lunes, 17 de marzo de 2014

¿HASTA QUE LA MUERTE (O LA INFIDELIDAD) NOS SEPARE?



Cada día es más claro que la fidelidad no es fácil. No es de extrañar si se piensa que para nuestros padres o abuelos, el juramento de fidelidad "para toda la vida" significaba, en la práctica, unos 20 o 30 años juntos porque el promedio de vida era mucho menor. Hoy en día, cuando la esperanza de vida es de alrededor de 87 años para las mujeres y 83 para los hombres, el "para toda la vida" puede significar vivir casados 50, 60 o 70 años... ¿No es un destino angustiante para alguien que tiene una mala relación conyugal o que no ha logrado nunca ser feliz en su vida de pareja?



El cruce del umbral hacia la infidelidad se produce muy frecuentemente porque se rompe una expectativa muy común: que la pareja muestre una comprensión cercana a la incondicionalidad. No solo se espera eso. También se aspira a que la pareja engañada no se sienta herida, engañada o agredida psicológica y espiritualmente. Expectativa que surge no porque el infiel sea un cínico, incapaz de darse cuenta del sufrimiento de su pareja (o, por el contrario, porque el gorreado sea un melodramático). Más bien aparece porque ambos tienen razón, ya que están hablando desde su propio sentimiento: el engañado sufre y eso es normal y el infiel puede no haber tenido ninguna intención de agredir o poner en ridículo a su pareja. Incluso es posible que su atracción y respeto por ella no hayan disminuido en absoluto. Una relación extraconyugal, por más que afecte a la pareja, no necesariamente tiene que ver con ésta. Frecuentemente, pertenece al mundo íntimo de una persona.



Hay otras situaciones curiosas respecto de la infidelidad. Por ejemplo, en muchos casos, el infiel es perdonado más fácilmente si no llegó "a los hechos", es decir al sexo. Es similar a lo que ocurre en casi todos los países donde se acepta como causal de separación ante la ley y la Iglesia el que un matrimonio no se haya consumado. En el caso de la infidelidad, haber resistido la tentación, al parecer, anula el delito... Como sin sexo no hay matrimonio, sin sexo tampoco habría infidelidad... 



Respecto de las confesiones y las “reglas del juego”, parece claro que quienes son víctimas de un engaño amoroso quisieran saberlo "todo", desde el primer momento y, en lo posible, por boca de su pareja. Sin embargo, la mayoría de las parejas no tiene acuerdos explícitos. El tema más bien no se toca. Y si se hace, solo es para realizar declaraciones de principio como "si llega a ocurrir, quiero saberlo por ti". Sí hay parejas que hablan abiertamente el tema y acuerdan un "rayado de la cancha". Por ejemplo que "se contarán todo" o "no se contarán nada". Pero el otorgarse "permisos", aunque sean implícitos, no es una conducta frecuente. Sí lo es el tener acuerdos tácitos. El más frecuente es no contarse nada, mientras la evidencia no sea delatora. Eso sí, estos pactos van casi siempre acompañados del compromiso (también tácito) de no agobiarse mutuamente con sospechas de infidelidad.



Frente a este último punto, surge la pregunta: ¿Para la víctima de una infidelidad es bueno saberlo todo? En opinión de psiquiatras y psicólogos, es importante hablar abierta y claramente el tema, aunque duela y sea difícil hacerlo (no podría no serlo) y parezca que genera un abismo que no se volverá a cerrar. Es sano, ya sea para retomar un buen matrimonio o para hacer una "buena separación". Lo que no es saludable es querer saber todo (o contar todo) porque ello aleja las posibilidades de que la relación se recupere de la crisis. Incluso, puede derivar en graves patologías. Por ejemplo, esconderse en el clóset del dormitorio para espiar al cónyuge mientras tiene relaciones sexuales con su amante es un camino claramente destructivo. Como lo es querer conocer, en forma morbosa, los detalles.



En la infidelidad, como en toda acción humana que transgrede un pacto, una norma, una lealtad, hay agravantes y atenuantes. Estos varían en sentido e intensidad entre los distintos grupos de la sociedad. Son, sin embargo, bastante universales.



En Chile, por ejemplo, entre los atenuantes importantes se cuentan: estar bajo los efectos del alcohol (así como es agravante en un accidente de tránsito, en la infidelidad operaría al revés); estar obligado a viajar mucho; haber estado mucho tiempo separados; recibir la oferta "en bandeja"; no practicar sexo con la pareja debido a alguna enfermedad o malformación; tener un cónyuge con disfunciones (frigidez, impotencia, eyaculación precoz, etc.); sufrir la permanente ausencia del cónyuge; sufrir la completa indiferencia de la pareja respecto de la apariencia personal; tener un cónyuge mucho mayor.



Y entre las agravantes se contarían: ser infiel cuando ella está embarazada o durante el post-parto; serlo cuando se está muy bien como pareja; ser infiel con algún familiar o con un amigo o amiga de la pareja (es un agravante mayor mientras más cercano sea el amigo o amiga); permitir que la pareja sea la última en enterarse; preparar la ocasión en forma premeditada; ser infiel en la propia casa.



Otra cosa curiosa es que la infidelidad es que generalmente no aparece como motivo explícito de consulta (sí aparece luego, y con altísima frecuencia, durante la terapia). Y cuando llega a ocurrir que un infiel llega exponiendo directamente el tema, en realidad no busca ayuda para arreglar el matrimonio sino resolver problemas surgidos a partir de su infidelidad. Lo que busca, más bien, es curar desde severos stress, insomnios o alergias, hasta que el terapeuta le dé la tranquilidad para seguir inventando (y actuando) coartadas. O lo aconseje para llevar mejor la relación de pareja, manteniendo la infidelidad. Es decir, consulta porque no está siendo capaz de controlar solo la situación. En este contexto, una conducta bastante frecuente de parte de los hombres es pedir terapia para la amante porque supone que ella es la que está mal…



No hay duda que la infidelidad es un tema con más aristas y sorpresas de las que creemos conocer. Tampoco hay duda que para llegar a las nuevas metas de 60 o más años unidos “hasta que la muerte nos separe” hay que ser muy sabio, tolerante, creativo o paciente…



Julio 2013.

¿ES FACIL MANTENER VIVO EL AMOR?



Cada 14 de febrero se celebra con bombos y platillos el “Día de los Enamorados”, una costumbre foránea que ya se arraigó en nuestro país. Es bonito ese día. La televisión hace reportajes y muestra como las parejas disfrutan y celebran seguir amándose. Sin embargo, es válido preguntarse: ¿es fácil mantener vivo el amor?




Claramente, no lo es. Por ejemplo, la fidelidad es un trabajo de opción y compromiso casi cotidiano. Pero hay más, mucho más a  considerar, para construir y sostener un amor duradero.



Por ejemplo, el tener claro que la infidelidad no es la causa de una ruptura (sino, baste preguntar a las empresas de “seguimientos  matrimoniales”, las que informan que la víctima siempre perdona al victimario cuando se entera de la infidelidad y se da cuenta que sus sospechas  eran ciertas y no un tema de “paranoia” o locura…). Sí es causa de ruptura una relación conyugal gastada, de poca o mala comunicación, porque es ella la gatilla una infidelidad, transformándose ésta en la gota que rebasa el vaso. Y generalmente surge en ambos integrantes de la pareja. El conflicto es el que precede a la infidelidad. Incluso, muchas veces el infiel va dejando evidencias para que el asunto estalle de frentón.




Quienes utilizan, por ejemplo, los cientos de portales que ofrecen en Internet la posibilidad de ser infiel no están en el camino adecuado porque es muy difícil que una mala relación se arregle mediante una infidelidad. En lugar de gastarse los cerca $200.000 al mes en esa actividad sería mejor hacerlo en una terapia… Quienes buscan "ponerle sal y pimienta" al matrimonio con una infidelidad se arriesgan a algo peligroso: vivir el caos y el dolor que conlleva una relación extraconyugal.



Otro hecho que incide en construir un buen y duradero amor es no creerse el cuento de la “media naranja”. Es decir, no pensar, como es lo más masivo y frecuente al momento de casarse, que la pareja llenará todas nuestras necesidades de afecto, comprensión y comunicación. En la mayoría de los casos, esto es frustrado por la cotidiana realidad. Y ocurre no porque la pareja esté mal orientada o mal encauzada, sino porque es un error pretender que otra persona espontáneamente calce con la inmensa gama de necesidades y matices que uno tiene. Más erróneo es pretender que no existe una persona, diferente del cónyuge, que pueda calzar mejor con dicha gama…



Para seguir celebrando por muchos años el Día de los Enamorados, también es importante no ligar el vínculo amoroso al sentido de propiedad. Cuando lo hacemos y nos son infieles, vivimos el hecho como si nos hubieran robado el auto que teníamos sin seguro. Nos sentimos despojados, arrebatados de algo que nos "pertenecía" y nos sentimos culpables de haber despojado al otro "de nosotros mismos". Por el contrario, si somos infieles, nos negamos a aceptar que nuestro cónyuge haga lo mismo. Parte del sentimiento de hecatombe asociado a una infidelidad radica en este sentirnos "dueños" del cónyuge, lo que tiene su fundamento. El mensaje de la sociedad es que, al casarnos, adquirimos un bien que nos durará "para toda la vida", (incluso, socialmente se exige que así sea). Sin embargo, el amor no trae garantía...



También es importante no contaminarse con el bombardeo de mensajes contradictorios explícitos e implícitos del que somos objeto, ya sea en nuestro círculo cotidiano o a través de los medios de comunicación. Por un lado, se nos dice que "lo bueno" es ser fiel, sin embargo coexiste un mensaje implícito, opuesto: la infidelidad está en oferta y es bueno consumirla. Dejarse llevar por señales contradictorias como esas es dañino porque, además del sentimiento de culpa que genera transgredir una norma social o un valor, produce ambivalencia y angustia. Como señala el psicólogo Alfonso Luco, “el que valgan lo mismo dos sentimientos que debieran oponerse provoca conflictos severos. Y estos son más severos mientras más profesante se es de los valores que impone la sociedad”.




Por último, pero no menos importante de tener en cuenta en razón de la gran cantidad de infieles que detectan las estadísticas y del fuerte impacto psicológico que esta conducta tiene, es que nacemos infieles, que no somos monógamos por especie. Nuestra tendencia natural es a sentirnos atraídos afectiva y sexualmente por más de una persona en la vida, aun cuando tengamos una relación estable y satisfactoria. La pulsión sexual (excitación o cambio bioquímico que nos provoca otro ser humano) no solo es indiferenciada en cuanto al sexo de quien habrá de satisfacerla (lo que se define en la infancia), sino también respecto de si será satisfecha por una o varias personas a lo largo de nuestra vida.



Por ello, seamos sabios, no pidamos lo imposible, pactemos lo posible y trabajemos por ello. Y talvez así lleguemos hasta viejitos celebrando juntos amor el romántico “Día de San Valentín”…



Febrero 2013.

¿CUAN VERDE ES EL PRADO VECINO?



Imagino que entre las razones poderosas para ser infiel está el mayor o menor verdor de nuestro prado, comparado con el del lado. También imagino que cuando empezamos a mirar al prado vecino es porque estamos sintiendo que el nuestro se está poniendo, poco a poco, seco.




El problema es que hay algunos espejismos en este juego. Por un lado, ver el prado de al lado más verde. Por otro, creer que va a estar siempre verde. Cuando, obviamente, como nos lo dice la experiencia y la ciencia, poco después de saltar la cerca veremos que ya estamos mirando como saltar la siguiente, donde vemos otro césped que no parece aún más verde.



Si seguimos en esta lógica, nunca estaremos satisfechos. Más bien, siempre estaremos al borde de la infelicidad y la infidelidad. Lo que debemos aprender es la sabiduría, aquella que nos permite atisbar que la fidelidad (y la felicidad) es una opción, no una vocación con la que nacemos.



Nacemos marcados por nuestra condición fisiológica: no somos monógamos como los lobos, las orcas o los zorros (en el mundo animal, la monogamia se refiere a la relación de la pareja que mantiene un vínculo sexual exclusivo durante el período de reproducción y crianza) y la forma de perpetuar nuestra especie es apareándonos con amor. Es decir, enamorándonos por obra y gracia de hormas y neurotransmisores que gatillan una cadena de acciones voraces y devastadoras y de sentimientos embriagadores y maravillosos.  Que nos hacen ver nuestro prado como el más verde del barrio. Hasta el día que el enamoramiento cede lugar a un estado más calmo, menos excitante, donde la rutina empieza a parecernos un  container en la espalda.



Es el momento de la inflexión. El momento en que podemos o no hacer el camino al prado del vecino (o vecina). Generalmente, es lo que hacemos. Pero diría que, en este caso,  los hombres lo hacen con un practicismo que podría acercarse a la sabiduría. Los hombres no queman naves, no cortan amarras. Van a dar un paseo, tal vez intuyendo que en ese prado vecino la emoción (el enamoramiento) también desaparecerá muy pronto. Cuando se dice “es que los hombres no se separan por otra mujer”, se está hablando de una verdad muy frecuente. Y cuando el aserto es que “las mujeres se separan cuando se enamoran de otro hombre”, también se apunta a un hecho de la causa. El punto es: ¿cuál de los dos está más en lo correcto?



Si nos dejamos llevar por el romanticismo y por nuestra naturaleza (poligámica), las mujeres estaríamos más cerca de lo correcto, de la consecuencia. No por nada se dice que somos “más integradas”, y que los hombres se “disocian” muy fácilmente porque así se los enseña. Es verdad. Pero mirando hacia el camino de la felicidad, ¿no sería éste más fácil si entendiéramos que nuestra naturaleza siempre nos estará encaminando hacia las nuevas emociones, los prados más verdes, las escobas nuevas que barren mejor, los arrebatos del flechazo, el éxtasis de los “amores a primera vista”? Es obvio, es así como funcionamos, hormonal y químicamente. Pero de ello no queda rastro, literalmente, al poco tiempo.



De modo que, imagino, la bifurcación es esta: o seguimos con quien estamos y tratamos de “buscarle el lado” a la relación, o nos vamos con el hilo del arrebato, de la nueva relación amorosa que se nos presenta como el camino a la dicha.

Para jugarse por la primera opción creo que es imprescindible estar en una relación que nació con buen soporte. Es decir, que no fue justamente sólo producto del arrebato de la química. Tal vez por ello se ha descubierto que en sociedades donde los matrimonios son pactados por los padres hay mejor pronóstico de éxito: la pareja debe luchar por construir de inmediato el lazo, el vinculo (el amor). Algo lo que en las sociedades donde nos dejan elegir “libremente”, solo se nos hace patente al momento en que enamoramieno fisiológico declina. 



Jugarse por la segunda opción es mucho más entretenido, apasionante y romántico Pero generalmente, nos lleva a una trampa: buscar eternamente lo que nunca podremos encontrar. Porque si buscamos vivir siempre en estado de gracia, en la fase del amor ciego, con una pareja que nos calce al cien por ciento, estamos fregados. Para una mujer ello puede traducirse, solo a modo de ejemplo, en que él no se quede dormido después de tener sexo, que la escuche con empatía y no le de consejos cuando está bajoneada, que la acompañe a vitrinear en los viajes…Y para un hombre, en que ella, por ejemplo, lo acompañe mirando la tele cuando hay fútbol, que no le pida acompañarla a vitrinear en los viajes, que entienda que las juntas con los amigos son reales y no la excusa para orgasmos al paso, que no le pida conversar después del sexo, que no le diga “solo escúchame, no me des consejos”…



Es decir, todas peticiones casi imposibles de cumplir. En cualquier prado, serán imposibles de lograr. Aunque sea mucho más verde que el nuestro. De modo que, ¡a buscar los nutrientes y los guantes de jardinero para empezar a cuidar el pastito verde de nuestro prado! Quizás así logremos la dicha del microtus ochrogaste,  una especie del topo de pradera, que vive en norteamérica, el que representa un modelo de vida en pareja aunque no sea siempre fiel (no lo es, ya que en ocasiones tiene affairs) que presenta un comportamiento muy afectivo con su pareja y que forma uniones estables durante toda su vida, colaborando ambos en la cría de la prole…

Noviembre de 2012.

TARDE EN LA PAZ

(Cómo nombrarte ave de esas latitudes
planicie de estos recuerdos, noche oscura, silente...
Hoy te llamas ausencia, cántaro veraniego,
donde se anida el sol luego que ha migrado la lluvia...
Cómo estarán tus ojos en este tiempo de escarcha,
y cómo sonreiran tus manos y tu mirar de tierra,
crepúsculo, cóndor anochecido).












La quietud del altiplano continúa sin responderme.
El Otoño se adentra día a día más, entre mis caminos.
Y continúo llamándotecon el estrépito
de este frío nevado, con la paz suave
de este laberinto montañés...
Con este roquerío ensangrentado de pasado,
de sol, de tardes, de dura existencia.

De esas manos indias
Y de este jornal diario,
donde fallecen los sueños de aquel ser tostado
para dar ancho camino
a su noche sin fin.

Todo esto
eres tú
y los montes y los días,
y la vida en este lugar.
Un canto que llora
una risa que muere.
Una caña hueca
por donde silba la tristeza,
la melancolía inmensurable
de estas almas milenariamente
acalladas...
Unos ojos rasgados, mancillados,
ante la quietud del sol de la tarde, de cada día.
Testigos impasibles, impotentes
de un dolor gusto a sal, a piedra,
de un olor a resignación y casa pobre,
de una rebeldía
fermento de coca y alcohol...

Cómo no nombrarte
y enlazarte a este grito,
a esta tierra enlodada,
que también es tuya.
Cómo no has de estar unido
en mis ojos (en mi sentimiento)
a estas montañas, a esa miseria-calendario,
a estos roqueríos infinitos,
a esta mujer de mirada ausente
y de una tristeza oscura
trenzada en su cabello negro...
A esa ave pequeñita y risueña
que lleva creciendo a sus espaldas...
  
Cómo no hablarte de este hombre
tan oscuro como un lamento
tan arrugado como sus días.

De los surcos en su rostro agrietado
de su apacible agotamiento
de su desgarradora serenidad
de esa tormenta pasiva en su mirada.

Cómo no unirte a este mundo
a esta vida presente,
a este huracán cotidiano,
donde se mezclan
tu amor,
la miseria,
tu ausencia,
las calles,
tu vida,
estos seres,
mi vida,
sus vidas,
sus muertes.

La Paz, Bolivia, 25 de mayo de 1977.

viernes, 14 de marzo de 2014

MUJERES: EN EL SEXO, EL SEXO FUERTE



En el ámbito de la sexualidad, dos características que hacen distintas y únicas a las mujeres respecto de los hombres es contar con el clítoris, un órgano cuya única función es dar placer, y ser multiorgásmicas, es decir, tener un período refractario muy breve que les permite experimentar orgasmos consecutivos.  




El clítoris, a diferencia del pene, no tiene otro rol más que gatillar la pulsión sexual y brindar placer, siendo mucho más sensible que el órgano sexual masculino y que cualquier otro órgano humano. El clítoris se encuentra en la parte superior de la vagina, encima de la uretra y está recubierto parcialmente por los labios menores de la vulva. La parte visible –es decir, el capuchón y el glande–, constituye el 10% de su tamaño total. En promedio, el clítoris puede alcanzar una longitud promedio de 8 centímetros (varia entre 4 y 13 centímetros), midiendo la parte visible alrededor de medio centímetro en estado de reposo y hasta 1,5 centímetro, en estado de erección.




Al clítoris llega un total de cuatro mil terminaciones nerviosas desde ambos lados del cuerpo. Es decir, este pequeño órgano exclusivo de la mujer y exclusivamente destinado al placer sexual, cuenta con ocho mil fibras nerviosas. Obviamente, más que la lengua, las orejas o los pezones. El pene, en una superficie bastante más grande, sólo cuenta con alrededor de cuatro mil a seis mil terminaciones nerviosas.



A pesar de toda esta hoy contundente evidencia, la presencia del clítoris en la historia de la sexualidad humana ha sido esquiva y errática. Por ejemplo, cuando Hipócrates creía que para engendrar hijos era necesario no sólo el esperma del hombre sino también de la mujer y que, para producirlo, se requería del orgasmo femenino, la sexualidad femenina era relevante. Pero más tarde, cuando la ciencia descubrió que el orgasmo de la mujer no tenía ningún rol en la reproducción, el clítoris perdió presencia e importancia.




El año 1553, Renato Columbus descubrió y describió este órgano pero, muy luego, su hallazgo pasó al anonimato sin pena ni gloria. Después de al menos doscientos años de silencio, en 1844 se retomó su estudio pero el año 1865, un médico ingles relacionó al clítoris con la histeria y la locura, entre otros males, propiciando la ablación del órgano para supuestamente curar tales enfermedades… Aunque fue prontamente desautorizado, la práctica que instituyó este desquiciado galeno se practicó en muchas mujeres hasta los año ’20. Ello significó que para esas mujeres, nunca hubo placer sexual en sus vidas.



El año 1900 ocurrió un hecho crucial: el clítoris fue incluido en la “biblia” de los manuales de anatomía, el Manual para estudiantes de Grey, como parte del aparato sexual femenino. Sin embargo, en 1948 dejó de aparecer en esa calidad en el manual usado masivamente por los estudiantes de medicina.




Como lo señalara la doctora británica Jo Adams, por décadas, el clítoris y el orgasmo femenino ni siquiera fueron mencionados en 10 de los 15 manuales usados en la educación sexual de los médicos.



Fue en los años ’60, con  la revolución sexual que implicó para las mujeres la aparición de la píldora anticonceptiva, que el clítoris y la sexualidad femenina volvieron a ser parte de la escena científica. Y de la mujer y su sexualidad. Ello ocurrió de la mano del ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson. A partir año 1966, la famosa pareja estudió la respuesta sexual humana, realizando una exhaustiva investigación con parejas de carne y hueso, la que les permitió distinguir las 4 fases de la respuesta sexual humana: excitación, meseta, orgasmo y resolución.




Fue a partir de entonces que se reconoció irrefutablemente la importancia del clítoris en la sexualidad femenina y, más precisamente, en el orgasmo. Finalmente, se logró entender que es allí donde la mujer tiene que ser estimulada para tener real y profundo placer sexual. Que la penetración vaginal –a la que se le atribuía el rol de dar placer- no cumple esa función si es que el clítoris no se estimula. Es más: la vagina prácticamente no tiene terminaciones nerviosas debido a que por allí debe pasar el ser humano al nacer y si hubiera alguna mayor sensibilidad en ese canal, el dolor sería disfuncional al parto. En la vagina, sólo hay terminaciones nerviosas que aportan al placer sexual en la pared superior de los primeros 6 centímetros del canal, es decir desde su inicio hasta el punto donde se encuentra el clítoris.



La gran extensión del clítoris por debajo del cuerpo, alrededor de la vagina, apoyaría la posición de que el orgasmo femenino radica en el clítoris y no en la vagina. Sólo sería complementado con la penetración vaginal porque esta última estimularía las 'raíces' del clítoris.




A la luz de estas novedades, ¿qué queda entonces del llamado “sexo débil”? Al parecer, nada. La mujer, en el plano sexual, claramente sería superior. No sólo mejor dotada sino poseedora de un mecanismo fisiológicamente complejo que le permitiría dar y pedir lo mejor…



Agosto de 2012.

jueves, 13 de marzo de 2014

¿CÓMO EVITAR LA MUERTE SÚBITA DEL AMOR?



Si le hiciéramos caso a nuestro cuerpo, a ese misterioso y perfecto mecanismo de relojería que es el ser humano, cuánto dolor nos ahorraríamos…

Vamos a hablar del amor y de la pareja desde una óptica que puede hacernos la vida más fácil. Por ejemplo, que como todos los animales, los humanos tuvimos que encontrar los mecanismos evolutivos de perpetuarnos como especie y que el enamoramiento es una de las formas que tenemos para hacerlo. Este no es más ni menos que un proceso bioquímico que se inicia en el cerebro y que, tras la secreción de neurotransmisores, activa glándulas y respuestas fisiológicas con la finalidad de que acabemos apareándonos. Es el instinto de reproducirnos lo que nos hace sentir la pasión del amor. Eso está claro y estudiado. Lo que no ha respondido a cabalidad la ciencia es por qué algunas personas, y no otras, nos provocan ese vendaval que nos lleva al borde de una sana locura llamada enamoramiento. Lo que sí se ha detectado es que, al parecer, uno construye moldes de circuitos cerebrales que determinan que una persona, y no otra, desencadene el enamoramiento.

Estamos usando la palabra adecuada: enamoramiento. Este proceso conlleva la producción de feniletilamina (FEA), una anfetamina propia del cuerpo, que a su vez activa la secreción de dopamina (un neurotransmisor que genera el deseo y la ternura y  nos lleva a repetir lo que nos da placer), la que aumenta durante el enamoramiento en siete mil veces su cantidad, y de oxitocina, una hormona que libera nuestro cerebro después del orgasmo y durante el parto, responsable de la fuerte vinculación emocional que se produce en esos dos momentos. También se gatillan las fenilananinas, portadoras del entusiasmo, lo que en conjunto bloquea toda lógica y razón. La combinación de todas estas sustancias explica, por ejemplo, por que se puede hacer el amor noches enteras sin sensación hambre, sueño o cansancio. Y el surgimiento de frases como “estoy enloquecido de amor” y sensaciones como la de necesitar al amado como a una droga… También explica que se hable de que “el amor es ciego”. En la etapa de  enamoramiento químico, la visión del ser amado activa ciertas zonas del cerebro que producen euforia y desactiva las áreas encargadas de realizar juicios o valoraciones.


El punto es que este estado no es amor. Es enamoramiento. Y tiene fecha de vencimiento. La feniletilamina, y el cóctel arrebatador que gatilla, no puede durar mucho tiempo porque nos mataría; por ello, sus efectos empiezan a desaparecer de a poco, entre los seis y los 48 meses de relación. Y empezamos a caer en la dura realidad. Aquella que nos puede llevar a pensar que “se murió el amor”. Pero justamente, es el amor el que nace a partir de este momento. Pasamos del enamoramiento demandante, “del hechizo fisiológico que nos nubla la razón y nos vuelve adictos al objeto de nuestro deseo", como dice el psicólogo Walter Riso, a un amor más tranquilo, seguro, cómodo que está asociado a otro tipo de sustancias generadas también por el cuerpo: las endorfinas. De estructura similar a la morfina, éstas permiten el inicio de la etapa del apego.

En ésta fase hay que trabajar el vínculo para que resista a la muerte de la química y perdure. Para ello hay que comunicarse de modo de ir reformulando la relación y convertirla en una convivencia constructiva, honesta, respetuosa, sana, tierna, auténtica.

Recordemos que en la fase del enamoramiento hemos estado un poco ciegos y hemos visto en nuestra pareja lo que queríamos ver. O peor aún: lo que hemos inventado, una situación de mal pronóstico porque habla que no hay terreno fértil para pasar de la fase de la pasión a la del amor. Si en la fase de enamoramiento, donde tendemos a distorsionar la realidad, tomamos decisiones trascendentales como casarnos, las cosas obviamente se complican al finalizar la fase de la química embriagadora porque la pareja se ve tal como realmente es. 

Podemos enfrentar de mejor forma el fin del enamoramiento, el camino del temido “desamor”, si entendemos lo que implica amar. A juicio de Walter Riso "queremos cuando sentimos un vacío y una carencia que creemos que el otro debe llenar con su amor; amamos cuando experimentamos abundancia y plenitud en nuestro interior, convirtiéndonos en cómplices del bienestar de nuestra pareja".


La clave para evitar, al cabo de 2 o 4 años, el encuentro con el “cadáver” de un gran amor es construir una relación donde cada integrante de la pareja sea responsable de ser feliz por sí mismo y no creer que el otro es la fuente de la felicidad. Una relación que retroalimentemos, que no dejemos a merced de la rutina y la dependencia emocional; una relación que reguemos a diario como una plantita que está viva y debe cambiar sus hojas. Podremos quizás sobrevivir a la muerte súbita del enamoramiento cuando comprendamos que el amor no existe fuera de nosotros sino que es parte nuestra y de la vida, cuando tengamos un mundo propio, opciones y una razón para vivir y no convertir a la pareja en el sentido de la vida. Cuando nos percatemos que el mito de la “media naranja” es sólo eso, un mito, y que el amor se construye entre dos personas enteras y no cortadas por la mitad. Y claramente  cuando nos demos la distancia para que cada uno sea lo que quiere y puede ser, creciendo y evolucionando libremente.

No salvaremos al enamoramiento de morir si optamos por vivir la sensación de vértigo y placer que da un nuevo amor. Pero debemos recordar que al cabo de 6 meses, o de 2 años, o de 4 años, este amor también estará agonizando si no hemos aprendido la esencia del amor.

Octubre de 2012.

¿SOMOS INFIELES POR NATURALEZA? LAS CIFRAS DE LOS SANTIAGUINOS



En los programas de farándula utilizan hasta detectores de mentira para pillar las infidelidades de personajes mediáticos. En el mundo político las cosas son más solapadas –hay mucho en juego, especialmente en años electorales- y los rumores que tal o cual candidato tiene amante y esposa solo de fachada, no alcanzan a llegar a las pantallas o a las letras de molde.


Sin embargo, que la infidelidad existe, existe. Una encuesta dada a conocer a inicios de abril por el portal separados.cl indicó que, cada hora, 28 parejas chilenas inician su separación legal y que, en 7 de 10 casos, la causal es la infidelidad. Y dentro de ésta, la infidelidad femenina sería la que genera el 61% de los divorcios en Chile...



Para mi libro “Amores inconfesables”, hice una encuesta de opinión entre los santiaguinos que arrojó datos interesantes sobre el tema. Tengo la certeza, sin embargo, que hay cifras negras y que la realidad es más contundente que los números, como lo esboza la medición de separados.cl. En todo caso, el tema tiene siempre plena vigencia. Por ello, quiero recordar los datos del estudio realizado por la empresa Research entre santiaguinos casados (con o sin ley) de entre 18 y 55 años, de todos los sectores sociales.

Ante la pregunta clave –se nace o se hace-, un 60% dijo creer que la “tendencia natural” del ser humano es hacia la infidelidad. Entre las razones esgrimidas por las mujeres para pensar así, fue mayoritaria la alternativa “siempre vemos infidelidad” (16%) y “hay poca comunicación en la pareja” (13%), respuesta que entre los hombres solo obtuvo el 3%… Las alternativas más votadas entre los varones  fueron “el hombre busca las aventuras” (21%) y “somos así por naturaleza” (20%).


Respecto del momento en que una infidelidad comienza, los consultados opinaron en forma mayoritaria (45%) “en el pensamiento”. La alternativa “la infidelidad empieza en los besos y caricias” obtuvo un 21% entre las mujeres y un 16% entre los hombres y la variante “empieza en el sexo”,  fue votada por el 8% de las mujeres y el 6% de los hombres.


También se indagó en qué se consideraba infidelidad. Un 43% de los encuestados respondió: “Pensar y fantasear con distintas personas”. Lo mismo, pero “con una persona determinada” constituyó infidelidad para el 61%. “Pensar en otra persona al estar con la pareja”, fue sinónimo de infidelidad para el 74%.


Ante la pregunta “¿quiénes son las personas más expuestas a ser infieles?”, las respuestas fueron concisas: Un 17% dijo "los hombres", siendo más votada esta afirmación por las mujeres; "los matrimonios con problemas", coincidió un 16%; "las personas que se relacionan con mucha gente" fue elegida por un 13%, opción que fue más votada por los hombres. Frente a estos datos, surge la reflexión: ¿la respuesta de las mujeres proviene de su experiencia y la de los hombres de su inseguridad?



Al pedir a los entrevistados que manifestaran su acuerdo o desacuerdo respecto del tipo de persona que, supuestamente, está más expuesta a ser infiel, las respuestas más relevantes fueron: “hombres cuya esposa es frígida” (87%); “quienes ya han sido infieles” (86%); “aquellos con cónyuges que no pueden tener sexo” (85%); “mujeres que su marido las deja mucho tiempo solas” (80%). Curiosamente, la alternativa con menor votación fue “los que llevan mucho tiempo de matrimonio” (21%).


¿Cómo se vive la infidelidad? fue otra de las consultas. Y aquí se dio una diferencia interesante: más hombres (23%) que mujeres (16%) dijeron que una aventura de vez en cuando, sin que la pareja se enterara, hacía bien a la relación…


Respecto de situaciones que atañen a la infidelidad femenina, un 90% (hombres y mujeres por igual) dijo estar de acuerdo con la afirmación “en general, lo que lleva a las mujeres a la infidelidad no es la insatisfacción sexual, sino la mala comunicación con su marido y la falta de consideración y atención que él le brinda". Otras alternativas muy compartidas fueron “cuando las mujeres son infieles saben hacerlo y ocultarlo mejor" (75%), “las mujeres son tan infieles como los hombres" (68%) y “las mujeres cuyo único hombre ha sido su marido es muy poco probable que lleguen a ser infieles" (65%). La alternativa que señala que las mujeres “sabe hacerlo y ocultarlo mejor” resonó más en las propias mujeres ya que los porcentajes fueron 78% de mujeres contra 72% de hombres…


Sobre la infidelidad masculina, la alternativa más votada  fue “muchos hombres son infieles por una necesidad de vivir probándose y afirmándose en sus capacidades, es decir, inseguridad",  afirmación con la cual coincidió el 92% de las mujeres y el 84% de los hombres. La frase: "Es muy frecuente que los hombres sean infieles cuando su mujer está embarazada o durante el post parto", también hizo sentido en el 51% de las mujeres y en un 38% de los hombres.


Cuando se preguntó "¿en qué porcentaje de matrimonios cree usted que ha ocurrido infidelidad de hecho en, al menos, uno de los cónyuges, aunque sea solo una vez?", la respuesta promedio fue contundente: "en el 65%". Y frente a la pregunta: "¿Conoce a alguien que nunca le haya sido infiel a su cónyuge?", un 69% dijo que sí. Sin embargo, al preguntar quién era esa persona, solo un 16% respondió "Yo", respuesta que dio un 8% de los hombres y un 25% de las mujeres…



Abril de 2013.

CINCUENTA FANTASÍAS DE MUJER…



La locura que ha desatado la trilogía que se inicia con el libro “Cincuenta sombras de Grey” –que probablemente sea el producto editorial que más se regale a una mujer en esta Navidad- no es casual.




Más allá que la serie está escrita de una forma tal que crea adicción (lanzar el anzuelo del erotismo, ir dando pequeños sorbos de excitación, pasitos de avance hacia la concreción del coito, que comienza a esperarse en forma casi desesperada tanto por la protagonista como por las lectoras), la fantasía sexual es un tema absolutamente conocido y estudiado por la psicología. Porque es parte de la vida y de la sexualidad humana.




Se podría afirmar que no es posible el sexo placentero sin fantasía de por medio. Como señalan los expertos “la actividad sexual nace y se desarrolla en las fantasías”. Las fantasías sexuales son las grandes aliadas de relaciones sexuales sanas y satisfactorias. Es claro que el mero estímulo manual, táctil, no basta (recordemos que las fantasías son   las compañeras inseparables de la masturbación). Menos para las mujeres, cuya sexualidad es más compleja y, por ende, su proceso de excitación más lento.  Los sexólogos señalan que la exploración mental que lleva a crear escenas y situaciones excitantes, enriquece y amplía las posibilidades de dar y recibir placer sexual. Se ha observado que las personas con bajo deseo sexual tienen pocas fantasías sexuales.




Cada persona es única y se excita con cosas distintas, razón por la cual se ha concluido que el “mapa del amor” es como la huella digital de la personalidad sexual. Las fantasías sexuales completarían este mapa y agregarían las pistas que faltan.



Según Freud, las fantasías son ficciones que las personas forjan y se narran a sí mismas en estado de vigilia. Se trata de imágenes mentales que pueden contener secuencias completas, recortes o imágenes aisladas y de las cuales uno forma parte, ya sea como protagonista o espectador. En general, inventan o recrean situaciones estimulantes que no necesariamente uno desearía llevar a cabo en la vida real. Su mayor atractivo reside, a veces, justamente en que no son reales. Lo que uno quiere es excitarse y esas imágenes tienen el poder de hacerlo. Es decir, si uno no puede o no se atreve a concretar la fantasía por culpa (o por cualquiera otra razón), el segundo mejor lugar donde vivirla es la mente, lo que confirma lo liberador y lúdica que puede ser una fantasía sexual.




El poder de las fantasías radica justamente en su localización: el pensamiento. Este es el sitio más seguro porque, como señala un sexólogo, “está médicamente probado que la imaginación es infértil”...  Además, ella es el afrodisíaco conocido más potente. Lo poderoso de las fantasías sexuales es que entretienen, no tienen censura y permiten concentrarse en sensaciones placenteras, lo que aumenta la excitación sexual.



Para la mujer, la fantasía es el lugar más seguro y también más erótico. Según se ha estudiado, la mente femenina fantasea más con el romanticismo, con la historia que rodea al sexo. Por el contrario, la mente masculina apunta directamente al acto sexual. El podrá decirle a ella: “¡Hagamos el amor ya, aquí, ahora!”. Ella, en cambio dirá: “Dime cosas sucias”…




Un dato curioso que arrojó un reciente estudio: en las mujeres, el promedio de fantasías sexuales fue de 0,8 al día durante los tres días anteriores a la ovulación en tanto, durante la ovulación, la tasa aumentó hasta 1,3 fantasías diarias. La autora principal del trabajo explicó los resultados: "Algunos aspectos de la sexualidad de las mujeres parecen estar sincronizados con los períodos de máxima fertilidad, de tal forma que cuando las probabilidades de concebir son más elevadas, hay un creciente interés por el sexo y la excitabilidad".



Estudios sobre el tema han mostrado que por, lo menos, un 20% de las mujeres y un 55% de los hombres tiene fantasías sexuales una vez al día.  Es decir, las fantasías, como hemos dicho, son normales, parte inseparable de la vida. El único problema  que se pueden generar es creer que en la vida real podremos controlar la situación como lo hacemos en la mente. Cuando se fantasea, lo que sucede está sometido a nuestra voluntad. Cuando estamos con nuestra pareja de carne y hueso, su voluntad también incide, lo que hace que las fantasías quizás se desarrollen en forma distinta a como las habíamos imaginado, lo que puede afectar nuestra excitación.




También pueden afectarla los sentimientos de culpa. Por ello hay que desterrarlos  apenas aparecen. La excitación tiene vida propia. No somos responsables de los estímulos que la provocan, por lo cual sólo hay que dejarlos fluir.



Entre las fantasías femeninas más recurrentes está el tener prácticas sexuales que uno nunca sería capaz de tener en la realidad. Las mujeres tienen este tipo de fantasía en mayor medida que los hombres y un 28% de ellas se excita de esta forma.



Luego se ubica el tener sexo con un extraño. Un 21% de las mujeres fantasea con esto. Por otro lado, un 19% fantasea con el hecho de estar indefensa ante la pareja. Se ha visto que esto puede ser muy excitante para personas muy resolutivas. Desde luego, tener la fantasía no implica el deseo de ser violada o provocar violaciones. Como se sabe, hay fantasías que ponen de manifiesto los fantasmas más temidos…




Tener sexo con más de un  hombre es la fantasía de un 18% de las mujeres. Un 11% - un porcentaje mayor entre mujeres heterosexuales que entre hombres de la misma condición- fantasea con tener relaciones sexuales con otra mujer. Se ha estudiado que esto ocurriría debido a que, culturalmente,  las mujeres reciben una estimulación similar a la de los hombres en relación a la belleza femenina y serían capaces de admirarla sin tapujos homófobos.



Sólo un 3% de las mujeres fantasea con obligar alguien a tener relaciones sexuales, siendo ésta una fantasía más recurrente en los hombres.



En suma, las fantasías sexuales no son un lujo sino una necesidad. Y lo son, especialmente, cuando la rutina empieza a carcomer la relación de pareja, cuando el romanticismo y la pasión sexual tienden a desaparecer en la maraña de la cotidianeidad. En ese momento,  ellas pueden ser una potente herramienta para recuperar el erotismo. Recordemos lo que dijeron los jóvenes revolucionarios de Paris-Mayo 68: ¡La imaginación al poder! O, como dicen las abuelas: no hay nada más fácil que echar a volar nuestra imaginación…

 

Diciembre de 2012.