos” a pechos
desnudos. Como si esa parte del cuerpo representaran una agresión y no, en el
caso de los senos, el lugar donde los seres humanos se alimentan desde que
nacen.
Como
dice otro bloguero, “esos mismos no 'protegen', sin embargo, a los niños del
hambre, la violencia, o la religión, que son las que más muertes han causado en
la historia de la humanidad”.
En
este contexto, cobran mucho sentido las palabras de John Lennon: “Matamos a
plena luz del día pero nos escondemos para hacer el amor”.
En
Chile tenemos un atenuante. En julio de 2002, más de cuatro mil santiaguinos
desafiaron el gélido frio invernal para posar frente a un fotógrafo extranjero
tal como Dios los echó al mundo. Claro que esa mañana debe haber estado
operando el diablo para liberar tan masivamente penes y pezones…



