jueves, 13 de marzo de 2014

CARIÑOS MALOS: LA ADICCIÓN AL DESAMOR



Palmenia Pizarro los inmortalizó en su famoso bolero donde canta casi en llanto: “Se ve por tu reír, que aún no sabes cuánto he llorado”, agregando que “soy sincera al confesar, que aún te quiero, cariño malo…”




En esta última frase está la clave de este tipo de relaciones amorosas. La persona no puede alejarse, ya sea física o emocionalmente, de quién la hace sufrir. Porque aunque la pareja maltrate o abandone, se la sigue queriendo. Y en este patrón no hay diferencias de género. Hombres y mujeres están en riesgo, por igual, de caer brazos de cariños malos.



Se trata de relaciones enfermizas. Relaciones donde no hay violencia explícita pero sí una brutal violencia psicológica. Ese tipo de relaciones donde “adorarte es religión”, como dice otro clásico bolero. El vínculo no trae felicidad pero se siente la imposibilidad de cortarlo. Para quien sufre pasivamente el cariño malo, la relación prácticamente se reduce a soportar exigencias, humillaciones, desatenciones, ausencias, engaños, incomprensiones, abusos, sin asomo de comunicación, apoyo mutuo y proyectos en común, que es lo que caracteriza a los cariños buenos, a las relaciones sanas. Aunque la relación nos hastía y nos destruye, se siente la certeza que la vida no tiene sentido sin el otro. Que uno no es capaz, ni será capaz nunca, de separarse.




En este tipo de relaciones se genera el clásico mecanismo de las adicciones. Se sabe que la relación hace daño, que ese carrousel de amor y odio no trae nada bueno, que nada de lo que se haga logrará cambiar esa sensación de infelicidad, de frustración, de estar en una cárcel de la que no se puede escapar. Que tal como una droga, los momentos de extásis serán siempre más cortos que los de la caída al abismo, y que cada vez se irán haciendo más breves. Pero que uno no es capaz de arrancar ni darse por vencido.



Generalmente, un integrante de la pareja se adapta y tolera más la frustración. Pero las cosas empeoran día a día. Y llega un momento en que la situación es insalvable porque hay patrones insanos de conducta fuertemente arraigados. Si se presta atención a tiempo, la relación se podría salvar, con terapia. Pero es lo que usualmente no se hace. Porque la justificación es uno de los mecanismos más comunes. “Si me cela es que me quiere”, “si no le gusta que yo salga sin él es porque se entretiene conmigo”, “si me dice que estoy gorda es porque quiere verme más atractiva…”




No parece obvio, pero los cariños malos se alimentan de a dos. No es posible sostener una mala relación sin la complicidad de ambos. La apariencia es que uno es victimario y el otro, víctima. Pero los dos son esclavos. Porque vivir un cariño malo, una relación enferma, no hace feliz a nadie. Sin embargo, lo que menos se ve es que el “victimario” colabora activamente para que su víctima no se libere. Generalmente, el mecanismo que subyace en este tipo de relaciones es la obsesión por cambiar al otro, por no aceptarlo como es. Algo que parte junto con la relación pero que no alcanza a verse en medio de la química, de la marea de endorfina de los primeros tiempos…




Si usted mantiene la alerta necesaria, es decir si presta atención a todo lo que le está indicando que se trata de una relación que no lo hará feliz, podrá salir, con ayuda, del cariño malo. Sin embargo, al igual que una droga, del cariño malo se sale con autocontrol, resistiéndose activamente a la tentación. Nunca exponiéndose imprudentemente al daño. O sea, jamás metiéndose en la boca del lobo otra vez… 





16 de septiembre de 2012


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