Es cierto,
adelantos científicos como la píldora anticonceptiva y, más recientemente, el
Viagra revolucionaron la vida sexual de hombres y mujeres. A la relación afectiva
le entró un soplo de libertad y autodeterminación. Ya la biología humana no
podía impedir el sexo solo por placer ni la prolongación exitosa de esta
conducta hasta una edad inimaginable en los años 60.
Producto de
ese vuelco es probable que haya cobrado tanta fuerza en la última década una
nueva forma de vínculo amoroso: los “amigos con ventaja”. Es decir, una
relación sin etiqueta ni signos visibles de romance para el resto, sin
compromiso formal, sin proyección conocida o explicitada y con variados antipactos
(o sea, opuestos a los que se establecen en una relación clásica: no habrá
fidelidad, no habrá celos, no habrá exclusividad, no habrá enamoramiento, etc.).
Una relación, en definitiva, que se define por la libertad y donde lo único que
está garantizado es el sexo.
Parece
interesante. Es como el dicho “a falta de pan, buenas son las tortas” Parece idílico,
incluso. Mientras no encuentro novio (o novia), tengo este sucedáneo de
relación donde, sin embargo, obtengo una de las cosas más sabrosas y atractivas
de una relación, el sexo a la mano en forma periódica. Es más, parece el sueño
del pibe: cuento con la agradable y añorada delicatessen de toda relación
afectiva, es decir un buen sexo, y me ahorro todo lo desagradable: el
compromiso, el marcar tarjeta, el tener que compartir mi tiempo libre en cosas
que no me gustan, el no poder mirar para el lado, etc., etc.
Cabe
preguntarse, no obstante, si todo es tan paradisíaco. Y las dudas surgen cuando
uno escucha los testimonios de los “amigos con ventaja” (o con derechos, o con cover, como quiera llamárseles). Porque
nunca el asunto es tan simétrico respecto del placer y la satisfacción
emocional que supuestamente otorga este tipo de relación. Hay una tendencia
notoria a que la balanza se incline y uno de los involucrados empiece a sufrir
la relación, ya no a solo gozar el sexo compartido. Las reglas que se estipulan
para este tipo de vínculo empiezan a ser vividos como letra muerta por una de
las partes. Generalmente, la parte femenina. Lo que no es casual.
Ocurre porque,
a pesar de no ser monógamos por especie, los seres humanos buscamos aparearnos
no solo para prolongar nuestra especie. Buscamos amar (aunque ello sea en el
inicio sólo un cóctel químico y hormonal), buscamos proyectarnos, buscamos ese
compañero de ruta con el cual esperar y enfrentar de mejor forma la soledad
existencial y el ineludible fin de la vida. Si no fuera de este forma, el sueño
del cuento de hadas se habría extinguido. Es cierto que ya todos sabemos que el
“se casaron y fueron muy felices” es solo el comienzo de un camino mucho más
complejo, duro y desafiante. Pero uno al que la inmensa mayoría le gusta
recorrer. Más que aquel del “amigos con ventaja”. No hay luchas por un “acuerdo
de amigos con ventaja”. Sí hay luchas apasionadas por lograr uniones
homosexuales legales o por “acuerdos de vida en pareja”…
A estas
alturas de la columna, imagino que tengo una cantidad enorme de disidentes y
otra enorme cantidad que me encuentra conservadora… Sin embargo, mi punto no es
el liberalismo o el conservadurismo. Mi punto es que estoy convencida que las
relaciones de “amigos con ventajas” se convierten en algún momento, en un tipo
de vínculo que ya no es tan claro ni tan gratificante como el agua. Porque en
el ser humano, el sexo abre muchas puertas insondables. Por ello decíamos que
el desasosiego empieza generalmente en la mujer. Porque, culturalmente, hemos
sido criadas mucho menos disociadas. A diferencia de lo que ocurre con los
hombres, a quienes se les permite (e incentiva) la disociación (por ejemplo,
amor y sexo por carriles separados), razón por la cual el modelo “con ventaja”
les calza mucho.
Pero no hay
ser humano que no sienta, en algún punto de una relación, que se quiere
“aguachar”. O que ya se está aguachando. Y el compartir sexo es una vía rápida
para que ello ocurra. Porque en ese ámbito es donde se juegan muchas cosas,
pero esencialmente se juega la confianza, la honestidad, la transparencia, la
complicidad, la entrega incondicional (porque el buen sexo, inevitablemente, la
requiere). El momento de la relación
sexual no es uno trivial en el caso de
los seres humanos. Aunque se quiera vivir el sexo como “casual”, “al paso” o,
como se diría en lenguaje más moderno, de tipo “touch and go”, ello, a la larga, no es posible.
A partir del
más instrascendente sexo, el ser humano llega generalmente, a tipos de relación
que probablemente no hubiera imaginado. Esa puerta de entrada a caminos
insospechados que constituye el vínculo sexual es bastante desconocida. Pero es
lo que hace que a los “amigos con ventaja” les cueste –poco o mucho, pero les
cueste- mantener la relación sin conflictos, es decir en el mismo tono del
inicio. El sexo construye una realidad, más allá de nuestra voluntad y las
decisiones racionales respecto del vínculo que mantenemos en el modelo con “ventaja”. El sexo es una conducta
tan compleja, y fascinante a la vez, que no deberíamos pretender encasillarla
en un único repertorio: “Es mi amigo (a) y solo me gusta tener sexo con él
(ella)”. Lo más probable es que la relación pugne por pasar a las ligas
mayores, porque se ha inundado de amor,
o pierda fuerza, y tienda a la extinción porque el sexo ya no basta...
Dicen en
algunos países más calientes que “el roce hace el cariño”. Y en este caso, la
frase es metafórica y es literal. El juego surge en el juego. Muchos romances
surgen en el ámbito donde uno se relaciona, donde uno se roza cotidianamente con
otros, ya sea para formarse, para ganarse la vida, para dar las peleas, para
pelear las causas o realizarse. Allí, de “topeteos” inocentes se llega a las
grandes pasiones, en las que enlazamos nuestras vidas y nuestro futuro. ¿Y
dígame si no es mucho más común ver ese proceso que el inicio de encuentros de “amigos
con ventaja” que hagan historia?

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