Imagino que entre las
razones poderosas para ser infiel está el mayor o menor verdor de nuestro prado,
comparado con el del lado. También imagino que cuando empezamos a mirar al
prado vecino es porque estamos sintiendo que el nuestro se está poniendo, poco a
poco, seco.
El problema es que hay algunos
espejismos en este juego. Por un lado, ver el prado de al lado más verde. Por
otro, creer que va a estar siempre verde. Cuando, obviamente, como nos lo dice
la experiencia y la ciencia, poco después de saltar la cerca veremos que ya
estamos mirando como saltar la siguiente, donde vemos otro césped que no parece
aún más verde.
Si seguimos en esta lógica,
nunca estaremos satisfechos. Más bien, siempre estaremos al borde de la infelicidad
y la infidelidad. Lo que debemos aprender es la sabiduría, aquella que nos
permite atisbar que la fidelidad (y la felicidad) es una opción, no una
vocación con la que nacemos.
Nacemos marcados por
nuestra condición fisiológica: no somos monógamos como los lobos, las orcas o
los zorros (en el mundo animal, la monogamia se refiere a la relación de la
pareja que mantiene un vínculo sexual exclusivo
durante el período de reproducción y crianza) y la forma de perpetuar nuestra especie es apareándonos con
amor. Es decir, enamorándonos por obra y gracia de hormas y neurotransmisores
que gatillan una cadena de acciones voraces y devastadoras y de sentimientos embriagadores
y maravillosos. Que nos hacen ver
nuestro prado como el más verde del barrio. Hasta el día que el enamoramiento
cede lugar a un estado más calmo, menos excitante, donde la rutina empieza a
parecernos un container en la espalda.
Es el momento de la
inflexión. El momento en que podemos o no hacer el camino al prado del vecino
(o vecina). Generalmente, es lo que hacemos. Pero diría que, en este caso, los hombres lo hacen con un practicismo que
podría acercarse a la sabiduría. Los hombres no queman naves, no cortan
amarras. Van a dar un paseo, tal vez intuyendo que en ese prado vecino la
emoción (el enamoramiento) también desaparecerá muy pronto. Cuando se dice “es
que los hombres no se separan por otra mujer”, se está hablando de una verdad
muy frecuente. Y cuando el aserto es que “las mujeres se separan cuando se
enamoran de otro hombre”, también se apunta a un hecho de la causa. El punto
es: ¿cuál de los dos está más en lo correcto?
Si nos dejamos llevar por
el romanticismo y por nuestra naturaleza (poligámica), las mujeres estaríamos
más cerca de lo correcto, de la consecuencia. No por nada se dice que somos
“más integradas”, y que los hombres se “disocian” muy fácilmente porque así se
los enseña. Es verdad. Pero mirando hacia el camino de la felicidad, ¿no sería éste
más fácil si entendiéramos que nuestra naturaleza siempre nos estará
encaminando hacia las nuevas emociones, los prados más verdes, las escobas
nuevas que barren mejor, los arrebatos del flechazo, el éxtasis de los “amores
a primera vista”? Es obvio, es así como funcionamos, hormonal y químicamente.
Pero de ello no queda rastro, literalmente, al poco tiempo.
De modo que, imagino, la
bifurcación es esta: o seguimos con quien estamos y tratamos de “buscarle el
lado” a la relación, o nos vamos con el hilo del arrebato, de la nueva relación
amorosa que se nos presenta como el camino a la dicha.
Para jugarse por la primera
opción creo que es imprescindible estar en una relación que nació con buen
soporte. Es decir, que no fue justamente sólo producto del arrebato de la
química. Tal vez por ello se ha descubierto que en sociedades donde los
matrimonios son pactados por los padres hay mejor pronóstico de éxito: la
pareja debe luchar por construir de inmediato el lazo, el vinculo (el amor). Algo
lo que en las sociedades donde nos dejan elegir “libremente”, solo se nos hace
patente al momento en que enamoramieno fisiológico declina.
Jugarse por la segunda
opción es mucho más entretenido, apasionante y romántico Pero generalmente, nos
lleva a una trampa: buscar eternamente lo que nunca podremos encontrar. Porque
si buscamos vivir siempre en estado de gracia, en la fase del amor ciego, con
una pareja que nos calce al cien por ciento, estamos fregados. Para una mujer
ello puede traducirse, solo a modo de ejemplo, en que él no se quede dormido
después de tener sexo, que la escuche con empatía y no le de consejos cuando
está bajoneada, que la acompañe a vitrinear en los viajes…Y para un hombre, en que
ella, por ejemplo, lo acompañe mirando la tele cuando hay fútbol, que no le
pida acompañarla a vitrinear en los viajes, que entienda que las juntas con los
amigos son reales y no la excusa para orgasmos al paso, que no le pida
conversar después del sexo, que no le diga “solo escúchame, no me des consejos”…
Es decir, todas peticiones
casi imposibles de cumplir. En cualquier prado, serán imposibles de lograr.
Aunque sea mucho más verde que el nuestro. De modo que, ¡a buscar los
nutrientes y los guantes de jardinero para empezar a cuidar el pastito verde de
nuestro prado! Quizás así logremos la
dicha del microtus ochrogaste, una especie del topo de pradera, que vive
en norteamérica, el que representa un modelo de vida en pareja aunque no sea
siempre fiel (no lo es, ya que en ocasiones tiene affairs) que presenta un
comportamiento muy afectivo con su pareja y que forma uniones estables durante
toda su vida, colaborando ambos en la cría de la prole…
Noviembre de 2012.
No hay comentarios:
Publicar un comentario