Palmenia Pizarro los
inmortalizó en su famoso bolero donde canta casi en llanto: “Se ve por tu reír, que aún no sabes
cuánto he llorado”, agregando que “soy sincera al confesar, que aún te quiero, cariño
malo…”
En
esta última frase está la clave de este tipo de relaciones amorosas. La persona
no puede alejarse, ya sea física o emocionalmente, de quién la hace sufrir.
Porque aunque la pareja maltrate o abandone, se la sigue queriendo. Y en este
patrón no hay diferencias de género. Hombres y mujeres están en riesgo, por
igual, de caer brazos de cariños malos.
Se
trata de relaciones enfermizas. Relaciones donde no hay violencia explícita
pero sí una brutal violencia psicológica. Ese tipo de relaciones donde
“adorarte es religión”, como dice otro clásico bolero. El vínculo no trae
felicidad pero se siente la imposibilidad de cortarlo. Para quien sufre pasivamente
el cariño malo, la relación prácticamente se reduce a soportar exigencias, humillaciones,
desatenciones, ausencias, engaños, incomprensiones, abusos, sin asomo de
comunicación, apoyo mutuo y proyectos en común, que es lo que caracteriza a los
cariños buenos, a las relaciones sanas. Aunque la relación nos hastía y nos
destruye, se siente la certeza que la vida no tiene sentido sin el otro. Que
uno no es capaz, ni será capaz nunca, de separarse.
En
este tipo de relaciones se genera el clásico mecanismo de las adicciones. Se
sabe que la relación hace daño, que ese carrousel de amor y odio no trae nada
bueno, que nada de lo que se haga logrará cambiar esa sensación de infelicidad,
de frustración, de estar en una cárcel de la que no se puede escapar. Que tal
como una droga, los momentos de extásis serán siempre más cortos que los de la
caída al abismo, y que cada vez se irán haciendo más breves. Pero que uno no es
capaz de arrancar ni darse por vencido.
Generalmente,
un integrante de la pareja se adapta y tolera más la frustración. Pero las
cosas empeoran día a día. Y llega un momento en que la situación es insalvable
porque hay patrones insanos de conducta fuertemente arraigados. Si se presta
atención a tiempo, la relación se podría salvar, con terapia. Pero es lo que
usualmente no se hace. Porque la justificación es uno de los mecanismos más
comunes. “Si me cela es que me quiere”, “si no le gusta que yo salga sin él es
porque se entretiene conmigo”, “si me dice que estoy gorda es porque quiere
verme más atractiva…”
No
parece obvio, pero los cariños malos se alimentan de a dos. No es posible
sostener una mala relación sin la complicidad de ambos. La apariencia es que
uno es victimario y el otro, víctima. Pero los dos son esclavos. Porque vivir
un cariño malo, una relación enferma, no hace feliz a nadie. Sin embargo, lo
que menos se ve es que el “victimario” colabora activamente para que su víctima
no se libere. Generalmente, el mecanismo que subyace en este tipo de relaciones
es la obsesión por cambiar al otro, por no aceptarlo como es. Algo que parte junto
con la relación pero que no alcanza a verse en medio de la química, de la marea
de endorfina de los primeros tiempos…
Si
usted mantiene la alerta necesaria, es decir si presta atención a todo lo que
le está indicando que se trata de una relación que no lo hará feliz, podrá
salir, con ayuda, del cariño malo. Sin embargo, al igual que una droga, del
cariño malo se sale con autocontrol, resistiéndose activamente a la tentación.
Nunca exponiéndose imprudentemente al daño. O sea, jamás metiéndose en la boca
del lobo otra vez…
16
de septiembre de 2012




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