viernes, 18 de octubre de 2013

LA INFIDELIDAD NUESTRA DE CADA DIA

No quisiera que se me juzgara como que estoy incitando livianamente a la infidelidad. Lo que he tratado de plantear en mi libro “Amores inconfesables: La infidelidad desde Eva  a Internet” es que la tendencia a la infidelidad es parte de la fisiología del ser humano. Hombres y mujeres pertenecemos a una de las  más de cuatro mil especies de mamíferos polígamos (sólo un 3% de las especies conocidas es monógama). Lo que ocurre, y así lo han establecido estudios científicos, es que los humanos practicamos la monogamia social pero somos polígamos desde la óptica puramente sexual.

Desde luego, a lo largo de la historia y de acuerdo al peso de la cultura, la práctica de la sexualidad ha ido cambiando. Cuando aparece la familia patriarcal, la finalidad del sexo es la reproducción dentro del matrimonio y el placer del hombre. En la Edad Media, el  poderío de la Iglesia Católica impone la idea que la pulsión sexual es demoníaca y reafirma el concepto de matrimonio “hasta que la muerte los separe”, o sea monógamo.

Pero el ser humano sigue siendo el mismo mamífero de siempre. O sea, uno con propensión permanente a tener múltiples compañeros sexuales en su vida pero que hoy vive dentro de una sociedad, la cristiano occidental, que le impone un matrimonio basado en la exclusividad sexual. Todo un zapato chino.

¿Que hace el ser humano en medio de tal escenario? Se neurotiza (vive el “como si” propio de la neurosis: “como si” nunca ha mirado para el lado, “como si” nunca será infiel, etc.); se disocia (viviendo un eterno doble standard, donde el hombre es infiel de cuerpo pero no de alma y la mujer es la ciega que no quiere ver las infidelidades de su cónyuge o aceptar las propias). O la situación más dramática: se convierte en un asesino, matando a su pareja por reales (o supuestas) infidelidades. Da lo mismo: el resultado es tan trágico como cotidiano, con niños que quedan huérfanos y traumatizados por el horror que les ha tocado vivir.

Las cosas deberían ser mucho más simples. Y sanas. Si se hablara de este tema, si no fuera un eterno y morboso tabú, material recurrente de rutinas humorísticas o de pelambres de sobremesa. Si se nos enseñara desde niños que la pulsión sexual que nos provocan otros seres humanos será parte eterna de nuestra vida. Que ello es natural. Que es mejor saberlo, socializarlo y saber manejarlo, a ocultarlo. Que la infidelidad puede ser parte de nuestra vida pero no debiera serlo de nuestra muerte.

Si se abriera el tema y se pusiera arriba de nuestra mesa y no de nuestras sobremesas. SI se conversara más allá de prejuicios y fanatismos, con profundidad, tolerancia y afecto. Si con nuestros compañeros y compañeras de amor y de vida pudiéramos conversarlo sin fobias ni terrores. Si pudiéramos explicarnos juntos los misterios de nuestra naturaleza humana y no despedazarnos en celos e inseguridades.  Si pudiéramos ser realmente humanos y no creernos dioses y dueños de la verdad. Si pudiéramos perdonarnos y compartir nuestras flaquezas y nuestras grandezas.

Si lográramos que todo aquello ocurriera, otro gallo nos cantaría. Y cada mañana de nuestra convivencia conyugal sería un lugar más grato, apacible y amable. No un calvario poblado de fantasías, supuestos y modelos a cumplir.

Ahora que la ciencia y las contundentes pruebas de realidad nos entregan en forma cotidiana nuevos antecedentes sobre nuestra condición de potenciales infieles, es el momento. El punto de inflexión, en el cual deberíamos explorar formas más sanas y constructivas de relación. Y no seguir creyendo que nuestra vida amorosa es como la de los cisnes o los lobos que, por especies monógamas, tienen la capacidad de emparejarse una sola vez en la vida y no sentir nunca atracción por otro u otra de su especie.

Aunque nos lo cante el bolero, no es verdad que “solamente una vez se ama en la vida”. La verdad para el ser humano es mucho más amplia y diversa. Y fascinante.


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