No quisiera que se me juzgara como que estoy
incitando livianamente a la infidelidad. Lo que he tratado de plantear en mi
libro “Amores inconfesables: La infidelidad desde Eva a Internet” es que la tendencia a la infidelidad
es parte de la fisiología del ser humano. Hombres y mujeres pertenecemos a una de
las más de cuatro mil especies de
mamíferos polígamos (sólo un 3% de las especies conocidas es monógama). Lo que
ocurre, y así lo han establecido estudios científicos, es que los humanos
practicamos la monogamia social pero somos polígamos desde la óptica puramente
sexual.
Desde luego, a lo largo de la historia y de
acuerdo al peso de la cultura, la práctica de la sexualidad ha ido cambiando. Cuando
aparece la familia patriarcal, la finalidad del sexo es la reproducción dentro
del matrimonio y el placer del hombre. En la
Edad Media , el poderío de la Iglesia Católica impone
la idea que la pulsión sexual es demoníaca y reafirma el concepto de matrimonio
“hasta que la muerte los separe”, o sea monógamo.
Pero el ser humano sigue siendo el mismo
mamífero de siempre. O sea, uno con propensión permanente a tener múltiples
compañeros sexuales en su vida pero que hoy vive dentro de una sociedad, la
cristiano occidental, que le impone un matrimonio basado en la exclusividad
sexual. Todo un zapato chino.
¿Que hace el ser humano en medio de tal
escenario? Se neurotiza (vive el “como si” propio de la neurosis: “como si”
nunca ha mirado para el lado, “como si” nunca será infiel, etc.); se disocia (viviendo
un eterno doble standard, donde el hombre es infiel de cuerpo pero no de alma y
la mujer es la ciega que no quiere ver las infidelidades de su cónyuge o
aceptar las propias). O la situación más dramática: se convierte en un asesino,
matando a su pareja por reales (o supuestas) infidelidades. Da lo mismo: el
resultado es tan trágico como cotidiano, con niños que quedan huérfanos y
traumatizados por el horror que les ha tocado vivir.
Las cosas deberían ser mucho más simples. Y
sanas. Si se hablara de este tema, si no fuera un eterno y morboso tabú, material
recurrente de rutinas humorísticas o de pelambres de sobremesa. Si se nos
enseñara desde niños que la pulsión sexual que nos provocan otros seres humanos
será parte eterna de nuestra vida. Que ello es natural. Que es mejor saberlo,
socializarlo y saber manejarlo, a ocultarlo. Que la infidelidad puede ser parte
de nuestra vida pero no debiera serlo de nuestra muerte.
Si se abriera el tema y se pusiera arriba de
nuestra mesa y no de nuestras sobremesas. SI se conversara más allá de
prejuicios y fanatismos, con profundidad, tolerancia y afecto. Si con nuestros
compañeros y compañeras de amor y de vida pudiéramos conversarlo sin fobias ni
terrores. Si pudiéramos explicarnos juntos los misterios de nuestra naturaleza
humana y no despedazarnos en celos e inseguridades. Si pudiéramos ser realmente humanos y no
creernos dioses y dueños de la verdad. Si pudiéramos perdonarnos y compartir
nuestras flaquezas y nuestras grandezas.
Si lográramos que todo aquello ocurriera,
otro gallo nos cantaría. Y cada mañana de nuestra convivencia conyugal sería un
lugar más grato, apacible y amable. No un calvario poblado de fantasías,
supuestos y modelos a cumplir.
Ahora que la ciencia y las contundentes pruebas
de realidad nos entregan en forma cotidiana nuevos antecedentes sobre nuestra
condición de potenciales infieles, es el momento. El punto de inflexión, en el
cual deberíamos explorar formas más sanas y constructivas de relación. Y no
seguir creyendo que nuestra vida amorosa es como la de los cisnes o los lobos
que, por especies monógamas, tienen la capacidad de emparejarse una sola vez en
la vida y no sentir nunca atracción por otro u otra de su especie.
Aunque nos lo cante el bolero, no es verdad
que “solamente una vez se ama en la vida”. La verdad para el ser humano es
mucho más amplia y diversa. Y fascinante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario