Cada día es más claro que la fidelidad no es fácil. No
es de extrañar si se piensa que para nuestros padres o abuelos, el juramento de
fidelidad "para toda la vida" significaba, en la práctica, unos 20 o
30 años juntos porque el promedio de vida era mucho menor. Hoy en día, cuando
la esperanza de vida es de alrededor de 87 años para las mujeres y 83 para los
hombres, el "para toda la vida" puede significar vivir casados 50, 60
o 70 años... ¿No es un destino angustiante para alguien que tiene una mala
relación conyugal o que no ha logrado nunca ser feliz en su vida de pareja?
El cruce del
umbral hacia la infidelidad se produce muy frecuentemente porque se rompe una
expectativa muy común: que la pareja muestre una comprensión cercana a la
incondicionalidad. No solo se espera eso. También se aspira a que la pareja
engañada no se sienta herida, engañada o agredida psicológica y espiritualmente.
Expectativa que surge no porque el infiel sea un cínico, incapaz de darse
cuenta del sufrimiento de su pareja (o, por el contrario, porque el gorreado
sea un melodramático). Más bien aparece porque ambos tienen razón, ya que están
hablando desde su propio sentimiento: el engañado sufre y eso es normal y el
infiel puede no haber tenido ninguna intención de agredir o poner en ridículo a
su pareja. Incluso es posible que su atracción y respeto por ella no hayan
disminuido en absoluto. Una relación extraconyugal, por más que afecte a la
pareja, no necesariamente tiene que ver con ésta. Frecuentemente, pertenece al
mundo íntimo de una persona.
Hay otras
situaciones curiosas respecto de la infidelidad. Por ejemplo, en muchos casos,
el infiel es perdonado más fácilmente si no llegó "a los hechos", es
decir al sexo. Es similar a lo que ocurre en casi todos los países donde se
acepta como causal de separación ante la ley y la Iglesia el que un matrimonio
no se haya consumado. En el caso de la infidelidad, haber resistido la
tentación, al parecer, anula el delito... Como sin sexo no hay matrimonio, sin
sexo tampoco habría infidelidad...
Respecto de
las confesiones y las “reglas del juego”, parece claro que quienes son víctimas
de un engaño amoroso quisieran saberlo "todo", desde el primer
momento y, en lo posible, por boca de su pareja. Sin embargo, la mayoría de las
parejas no tiene acuerdos explícitos. El tema más bien no se toca. Y si se
hace, solo es para realizar declaraciones de principio como "si llega a
ocurrir, quiero saberlo por ti". Sí hay parejas que hablan abiertamente el
tema y acuerdan un "rayado de la cancha". Por ejemplo que "se
contarán todo" o "no se contarán nada". Pero el otorgarse
"permisos", aunque sean implícitos, no es una conducta frecuente. Sí
lo es el tener acuerdos tácitos. El más frecuente es no contarse nada, mientras
la evidencia no sea delatora. Eso sí, estos pactos van casi siempre acompañados
del compromiso (también tácito) de no agobiarse mutuamente con sospechas de
infidelidad.
Frente a este
último punto, surge la pregunta: ¿Para la víctima de una infidelidad es bueno saberlo
todo? En opinión de psiquiatras y psicólogos, es importante hablar abierta y
claramente el tema, aunque duela y sea difícil hacerlo (no podría no serlo) y parezca
que genera un abismo que no se volverá a cerrar. Es sano, ya sea para retomar
un buen matrimonio o para hacer una "buena separación". Lo que no es
saludable es querer saber todo (o contar todo) porque ello aleja las posibilidades
de que la relación se recupere de la crisis. Incluso, puede derivar en graves
patologías. Por ejemplo, esconderse en el clóset del dormitorio para espiar al cónyuge
mientras tiene relaciones sexuales con su amante es un camino claramente destructivo.
Como lo es querer conocer, en forma morbosa, los detalles.
En la
infidelidad, como en toda acción humana que transgrede un pacto, una norma, una
lealtad, hay agravantes y atenuantes. Estos varían –en sentido e intensidad–
entre los distintos grupos de la sociedad. Son, sin embargo, bastante
universales.
En Chile, por
ejemplo, entre los atenuantes importantes
se cuentan: estar bajo los efectos del alcohol (así como es agravante en un
accidente de tránsito, en la infidelidad operaría al revés); estar obligado a
viajar mucho; haber estado mucho tiempo separados; recibir la oferta "en
bandeja"; no practicar sexo con la pareja debido a alguna enfermedad o
malformación; tener un cónyuge con disfunciones (frigidez, impotencia, eyaculación
precoz, etc.); sufrir la permanente ausencia del cónyuge; sufrir la completa indiferencia
de la pareja respecto de la apariencia personal; tener un cónyuge mucho mayor.
Y entre las agravantes
se contarían: ser infiel cuando ella está embarazada o durante el post-parto; serlo
cuando se está muy bien como pareja; ser infiel con algún familiar o con un
amigo o amiga de la pareja (es un agravante mayor mientras más cercano sea el
amigo o amiga); permitir que la pareja sea la última en enterarse; preparar la
ocasión en forma premeditada; ser infiel en la propia casa.
Otra cosa
curiosa es que la infidelidad es que generalmente no aparece como motivo
explícito de consulta (sí aparece luego, y con altísima frecuencia, durante la
terapia). Y cuando llega a ocurrir que un infiel llega exponiendo directamente
el tema, en realidad no busca ayuda para arreglar el matrimonio sino resolver
problemas surgidos a partir de su infidelidad. Lo que busca, más bien, es curar
desde severos stress, insomnios o
alergias, hasta que el terapeuta le dé la tranquilidad para seguir inventando
(y actuando) coartadas. O lo aconseje para llevar mejor la relación de pareja,
manteniendo la infidelidad. Es decir, consulta porque no está siendo capaz de
controlar solo la situación. En este contexto, una conducta bastante frecuente de
parte de los hombres es pedir terapia para la amante porque supone que ella es
la que está mal…
No hay duda
que la infidelidad es un tema con más aristas y sorpresas de las que creemos
conocer. Tampoco hay duda que para llegar a las nuevas metas de 60 o más años
unidos “hasta que la muerte nos separe” hay que ser muy sabio, tolerante,
creativo o paciente…
Julio 2013.






















