miércoles, 27 de abril de 2016

¿SOMOS LOS CHILENOS BUENOS PARA LA CAMA?



Para responder a la pregunta, necesariamente tendríamos que respondernos antes otra interrogante: ¿Qué es ser bueno para la cama?

¿Cuántas mujeres no hemos escuchado la pregunta de parte de una amiga o cuantos hombres no se la han hecho a un  amigo: “¿Y cómo era para la cama?” Imagino que muchos menos han entregado el veredicto  a quien correspondía: el partner sexual.


Porque en Chile, este asunto es como muchos otros temas que se susurran pero no se hablan. De pronto, si a una mujer la califican de buena para la cama, pueden estar insultándola o endiosándola, de acuerdo al cristal moral con que se mire pero es más común que la frase sea percibida como estigmatizante (algo que, según mujeres jóvenes con las que conversé, está cambiando, pero que no lo hará “mientras existan hombres maricones que se dedican a hablar de sus conquistas y en forma peyorativa de las mujeres”, según me señaló una de ellas). Por otro lado, si a un hombre lo califican de “malo para la cama”, lo pueden estar lapidando por siempre sin pensar que el sexo es como la vida, en perpetuo cambio y crecimiento. Y quién hoy es “malo para la cama” mañana puede ser sensacional con otra pareja y en otra circunstancia.

Hay mucho de mito en la aseveración. Y mucho de ignorancia. Y mala leche. Porque a veces se puede usar el calificativo para fines espurios. Como en la venganza por despecho o envidia. Tengo la sensación que nadie tiene muy claro que es ser “bueno para la cama”, quizás porque no somos tan buenos para la cama…

Según mis entrevistados, “se es bueno para la cama cuando ambos lo pasan bien”,  es decir cuando “vas al sexo con la disposición de satisfacerse ambos, dure dos minutos o dos horas el encuentro”, o “cuando ves el acto como un partido de dobles y no de singles”.

Coincido con mis entrevistados y entiendo por la frase, entre otras cosas, la permanente disposición a tener sexo y a disfrutarlo. Y aquí los chilenos ya empezamos a estar en falta porque, como dice la psicóloga clínica Mirentxu Busto, en nuestro país “con la llegada de los hijos, se acabaron los besos apasionados, los agarrones, los sonidos; como si eso les fuera a hacer mal a los niños”. Esta experta en relaciones de pareja  piensa que  la familia chilena “es lo más desexualizado del planeta” donde el hogar, mas que un lugar que también debe ser lúdico, es una especie de “templo”.


La anterior reflexión nos lleva a aterrizar en otro tema-problema: la frecuencia en las relaciones sexuales. El sexo, que es tan vital para la salud física y mental, se podría practicar en forma cotidiana y sin embargo, se ha aceptado como media en los matrimonios de mediana data, 2 a 3 veces a la semana. Y a veces menos. Si se tuviera sexo 3 veces a la semana, serían 12 días en el mes de un total de 30. Menos del 50%  para una actividad que solo nos aporta bienestar porque, como dicen quienes han medidos sus efectos, “un coito apasionado activa el riego sanguíneo con un efecto reparador, arrincona los miedos, y actúa a través de la avalancha hormonal de forma relajante a través del cuerpo, mientras la oxitocina nos hace sentir seguros y unidos a nuestra pareja”.

La psicóloga Busto cree que la pérdida de la frecuencia se sustenta en la idea que “lo único que debe ser espontáneo es la sexualidad, pero resulta que es como todo en la vida”. Entonces, ser bueno para la cama también sería entender que “el juego surge en el juego”, como en la dinámica de los niños. Puede que ni hayamos pensado en que hoy jugaríamos a la escondida pero, empezamos a escondernos y empezó el disfrute. Ocurre lo mismo con el sexo, que es una necesidad del ser humano pero no se comporta de manera instintiva como otras necesidades físicas. Si no dormimos, morimos. Si no tenemos sexo, seguimos viviendo, tal vez con un nivel hormonal reducido y una menor calidad del esperma, pero sin consecuencias dramáticas.

Por eso, para tener sexo hay que abrirse al juego y estimularse. Como dice Esteban Cañamares, psicólogo y autor del libro “¿Cómo piensan los hombres?”, "el sexo no es una obligación, no te fuerces a tener relaciones; pero tampoco esperes a que el deseo te sorprenda, búscalo: sal de cuando en cuando del lugar de confort, busca cosas nuevas, y quita las minas del terreno erótico". Más aún si tenemos en cuenta que hay un mecanismo fisiológico que explica que si dejamos de tener sexo, dejamos de necesitarlo.


El investigador canadiense B. Fisher descubrió que el deseo sexual y la frecuencia en el coito están directamente relacionados. Es la llamada  Ley de Fisher. Por ejemplo, si una persona tiene sexo dos veces a la semana, cuando disminuya la frecuencia, sentirá un deseo sexual intenso. Pero, si no retoma las relaciones sexuales por un periodo prolongado, el deseo disminuirá y puede llegar hasta desaparecer. La ley Fisher tiene también su lado B: mientras mas sexo tenemos, más sexo queremos. La antropóloga Helen Fisher lo puso en forma gráfica: “El sexo es como el chocolate, cuanto más se tiene, más se quiere”.

Ser bueno para la cama, creo, es también dejar las inhibiciones y las culpas donde corresponde: en el cajón de las cosas a botar por feas e inservibles. Algo que rige para ambos en la pareja. El hombre tiene que dejar de dividir a las mujeres en “mi madre, mi hermana, mi esposa  y las otras” y disfrutar el sexo con su mujer como si fuera de “las otras”. Y la mujer debe adquirir la certeza que al hombre le encanta no solo que lo acompañe en sus fantasías sino que le abra la mente a otras tantas de su cosecha. Muchos hombres señalan que “mala para la cama” es la mujer que pone trabas y se niega a experimentar en el dormitorio o que parece tener sexo por obligación. Muchas mujeres dicen que malo para la cama es el hombre que no indaga lo que te gusta y por ende, no tiene claro como excitarte ni parece preocupado de tus ritmos.

Ser bueno para la cama es aceptar que hay diferencias fisiológicas y especialmente culturales entre hombres y mujeres, por lo que hay que saber negociar el punto medio. Por ejemplo, las conductas y caricias previas donde –si es por preferencias-, no hay mucho acuerdo. En palabras de la escritora Isabel Allende, “para las mujeres el mejor afrodisíaco son las palabras, el punto G está en los oídos y el que busque más abajo está perdiendo el tiempo”. Y no se trata de las cosas que la mujer desee escuchar durante los preámbulos (que ojala tengan que ver con amor) sino mucho antes. Una frase dicha al desayuno, un whatsapp romántico al mediodía, un gesto tierno y excitante al llegar del trabajo. La psicóloga chilena Marianne Leyton Lemp argumenta que las mujeres funcionan en relación a procesos y los hombres, a objetivos. “Por esto, para ella son tan importantes los gestos, las atenciones y la manera cómo su pareja la trata”. Si últimamente la pareja no la ha hecho sentir querida, valorada o deseada, rechazará el sexo. En el hombre, en cambio, la capacidad de excitación está ligada a lo que pasa en el momento del encuentro sexual, “por ello, será capaz de seguir hacia su objetivo, que es el logro del placer y el orgasmo”, precisa Leyon.


Un estudio sobre Conductas y preferencias sexuales de los chilenos realizado el año 2013 por Fernando Maureira, Crystian Sánchez, Ekatherine Stapf y Yessenia Maureira detectó también diferencias a la hora de las caricias previas. Allí un 29,5% de 100  mujeres encuestadas dijo preferir los “besos en la boca” mientras un 51,4% de los hombres dijo disfrutar más la “estimulación oral de los genitales” y solo un 16% del sexo masculino coincidió con la preferencia femenina. Pareciera que los hombres no mueren por los besos en la boca, algo que obedecería a que su cerebro se rige por patrones algo distintos cuando se trata de la conducta sexual. Como señala la psicóloga argentina y especialista en sexología clínica Elda Bartolucci, “la mujer necesita más del amor o del sentimiento afectivo que el varón para poder excitarse sexualmente” y que sería a través del romance y las manifestaciones de amor de su pareja que la mujer “baja sus barreras de pudor y entra en clima para excitarse y expresarse sexualmente”. Por el contrario, precisa que “el hombre entra al encuentro pensando en el sexo, llega al sexo y a través del ese sexo se va ‘ablandando’ afectivamente”.

Ser bueno para la cama también implicaría aceptar que el sexo se aprende y se entrena. Lo que conlleva una inmensa cuota de comunicación, algo que es más necesario aún si se está iniciando una relación porque así como nadie sabe cómo funciona una lavadora nueva si no lee el manual, tampoco puede saber cuáles son las preferencias del nuevo compañero sexual. La psicóloga estadounidense Leonore Tiefer precisa: “El sexo no es la cosa más natural del mundo, sino una materia que necesita práctica y un aprendizaje continuo. Es como tocar el piano. Para ser bueno, es necesario un período de entrenamiento”.

Ser bueno para la cama también requiere concentración, relajación  y mucho humor. Hay que reírse mucho de ambos y entre ambos. Es probable que en algún momento, les pase un chascarro y lo más sano es tomárselo con humor. Además, como se sabe, reírse pone en tensión los músculos de la vagina, lo que también es placentero para el compañero sexual. También es importante no distraerse, dejarse llevar, estar de lleno entregado a lo que se está viviendo, y no pensar en lo que está ocurriendo. “Meter la cabeza” es fatal, como lo saben mucho mejor las mujeres. Estar pensando en que los hijos o los vecinos van a escuchar, mata cualquier desarrollo de la pasión. Helen Fisher asegura que en los pueblos primitivos, “los factores perturbadores están más limitados, por eso en las comunidades tradicionales, los adultos más jóvenes practican el sexo a diario. Sencillamente tienen más tiempo”.


En definitiva, al tenor de todo lo dicho, ¿cree usted que podríamos responder que los chilenos y las chilenas somos “buenos para la cama”? Algunos de mis entrevistados se mostraron escépticos. “Los chilenos en pijama somos la raja. Los problemas empiezan cuando tenemos que sacarnos el pijama. Para hablar  y pavonearnos, somos buenos”, dice un publicista de 45 años, casado, quien agrega que “las estadísticas y la cantidad de sexólogos dando vueltas nos hablan de que hay problemas y serios”.

Por Patricia Collyer, psicóloga y periodista U. de Chile.
Twitter: @patycollyer
Blog: patriciacollyer.blogspot.cl

martes, 26 de abril de 2016

CRISIS DE PAREJAS: LA COMEZON DEL MATRIMONIO



Uno se pasa aproximadamente el 70% de la vida en pareja si se piensa que, en promedio, la gente se casa a los 25 y que, hoy en día, la vida dura unos 85 años. Ese es el LARGUÍSIMO periodo en que uno está expuesto no solo al amor y la felicidad sino a las potenciales crisis que una relación amorosa conllevan. Así de crudo. Así de simple. No podría ser de otra manera si pensamos que la vida es perpetuo cambio y movimiento y que, en ese trajín, la existencia siempre nos depara sorpresas y sobresaltos.  De otro modo, seríamos como agua estancada. Las crisis nos aseguran el movimiento del agua, el cambio, para bien o para mal.


Es bello y es riesgoso vivir. Y amar. Especialmente amar, porque allí ya somos dos en un baile muy apretado, que puede asfixiarnos o llevarnos a la gloria. De a dos es más difícil. Pensemos esos juegos de pequeños en que nos amarrábamos los pies y debíamos caminar juntos… Es mucho más fácil caminar ¡y correr! si lo hacemos sin amarras. El punto es que lo que ansía el ser humano es perpetuarse a través del amor, uniéndose una y otra vez (si es necesario) a una pareja “hasta que la muerte los separe”. Y allí entra el problema. Porque la vida de a dos no es fácil. Puede ser sublime  pero que hay que saltar charcos, fosos o muritos. Más tarde o más temprano.

La antropóloga norteamericana Helen Fisher marcó un hito al estudiar el amor en el ser humano y concluir que el sustrato de éste era un cóctel  bioquímico que hacía efecto por alrededor de cuatro años, el tiempo suficiente para criar en pareja a la prole humana. De allí, dijo, la razón de porque muchos matrimonios concluían al acercarse a sus 36 meses de vida. Es cierto, es una de las etapas en las que se producen crisis serias porque se acaba la pasión y hay que construir el vínculo, el apego, el amor romántico y calmo.


A la escasez de la química, en todo caso, la acompañan otros factores. Y éstos explican por qué hay muchas crisis, incluso al año de vida de pareja y, más comúnmente, a los tres años, es decir cuando se nos cae la venda y vemos a nuestro enamorado con su carita de príncipe pero también con sus ojitos de sapo. Cuando nos damos cuenta que las gigantescas expectativas respecto del matrimonio eran irreales. Algo que, en todo caso, puede ser una fructífera forma de aprender y de crecer, en forma individual y en pareja, si logramos compartir esos sinsabores y sacar provecho de ese diálogo. Como lo expresa el psicólogo catalán Carles Panadès, “lo peligroso y lo duro de una crisis es que los recursos, las defensas, las estrategias, las capacidades, las conductas, las visiones puestas en juego hasta el momento y que resultaban útiles ya no sirven como antes…”.

Las crisis de parejas están rotundamente relacionadas con periodos claves de la vida. Cuando nos casamos estamos iniciando la transición entre la adolescencia y la edad adulta y, como si eso fuera poco, le sumamos el vivirlo con una persona que viene de otro mundo, que no es nuestra familia, que trae hábitos, costumbres y experiencias distintas y con la cual tenemos que arrendar una casa, compartir los gastos, ocuparnos de las labores domésticas, entre otras tareítas. “Cuando te casas, un fantasma viene a tu casa. Durante el primer mes nos sentíamos raros, no como antes... Menos mal que nos duró un mes”, recuerda una mujer sobre su época de recién casada. No es extraño que al año de matrimonio, muchas veces nos sintamos asustados y enojados, sumidos en una de las primeras crisis de pareja. Nos dan ganas de volver atrás, a la casa de los padres o al cómodo departamento de solteros. Es por ello una etapa en la que es de vital importancia dialogar y negociar en forma adecuada los desacuerdos y conflictos. Para intentar sortear de mejor forma las próximas crisis.


Pero esto último no es fácil. Cuando hemos hecho acopio de tolerancia y comunicación, repitiéndonos que la vida es desafío y movimiento eterno, logramos salir de la crisis. Pero entonces nos embarcamos en traer hijos a este mundo. Y, por lo general, al tener nuestra primera guagua, caemos de lleno en la crisis de los tres años, donde nuestro adorado heredero nos quita tiempo para el sexo, para el sueño, para la diversión, y nos hace tomar conciencia que los bebes son más caros de los que suponíamos y que exigen mucho más de lo que pensamos, tanto en lo físico como lo emocional, obligando, entre otras cosas, al hombre y la mujer a convertirse en un padre y una madre.

Esta nueva crisis amaina porque nuevamente recurrimos a la tolerancia, la comunicación y a la mayor sabiduría que nos va dando la suma de años en nuestro calendario. Pero cuando ya hemos matriculado al último niño en el colegio, estallan las cosas no resueltas y no dichas, que han estado cobrando fuerza en forma subterránea. Y llega la “comezón del séptimo año”. La famosa crisis que hasta dio pie a una película de Marilyn Monroe. Ya tenemos casi 35 años y nos hemos pasado buena parte del matrimonio poniendo en primer lugar a nuestros hijos, especialmente si somos la parte femenina en la sociedad conyugal. Hemos corrido de la pega a las reuniones de apoderados, a la tienda a comprar el disfraz y los útiles escolares, al control médico, al fonoaudiólogo y al cumpleaños infantil. Entretanto, hemos dejado de lado la idea de ese magister con el que soñamos y del cambio de pega que ansiamos porque no se pueden correr riesgos económicos en estos tiempos…


Nuestra pareja ha sufrido quizás menos el embate de este periodo álgido, donde ya llevamos siete años casados. O tal vez 10. Porque la comezón empieza a insinuarse a los siete años pero a veces hace crisis después. Y este sobresalto sí que es fuerte.

Es una de las crisis peligrosas porque hay mucha más energía sísmica acumulada. En este momento pueden darse los brotes de infidelidad. De lado y lado. Hay ganas de refrescar el paisaje y la mente. Y a veces se piensa que una canita al aire no le hace mal a nadie. Como señala la bloguera Viki Morandeira, “debemos tener en claro que una infidelidad es una señal de alarma para nuestra relación; nos avisa que algo va mal, que hay una rendija en nuestra casa, una puerta que se quedó abierta y por la que se escaparon los sentimientos que al principio eran más fuertes y que con el paso del tiempo fueron apagándose. Es una señal que nos indica que nos falta comunicación, intimidad, seguridad en el otro, algo falla y es necesario remediarlo”.  

Este real tsunami afectivo generalmente no se vive en forma discreta, de modo que a la crisis se suma otra carga: el manejo de una infidelidad. Porque esto también requiere de sabiduría. No se trata de que haya que matar o morir, como creen algunos seres primitivos que terminan apareciendo en la crónica roja. Se trata de abrirse al diálogo más que nunca. Y aceptar que la pareja no son dos medias naranjas sino que cada persona es una naranja entera. Una naranja que además no es monógama por especie, razón por la cual está dentro de las posibilidades que sienta que otra persona pueda atraerle o hacerle pensar que llenará más sus expectativas. Más adelante, la vida nos enseñará que no hay que ir por el prado vecino porque este siempre parecerá más verde que el propio, aunque nunca lo sea... También nos enseñará que nadie en la vida puede llenar TODAS nuestras expectativas. Y que lo más probable que lo que nos ha estado faltando está en nosotros y aun no nos hemos dado cuenta o no lo hemos descubierto.


Cuando logramos salir de esta gran crisis incólumes –o al menos, sin secuelas graves- nos volvemos a topar con otros de los grandes baches de la pareja: la crisis de la mediana edad. La llegada a los 50 años  nos encuentra cuando ya llevamos 25-30 años casados y nuestros hijos  ya partieron, solos o acompañados, a hacer su vida. Empieza el síndrome del “nido vacío” y poco después el del miedo a la vejez y el fin de la vida laboral, la crisis del jubilado, cuando te estorba un marido todo el día metido en la casa. Esta crisis puede tener también como ingrediente la inseguridad por la pérdida de la juventud y del atractivo físico, lo que puede llevar a los miembros de la pareja a buscar compensación en personas más jóvenes, o a querer demostrar que aún tienen las hormonas suficientes para atraer al sexo opuesto.

Si hemos volcado todas (o casi todas) nuestras energías y municiones amorosas y económicas en los hijos y la familia, o nos hemos inyectado en forma cotidiana sobredosis de trabajo y stress, es probable que el nido vacío nos lleve a sentir que vivimos en una casa, ya no un hogar, con un desconocido.  Sin embargo, cuando las parejas han sido capaces de resolver conflictos y crisis en las etapas anteriores, las cosas son más fáciles. Influye en la superación de esta última crisis el tomar conciencia que en esta etapa de la vida lo que necesitamos es el cariño y el apoyo de nuestra pareja. Felizmente, es lo que generalmente ocurre ya que los matrimonios que han logrado arribar a esta fase, han logrado la estabilidad que da haber aprendido cómo negociar los espacios de poder y haber logrado confianza e intimidad.

En suma, es claro que las crisis son parte de la pareja, aunque nos generen angustia, miedos y ganas de tirar todo al tacho. Cuando soñamos compartir nuestras escobillas de dientes y al cabo de un corto tiempo de convivencia, vemos la toalla mojada siempre tirada en la cama o el WC chorreado, entramos en crisis. Cuando la mujer solo tiene ojos para la guagua y el marido busca evadirse con los amigos y el trago, hay una crisis. Cuando un día nos damos cuenta que parece que ya no estamos enamorados de nuestra pareja, estamos en crisis.


El antídoto para estas picazones es tener claro que las crisis son altos en el camino que, al superarlas, nos permitirán vivir mejor. Para ello, debemos recordar que el matrimonio no es un estado sino un proceso, como la vida, donde hay que compartir lo que estamos sintiendo para darnos cuenta que muchas cosas nos pasan a los dos y que para cortar las crisis de raíz, solo se puede actuar de a dos, con suma paciencia y perseverancia.