Uno se pasa
aproximadamente el 70% de la vida en pareja si se piensa que, en promedio, la
gente se casa a los 25 y que, hoy en día, la vida dura unos 85 años. Ese es el LARGUÍSIMO
periodo en que uno está expuesto no solo al amor y la felicidad sino a las
potenciales crisis que una relación amorosa conllevan. Así de crudo. Así de
simple. No podría ser de otra manera si pensamos que la vida es perpetuo cambio
y movimiento y que, en ese trajín, la existencia siempre nos depara sorpresas y
sobresaltos. De otro modo, seríamos como
agua estancada. Las crisis nos aseguran el movimiento del agua, el cambio, para
bien o para mal.
Es bello y es
riesgoso vivir. Y amar. Especialmente amar, porque allí ya somos dos en un
baile muy apretado, que puede asfixiarnos o llevarnos a la gloria. De a dos es
más difícil. Pensemos esos juegos de pequeños en que nos amarrábamos los pies y
debíamos caminar juntos… Es mucho más fácil caminar ¡y correr! si lo hacemos sin
amarras. El punto es que lo que ansía el ser humano es perpetuarse a través del
amor, uniéndose una y otra vez (si es necesario) a una pareja “hasta que la
muerte los separe”. Y allí entra el problema. Porque la vida de a dos no es
fácil. Puede ser sublime pero que hay
que saltar charcos, fosos o muritos. Más tarde o más temprano.
La
antropóloga norteamericana Helen Fisher marcó un hito al estudiar el amor en el
ser humano y concluir que el sustrato de éste era un cóctel bioquímico que hacía efecto por alrededor de
cuatro años, el tiempo suficiente para criar en pareja a la prole humana. De
allí, dijo, la razón de porque muchos matrimonios concluían al acercarse a sus
36 meses de vida. Es cierto, es una de las etapas en las que se producen crisis
serias porque se acaba la pasión y hay que construir el vínculo, el apego, el
amor romántico y calmo.
A la escasez de la química, en todo caso, la acompañan otros
factores. Y éstos explican por qué hay muchas crisis, incluso al año de vida de
pareja y, más comúnmente, a los tres años, es decir cuando se nos cae la venda
y vemos a nuestro enamorado con su carita de príncipe pero también con sus
ojitos de sapo. Cuando nos damos cuenta que las gigantescas expectativas respecto
del matrimonio eran irreales. Algo que, en todo caso, puede ser una fructífera
forma de aprender y de crecer, en forma individual y en pareja, si logramos compartir
esos sinsabores y sacar provecho de ese diálogo. Como lo expresa el psicólogo
catalán Carles Panadès, “lo peligroso y lo duro de una crisis es que los
recursos, las defensas, las estrategias, las capacidades, las conductas, las
visiones puestas en juego hasta el momento y que resultaban útiles ya no sirven
como antes…”.
Las crisis
de parejas están rotundamente relacionadas con periodos claves de la vida.
Cuando nos casamos estamos iniciando la transición entre la adolescencia y la edad
adulta y, como si eso fuera poco, le sumamos el vivirlo con una persona que
viene de otro mundo, que no es nuestra familia, que trae hábitos, costumbres y
experiencias distintas y con la cual tenemos que arrendar una casa, compartir
los gastos, ocuparnos de las labores domésticas, entre otras tareítas. “Cuando
te casas, un fantasma viene a tu casa. Durante el primer mes nos sentíamos
raros, no como antes... Menos mal que nos duró un mes”, recuerda una mujer sobre
su época de recién casada. No es extraño que al año de matrimonio, muchas veces
nos sintamos asustados y enojados, sumidos en una de las primeras crisis de
pareja. Nos dan ganas de volver atrás, a la casa de los padres o al cómodo
departamento de solteros. Es por ello una etapa en la que es de vital importancia
dialogar y negociar en forma adecuada los desacuerdos y conflictos. Para intentar
sortear de mejor forma las próximas crisis.
Pero esto
último no es fácil. Cuando hemos hecho acopio de tolerancia y comunicación, repitiéndonos
que la vida es desafío y movimiento eterno, logramos salir de la crisis. Pero
entonces nos embarcamos en traer hijos a este mundo. Y, por lo general, al
tener nuestra primera guagua, caemos de lleno en la crisis de los tres años,
donde nuestro adorado heredero nos quita tiempo para el sexo, para el sueño,
para la diversión, y nos hace tomar conciencia que los bebes son más caros de
los que suponíamos y que exigen mucho más de lo que pensamos, tanto en lo
físico como lo emocional, obligando, entre otras cosas, al hombre y la mujer a
convertirse en un padre y una madre.
Esta nueva crisis
amaina porque nuevamente recurrimos a la tolerancia, la comunicación y a la mayor
sabiduría que nos va dando la suma de años en nuestro calendario. Pero cuando
ya hemos matriculado al último niño en el colegio, estallan las cosas no
resueltas y no dichas, que han estado cobrando fuerza en forma subterránea. Y
llega la “comezón del séptimo año”. La famosa crisis que hasta dio pie a una
película de Marilyn Monroe. Ya tenemos casi 35 años y nos hemos pasado buena
parte del matrimonio poniendo en primer lugar a nuestros hijos, especialmente
si somos la parte femenina en la sociedad conyugal. Hemos corrido de la pega a
las reuniones de apoderados, a la tienda a comprar el disfraz y los útiles
escolares, al control médico, al fonoaudiólogo y al cumpleaños infantil.
Entretanto, hemos dejado de lado la idea de ese magister con el que soñamos y
del cambio de pega que ansiamos porque no se pueden correr riesgos económicos
en estos tiempos…
Nuestra
pareja ha sufrido quizás menos el embate de este periodo álgido, donde ya
llevamos siete años casados. O tal vez 10. Porque la comezón empieza a insinuarse
a los siete años pero a veces hace crisis después. Y este sobresalto sí que es
fuerte.
Es una de
las crisis peligrosas porque hay mucha más energía sísmica acumulada. En este
momento pueden darse los brotes de infidelidad. De lado y lado. Hay ganas de
refrescar el paisaje y la mente. Y a veces se piensa que una canita al aire no
le hace mal a nadie. Como señala la bloguera Viki Morandeira, “debemos tener en
claro que una infidelidad es una señal de alarma para nuestra relación; nos
avisa que algo va mal, que hay una rendija en nuestra casa, una puerta que se
quedó abierta y por la que se escaparon los sentimientos que al principio eran
más fuertes y que con el paso del tiempo fueron apagándose. Es una señal que
nos indica que nos falta comunicación, intimidad, seguridad en el otro, algo
falla y es necesario remediarlo”.
Este real tsunami afectivo generalmente no se vive en forma discreta, de modo que a la crisis
se suma otra carga: el manejo de una infidelidad. Porque esto también requiere
de sabiduría. No se trata de que haya que matar o morir, como creen algunos
seres primitivos que terminan apareciendo en la crónica roja. Se trata de
abrirse al diálogo más que nunca. Y aceptar que la pareja no son dos medias
naranjas sino que cada persona es una naranja entera. Una naranja que además no
es monógama por especie, razón por la cual está dentro de las posibilidades que
sienta que otra persona pueda atraerle o hacerle pensar que llenará más sus expectativas.
Más adelante, la vida nos enseñará que no hay que ir por el prado vecino porque
este siempre parecerá más verde que el propio, aunque nunca lo sea... También nos
enseñará que nadie en la vida puede llenar TODAS nuestras expectativas. Y que
lo más probable que lo que nos ha estado faltando está en nosotros y aun no nos
hemos dado cuenta o no lo hemos descubierto.
Cuando
logramos salir de esta gran crisis incólumes –o al menos, sin secuelas graves-
nos volvemos a topar con otros de los grandes baches de la pareja: la crisis de
la mediana edad. La llegada a los 50 años
nos encuentra cuando ya llevamos 25-30 años casados y nuestros hijos ya partieron, solos o acompañados, a hacer su
vida. Empieza el síndrome del “nido vacío” y poco después el del miedo a la
vejez y el fin de la vida laboral, la crisis del jubilado, cuando te estorba un
marido todo el día metido en la casa. Esta crisis puede tener también como
ingrediente la inseguridad por la pérdida de la juventud y del atractivo
físico, lo que puede llevar a los miembros de la pareja a buscar compensación
en personas más jóvenes, o a querer demostrar que aún tienen las hormonas
suficientes para atraer al sexo opuesto.
Si hemos
volcado todas (o casi todas) nuestras energías y municiones amorosas y
económicas en los hijos y la familia, o nos hemos inyectado en forma cotidiana
sobredosis de trabajo y stress, es probable que el nido vacío nos lleve a
sentir que vivimos en una casa, ya no un hogar, con un desconocido. Sin embargo, cuando las parejas han sido
capaces de resolver conflictos y crisis en las etapas anteriores, las cosas son
más fáciles. Influye en la superación de esta última crisis el tomar conciencia
que en esta etapa de la vida lo que necesitamos es el cariño y el apoyo de
nuestra pareja. Felizmente, es lo que generalmente ocurre ya que los matrimonios
que han logrado arribar a esta fase, han logrado la estabilidad que da haber aprendido
cómo negociar los espacios de poder y haber logrado confianza e intimidad.
En suma, es
claro que las crisis son parte de la pareja, aunque nos generen angustia,
miedos y ganas de tirar todo al tacho. Cuando soñamos compartir nuestras
escobillas de dientes y al cabo de un corto tiempo de convivencia, vemos la
toalla mojada siempre tirada en la cama o el WC chorreado, entramos en crisis.
Cuando la mujer solo tiene ojos para la guagua y el marido busca evadirse con
los amigos y el trago, hay una crisis. Cuando un día nos damos cuenta que
parece que ya no estamos enamorados de nuestra pareja, estamos en crisis.
El antídoto
para estas picazones es tener claro que las crisis son altos en el camino que,
al superarlas, nos permitirán vivir mejor. Para ello, debemos recordar que el
matrimonio no es un estado sino un proceso, como la vida, donde hay que compartir
lo que estamos sintiendo para darnos cuenta que muchas cosas nos pasan a los
dos y que para cortar las crisis de raíz, solo se puede actuar de a dos, con
suma paciencia y perseverancia.






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