Aunque la masturbación es la forma más precoz de expresar
nuestra sexualidad (la practicamos en forma instintiva desde el año y medio de
vida e incluso, como se ha visto a través de ecografías, hay fetos de ambos
sexos que se masturban al interior del útero materno); aunque probablemente sea
la última expresión de sexualidad que tengamos en nuestra vida conyugal; aunque
las estadísticas señalen que una mayoría absoluta de hombres y mujeres la practican
(94% entre los primeros y 85% entre las segundas, con una periodicidad diaria en
el 50% de ambos); aunque sea un hecho que ambos sexos siguen practicándola aún
después de emparejarse o casarse (lo hace un 75 % de los hombres en pareja y entre
el 75 % y el 91 % de mujeres con compañero estable, observándose que quienes
tienen parejas sexuales estables son más proclives a masturbarse que aquellos
que no las tienen, algo especialmente claro en mujeres), la conducta sigue
siendo un tabú.
Es difícil que los hombres adultos acepten que se masturban.
Peor aún ocurre con las mujeres. Incluso, entre amigas, confesar la práctica es
incómodo. No es como decir “me encanta ducharme con agua caliente”, o “veo
muchas películas románticas”, o “como 4 veces al día”. Casi nadie dice “me
masturbo día por medio”, o “con mi pareja nos encanta masturbarnos mutuamente”.
Aunque hay que ser justos y señalar que, de acuerdo a un estudio del año 2002,
las mujeres jóvenes son mucho más abiertas al hablar de sexo que los hombres.
Además, se ha comprobado que las mujeres empiezan a masturbarse antes que los
hombres y estudios recopilados por el siquiatra español Jesús Ramos Brieva
demuestran que hay más mujeres que hombres que comienzan a masturbarse antes de
los 10 años (lo hace así entre el 20% y el 42 % de las mujeres y solo entre el
3 % y el 13 % de los hombres). Esta sería la razón por la que las mujeres
aprenderían a masturbarse espontáneamente en mayor proporción que los hombres
(lo hacen sin haber hablado con nadie del tema) en tanto los hombres partirían
más tarde, tras hablar o leer del tema con amigos.
¿De dónde surge el tabú? ¿Será producto de la pésima crítica
que le ha hecho la religión a esta actividad sexual? ¿Será producto de la
ignorancia y los prejuicios, que tanto se usan para aplastar los sentimiento y
las emociones con la razón de la fuerza?
A pesar de los cambios valóricos y los avances científicos observados
en las últimas décadas, hay sectores para los cuales el tabú sigue teniendo
mucho peso y ni en los niños aceptan la conducta. Cuando éstos empiezan su
etapa masturbatoria, a los 18 meses aproximadamente, a muchos les incomoda y avergüenza.
“¡Dile al niño que deje de hacer eso!”, suplican abuelitas un poco escandalizadas…
Ello, a pesar de que la masturbación es algo totalmente común en la infancia,
como lo detectó Sigmund Freud, y como lo reafirman cientos de psicólogos hoy en
día.
La psicóloga Katam de Jalab Atamatak, es una de ellas. “Los
niños se masturban por placer, para tranquilizarse o simplemente para
explorarse y satisfacer la curiosidad que sienten por su cuerpo”, precisa. Añade
que la práctica se estabiliza a los 3 o 5 años y disminuye hasta la pubertad,
puntualizando que “la autoexploración es fundamental para una sexualidad
saludable”.
El origen del vocablo ya nos da una idea de cómo ha venido la
mano en este ámbito… La palabra masturbación provendría del latín manus
stuprare, que significa "violar con la mano", o de manus turbare,
"excitar con la mano" lo que da cuenta que, históricamente, la acción
ha sido considerada polémica y, al menos, ha generado debate, defensas a
ultranza, o castigos tan irracionales como brutales. En el 1800, antes del
terrorismo psicológico que se aplicó como táctica en tiempos posteriores, la
tónica era aconsejar “métodos” para impedir la masturbación, como descargas
eléctricas en los genitales o su extirpación quirúrgica; la ablación del clítoris
para castigar la masturbación se abandonó recién en los años 30).
Sin embargo, la conducta es eterna como la vida misma, como
lo consigna una mirada histórica. Su práctica está documentada desde la
antigüedad y es por ello que sabemos que los primeros “consoladores” eran de piedra,
tras ser descubiertos en excavaciones de cuevas prehistóricas. También sabemos
que la conducta se practicó ya en el periodo neolítico: en la acrópolis griega de
Dimini se encontró la figura de un hombre masturbándose, correspondiente a esa
época. También hay rastros de la conducta en la Grecia del año 500 A.C. luego
de encontrarse falos de madera o de cuero acolchado, que habrían mucha demanda en
el mundo femenino. En la América precolombina también hay signoss, como los
"huacos eróticos del Perú", a partir de los cuales se ha concluido que
la masturbación estaba presente ya en el año 300 A .C., algo que los
conquistadores enviados por los reyes católicos calificaron de “perverso”,
según se lee en los Archivos de Indias.
El peso de la Iglesia Católica en la prolongada demonización
de la conducta es claro, y explica muchas de las conductas culposas que
actualmente observamos y que llevan a que la práctica sea un todavía un tabú.
Según estudiosos del tema, la Biblia no explicitó que la
masturbación fuera pecado pero sus seguidores si lo consideraron, y gigantesco.
San Agustín declaró que el tocamiento era “peor pecado que la fornicación, la
violación, el incesto o el adulterio” y Santo Tomás de Aquino mezcló en un
mismo saco la masturbación, el bestialismo y la homosexualidad, calificándoles
de “vicios contra natura”.
Lo grave fue que, en el siglo XVIII las creencias religiosas
fueron avaladas en forma dramática -si se miran sus repercusiones- por la
ciencia. En 1710 apareció la primera obra médica que disparó contra la
masturbación, donde un doctor inglés de apellido Becker dictaminó que la conducta
provocaba “agotamiento, esterilidad, frigidez e impotencia”. En la época se
llegó a afirmar que la pérdida de 30 centímetros cúbicos de semen por vía
masturbadora era tan debilitante como la pérdida de un cuarto de litro de
sangre…
Felizmente, el rumbo dramático que habían tomado las cosas
cambió en el siglo XX con los sexólogos Havelock Ellis (1859-1939) y Alfred C.
Kinsey (1894-1956). Ellis aseguró que la masturbación era una práctica sana y frecuente
en hombres y mujeres de todas las edades. Kingsey reveló que eran más las
personas que se habían masturbado que las que no se habían hecho y en un
estudio del año 1953 sobre sexualidad femenina, observó que el 62% de las
mujeres había alcanzado orgasmos vía masturbación.
En los ‘60, los sexólogos Masters y Johnson aportaron más
evidencia para quitar el estigma sobre la conducta. En 1966, un estudio en mujeres
detectó que los orgasmos producto de la masturbación eran fisiológicamente más
satisfactorios que el coito, aunque este último sí era más grato en términos emocionales.
La sexóloga alemana Shere Hite corroboró lo anterior. "La masturbación es
motivo de celebración, pues es una vía sencillísima para alcanzar el orgasmo en
la mayoría de las mujeres", señaló.
Estas evidencias cambiaron las cosas –especialmente para las
mujeres, donde el tabú cobraba ribetes dramáticos- y la masturbación empezó a
ser asumida y reconocida por el mundo femenino. Hoy se puede decir que, en las
mujeres, la periodicidad con que se practica y la confesión de esta práctica, ha
aumentado significativamente. Quizás porque muchas mujeres fueron descubriendo
que eran capaces de lograr el orgasmo solo con la mente. O que disfrutaban más con
la autosatisfacción que con la penetración, según consigna un estudio que señaló
que ello ocurría en el 41% de las mujeres.
También se fue masificando la certeza que no genera ningún
daño –ni mental ni físico- y que, más bien, su práctica es beneficiosa para la salud y un complemento
para las relaciones sexuales ya que, al masturbarse, se aprende sobre el propio
cuerpo, sus reacciones, sus zonas erógenas, haciendo que la relación sea más
placentera.
Todo lo anterior explicaría
las estadísticas que hemos mencionado. Las que se imponen por sobre el
secretismo con que se vive aún la conducta. Es claro que en ello ha influido el
conocimiento de los aportes para la
salud física y mental que tiene la masturbación.
Por ejemplo, diversas investigaciones han concluido que fortalecería
el sistema inmunológico y que en las mujeres aliviaría los dolores
premenstruales además de, entre otras cosas, prevenir la endometriosis y fortalecer
el tono muscular en las áreas pélvica y anal. Esto último reduciría la pérdida
de orina involuntaria, el prolapso uterino y, en el caso de los hombres, la
disfunción eréctil y la eyaculación precoz.
En los hombres, también ayudaría a prevenir el cáncer a la próstata
(un estudio hecho en Australia, citado por el diario The Clinic en julio de 2013, concluyó que los hombres que eyaculan
más de cinco veces por semana tienen un tercio menos de probabilidad de
desarrollar cáncer de próstata ya que las toxinas que causan la enfermedad se
acumulan en el tracto urogenital y al eyacular, se las expulsa del cuerpo). También
sería una solución para vencer el insomnio y el stress, ya que al alcanzar el
orgasmo, el cuerpo se relaja.
En definitiva, la demonización de la conducta ha dado paso a
un nuevo estado, donde está claro que practicarla no tiene ningún “efecto colateral” negativo, sino más bien lo
contrario.
A pesar de ello, sigue siendo un tabú, principalmente para
el sexo femenino. ¿Llegará el día en que hombres y mujeres podamos vivirla
abiertamente, sin temor, culpas o vergüenza? ¿Podremos alguna vez zafarnos de
tabúes que nos dificultan confesar conductas sexuales que tanto gozamos puertas
adentro?
Twitter: @patycollyer
Blog: patriciacollyer.blogspot.com
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